Con el fuego en la garganta

“Combustions” [Combustiones] es el tercer libro del poeta norteamericano Anthony Seidman. Un libro donde predomina el poema en prosa y donde resalta la presencia de North Hollywood, la región del valle californiano donde se congregan los afanadores del “American Dream” mexicanos y centroamericanos, en su mayoría.
En su segundo libro, Where Thirsts Intersect [En la intersección de la sed-2006] empezaba a cobrar fuerza el tema de esta región. Es importante mencionar el poema largo de este último libro: “San Fernando Valley Suite,” un poema-mural que desafortunadamente desconocen los habitantes de esta zona. Si Charles Bukowsky se concentró sobre todo en West Hollywood y al final de su vida en el suburbio de San Pedro, Anthony Seidman ha logrado poetizar afortunadamente a North Hollywood, una franja donde conviven hermosas rubias aspirantes a actrices recluidas en sus automóviles con aire acondicionado y humildes trabajadores montados en bicicleta; donde convive igual un “Templo de Dios pentecostal” con el “Bar las Playas”, una hamburguesería “In ’n Out” con cevicherías y almacenes de víveres y muebles que dejan claro que NOHO es la alacena o la casa de servicio de Hollywood, la meca del cine y maquiladora de actores y actrices que ilustran el imaginario cinematográfico de Estados Unidos.
  Como se sabe, el trabajo de poeta en Estados Unidos no depende tanto de las subvenciones del gobierno, como en el caso de México donde la industria cultural procura becas generosas a “jóvenes escritores” para que escriban. Existe la idea errónea de que sólo los jóvenes deben ser promovidos para escribir. Este sistema ha creado en México, una “clase poética” que defiende sus feudos y premios amañados a fuerza de cualquier triquiñuela típica de nuestra refinada corrupción. En Estados Unidos los poetas por lo general, se mantienen debajo del radar de la fama y la televisión. Ningún canal de cadena nacional corre a recoger los comentarios de Mark Strand o Billy Collins con motivo de la invasión en Irak como lo hacen en México con el intelectual en turno. El poeta americano ejerce su actividad con una disciplina personal que ejerce en las horas extras de la vida. Al final de una jornada de enseñanza en una escuela y un colegio comunitario, en el caso de Seidman.
  “Black Neon” es el primer apartado del poemario donde describe el escenario de North Hollywood: “These avenues, Tujunga, Lankershim, are vast and ugly; gas stations are palaces, and stucco is the preferred coating over wall fungus, cockroaches, and pipes funneling excreta and tears into the sea where misery is rejuvenated” [Estas avenidas, Tujunga, Lankershim, son vastas y horribles, las estaciones de gasolina son palacios, y se prefiere el estuco al hongo de pared, cucarachas y tubos que acarrean secreciones y lágrimas al mar donde la misería es rejuvenecida] (Nemesis). Anthony ha vivido y viajado extensivamente por Latinoamérica, su dominio del español es inmejorable, recogido en las calles y los bares de Ciudad Juárez, México. Subrepticiamente, Seidman habla sobre la inmigración latina a Los Angeles y por consiguiente la transformación de una ciudad que es muchos países, una ciudad territorial donde cada calle es una nación distinta, un lenguaje y una cultura. En varios poemas de Seidman aparece el espacio exterior que posiciona al poeta en la sinfonía de planetas, en el universo y los planetas conocidos y desconocidos donde a estas distancias, a estos años luz de separación y de cercanía entre la “red sand of Mars” [arena roja de marte] y los hombres con sus “chairs on the sidewalks to drink beer and listen to their ballads from truck stereos” [sillas en las banquetas para beber cerveza y escuchar baladas desde el estéreo de sus camionetas]. Esta capacidad de distanciarse y colocarse espacio-temporalmente no sólo en la calle Vanoween al 11206, donde reside, sino en los millones de años luz que nos separan de lo desconocido. Creo que este distanciamiento hace posible, si no, al menos soportable y hasta divertido, el imperio de la cotidianeidad y el barroco del paisaje urbano angelino: “But the Valley is a wilderness of parking-lots and Laundromats” [El valle es una selva de estacionamientos y servicios de lavado] (Monody). En efecto, toda la ciudad es un enorme cuarto de motel de paso dominado por la insomnia (Monody).
  El segundo apartado, Nimbus of Smog, continúa explorando por el imaginario del Valle, sus calles, cevicherías, el encuentro con meseras e imagina un posible encuentro con Yannis Risos en el Valle de San Fernando, tomando micheladas y una mesera molesta que trae la cuenta bisilábica y categórica: “Ya no” (Doxology).
  El tercer apartado “The Motel Insomnia” que abre con dos epígrafes, uno de Juan Rulfo (“No oyes ladrar los perros”) y otro de Jaime Sabines (“Tarumba”) lo cual habla sobre la enorme influencia que la literatura latinoamericana ha tenido en la escritura de Seidman que va más allá de un folklorismo simplista con palabras en español intercaladas, sino que parte de un profundo conocimiento y amor por las tradiciones poéticas en español. En este sentido su poesía se enriquece de la fuente norteamericana-inglesa, así como de la española-latinoamericana y la francesa, su tercera lengua. Esta riqueza de sonidos, temas y tradiciones compone una poesía distinta con una fortaleza de imágenes que parecen refulgir de una observación cuidadosa y unos sentidos entrenados en distintos registros lingüísticos.
  En esta sección también se explora por la deshumanización que resulta del hacinamiento en las ciudades. En el poema titulado “Liquor & ice cold beer”, que hace justicia a lo que la cerveza ha hecho por la poesía y viceversa, parte de la simple operación de ir a comprar unas cervezas y registra el calor veraniego y “the class doors humming from refrigeration” [las ronroneantes puertas de cristal del frigorífico] y después su imaginación se dispara del estacionamiento a la “fossilization of dead Light, and new water on Mars” [la fosilación de la luz muerta y el agua nueva de Marte] hasta “the belittlement of myself under the moon, the wind, beneath the ants” [mi empequeñecimiento bajo la luna, el viento y las hormigas]. Esto remarca lo que señalábamos antes sobre el distanciamiento y posicionamiento como un recurso de perspectiva y sobrevivencia. También, en el poema “I have never seen the man who shares my bedroom wall” [Nunca he visto al hombre con el que comparto la pared de mi alcoba] que explora por la deshumanización citadina y la cercanía lejana que separa una delgada pared. Dice el poeta: “I have smelled eggs and chorizo frying from a pan in his kitchenette […] I don’t carry the fare to cross over into his darkness. But he hears me as I toss and cough in my own bed. He is after all, my echo.” [He olido los huevos con chorizo friéndose en un sartén en su cocineta. No tengo la cuota para entrar a su oscuridad. Pero me escucha mientras me muevo y toso en mi cama. El es, después de todo, mi eco] Y cito por último del poema “Room with door painted aqua-marine” [Cuarto con puerta color agua-marina] porque podría citar de cada poema del libro. Es un título muy afortunado, que habla sobre una sirena homérica de ojos azules que el poeta describe con una precisión médica, auscultando por los resquicios de su cuerpo: “her breasts are narrow, the nipples already deliquescing into an aspic” [sus pechos son estrechos, los pezones ya destilan una gelatina].
  Las últimas tres secciones son breves: “Saturday”, incluye sólo un poema “T.J” donde narra un viaje sabatino a Tijuana, México, la ciudad que se viste de lentejuela y minifalda y se abre de piernas las 24 horas de la noche. En efecto, escribe Seidman, la ciudad “is the voltage of loneliness or dissolving into gutter slime, with the prowling taxis, the hyena-cackle of transvestites”. [es el voltaje de soledad o lodo disolviéndose en el canal, con los taxis merodeantes y el cacareo de hiena de los travestidos]. “Atonement” incluye dos poemas que describen espeluznantemente cómo un niño se quema las plantas de los pies en el asfalto, pero su penitencia tal vez consiste en reconocer que el niño perdido es tal vez el mismo “yo poético” (Little boy found). El “Epílogo” explora otro de los temas recurrentes en la poesía de Seidman que es el interés por concentrarse en lo abyecto no para “rescatar lo bello” sino para regodearse y hacernos ver el horror, para que no nos espantemos: “I adore what bloat with putrefaction” [Adoro lo que revienta de putrefacción]
  En este libro el poeta se conjuga con su espacio de tal manera que se convierte él mismo en el espacio. Por ejemplo, en el poema “Rain in the Valley”, dice: “I imagine I partake in the season’s wreckage: mud-slides, flashfloods, sirens crimson in the mist” [Imagino que participo en los desastres de la temporada: deslaves, inundaciones, sirenas carmesíes en la niebla]. North Hollywood es el orden caótico, el hacinamiento, el choque de culturas, los indígenas zapotecos que conviven con rubias multimillonarias, el vendedor de helados con el productor de Warner Brothers, las misceláneas con los “Seven Elevens” comandados por árabes. Un concierto barroco que de alguna manera logra afinarse y tocar bajo un cielo azul y el resguardo de las palmeras. En una ciudad desgastada por los incendios y los vientos de Santa Ana, la poesía de Anthony Seidman permanece de pie como un chaparral que no fue consumido por su fortaleza y porque decidió mirar a las llamas de frente.

Dos poemas de Anthony Seidman

Just as in that Zen poem, the lumberjacks fill the slopes, ax-steel ringing; as they chop, lotuses shrivel. The hermit in his cave, where a small fire crackles beneath a pot of green tea, gets up, stretches, knows it’s useless… tomorrow he will resume the poem; how the brush inked such images, dew on crane’s beak. With syllables he heard the falling of cherry blossoms in a temple atrium in that region where the farmers had already stored the rice, and sat drunk in huts while the rain increased. Centuries later, Dürrenmatt writes of modern man as a creature under perpetual observation; solitude is the absence of water under the red sand of Mars, an emptiness, like the minuscule pore in a rock that was once a microbe four billion years ago. From my window, I see seven palm trees like the seven spheres and their music shimmering in the arguments of vanished logicians and poets who lived in an age when a man could breathe in solitude, air rushing into the lungs of that hermit as he now leaves the cave and sits to watch the trees topple, so far away he only hears their echo. I want that stillness as I awaken, doors slamming outside, and the men setting up their chairs on the sidewalks to drink beer and listen to their ballads from truck stereos. I want to be that aloneness, so that I become prescience of the other one who observes me, neither man nor woman, but more like perfume on a moth’s wing, odor of sweat and rain among clothes in a closet, that perturbation of autumn I taste in the air, and the petal etiolating.

Como en aquel poema Zen, los leñadores colman las cuestas, el choque de acero del hacha; mientras ellos cortan, los lotos se marchitan. El ermitaño en su cueva, donde un pequeño fuego chisporrotea bajo un pote de té verde. Se levanta, se estrecha, sabe que es inútil… mañana reanudará el poema; cómo el pincel tiñó tales imágenes, rocío en el pico de la grulla. Con sílabas oyó la caída de flores de cereza en un atrio del templo en aquella región donde los agricultores habían almacenado ya el arroz, y se sentaron bebidos en chozas mientras la lluvia crecía. Siglos más tarde, Dürrenmatt describe al hombre moderno como una criatura en perpetua observación; la soledad es la ausencia del agua bajo la arena roja de Marte, un vacío, como el poro minúsculo en una roca que fue alguna vez un microbio hace cuatro mil millones de años. De mi ventana, veo siete palmeras como las siete esferas y su música brillando en los argumentos de lógicos desaparecidos y poetas que vivieron en una edad cuando un hombre podía aspirar a la soledad, aire que se precipita en los pulmones de aquel ermitaño cuando él ahora deja la cueva y se sienta para mirar los árboles caer, tan lejos que sólo oye su eco. Quiero esa calma cuando despierto, afuera las puertas cerradas de golpe, y los hombres que colocan sus sillas en las aceras para beber cerveza y escuchar sus baladas desde el estéreo en la camioneta. Quiero ser esa soledad, de modo que yo me haga la presciencia del otro que me observa, ni hombre, ni mujer, pero más bien el perfume en el ala de una polilla, el olor de sudor y lluvia entre la ropa de un armario, aquella perturbación del otoño que pruebo en el aire, y el pétalo emblanquecido.
(Traducción Martín Camps)

The difference between man and woman is the difference between water and waters; the difference between home and Venus are a torque of pressure, scalding degrees of carbon-dioxide, sulfurous precipitation, and comets strafing the peak of Ishtar. My dog doesn’t read, knows nothing about the planet named after desire and his nose is dry, shriveled like the prick of a centenarian. He and I are hunkered in a climate where the bag-lady comes at dawn to retrieve bottles stewing in bins, laborers turn on the hot water, pipes clanking, and then warm up their trucks until sunlight sheds her sparrows. At times, this terrain grumbles in its sleep, tectonic plates rubbing against one another like the thighs of an immense woman rolling on her side before coughing and falling back asleep. The difference between poetry and a gossip magazine is like that between water and heavy water; between poetry intuited and words ordered into strophes, an angler fish’s bioluminescence and a mere lit match. The difference between myself and this dog at my feet is how without any shame or tropes praising moonlight and open lattice, he breeds in urban crags, while I teeter between silk and scent of incense, between procreation and creativity.

La diferencia entre el hombre y la mujer es la diferencia entre el agua y las aguas; la diferencia entre la casa y Venus es una torsión de presión, escaldando grados de dióxido de carbono, precipitación sulfurosa y cometas que bombardean el pico de Ishtar. Mi perro no lee, no sabe nada sobre el planeta nombrado para el deseo y su nariz es seca, marchitada como el pene de un centenario. Él y yo estamos atrincherados en un clima donde la vagabunda viene al amanecer para pepenar botellas que se cuecen lentamente en recipientes, los trabajadores encienden el agua caliente, suenan los tubos, y luego calientan sus camiones hasta que la luz del sol derrama sus gorriones. A veces, este terreno se queja en su sueño, placas tectónicas rozándose una contra otra como los muslos de una mujer inmensa que rueda en su cama antes de toser y caer dormida otra vez. La diferencia entre la poesía y una revista de chismes es como la del agua y el agua pesada; entre poesía intuida y palabras ordenadas en estrofas, la bioluminiscencia de un pescado y un mero fósforo encendido. La diferencia entre mí y este perro a mis pies es como, sin ninguna vergüenza o tropos que elogian la luz de la luna y la celosía abierta, él se reproduce en los peñascos urbanos, mientras vacilo entre la seda y el olor del incienso, entre procreación y creatividad. (Traducción Martín Camps)

Anthony Seidman. Gentileza de Martín Camps
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