Últimamente, cuando escribo poesía, me encuentro tan desorientada frente al poema, pero a la vez fascinada, como ante un cuadro de Jackson Pollock.
Un ritual en sí mismo, la escritura, como estar de pie, sobre la tela, haciendo dripping.
En sus pinturas, Pollock, arma una textura difícil de copiar e irrumpe decidido, con el color y la disposición azarosa del tramado.
La pérdida de los márgenes como referentes del texto y la impresión de estar atravesando una obra que no tiene principio ni fin.
Fuegos artificiales en los cuadros de Pollock.
Multiplicidad, repetición, pero nunca monotonía.
Repite para ampliar la aparente sinrazón de la obra, que estalla y cae, tal vez a su pesar, también por afuera de la tela.
En el poema, en cambio, paralelismo; los versos son líneas que juegan a ser hilos, en blanco y negro. Pero no hay cruce, no hay trama real desde lo formal. ¿Qué es entonces lo que desorienta? ¿Lo que arrastra un verso hacia el otro y hace posible las múltiples lecturas, la apertura del texto?
Avanzamos sobre un territorio indefinido. Como gatos improvisados, invadimos los exóticos laberintos de un jardín japonés.
Tal vez en el poema, como en los cuadros de Pollock, el secreto consista en hacer pie con la sagacidad del gato y dejarse llevar por la intuición.
Que los bigotes vibren, guíen.
De poetas, gatos y pintores
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