Postales centroamericanas

Recuerdo que de mi viaje por algunos países de la geografía latinoamericana, saqué muy pocas cosas en limpio. En mi haber cuento que la gente de las calles no se parece en nada a la de las Vallas publicitarias, esa gente que llamaríamos de éxito, esa gente que sonríe a la cámara muerta con una risa ídem, gente que me invita a comprar de todo, desde un carro hasta viagra, gente que parece no haber tenido nunca que esperar más de un minuto por un médico, gente bien.
Esa Gente que no soy yo.
Afuera en la acera, un piedrero, una señora de vida clandestina, un perro que duerme bajo el sol terrible del mediodía salvadoreño, gente con menos dientes que los modelos de la tele, gente con un trabajo pobre o sin él, gente de autobús y seguridad social, gente como nosotros, soñando, en vano, que si sueñan fuerte el sueño se cumple.
¿Qué tienen estas postales que se alejan del color local?
¿Por qué no vemos fotos de chiquillos sonrientes alimentando a las palomas de la plaza?
¿Es que hay una sola postal aquí con atardecer de playa y pareja de la mano, en fatal cliché romántico de balada sesentera?
Ni una sola de las fotos muestra rostros felices, pienso en Anne Sexton muriendo en la atmósfera enrarecida de una cochera, pienso en la rubia que escribía sobre los espejos de los moteles, pienso en esa tía que despertó a su muerte en una tumba ajena, pienso en Frank Báez haciendo este inventario cargado de sentido.
Pienso en lo que significa el miedo.
Pienso que últimamente hasta me duele la alegría, o me da vergüenza sentirme feliz, cuando alguien sufre, llora, desespera y huye de todos los ojos, pero sobre todo de los míos. ¿Qué hago? ¿Escribir poemas desgarradores que no resuelven nada? ¿Qué hago, Frank? ¿Le recito al viento de mi barrio frases que no le dicen nada a nadie? ¿Hago la casa?, es decir, ¿hago el poema para que habite este fantasma que construimos juntos?
Bien dice un verso que todo aquello que no es útero es intemperie, Frank, yo lo aprendí mientras caminaba sobre la calle Guerrero en la noche ajena de Tijuana. Noche en que se extraña a una mujer con nombre y apellido.
Intemperie es todo lo que no arrulla.

Postales,
Breve guía
de un turismo triste

Frank Báez, nuevos aires en Santo Domingo

Pero volviendo a tus postales, no está el tucán ni otras bestias ideales para la publicidad de nuestros paraísos del trópico, no está el artesano que cambia, a la inversa de hace cinco siglos, trozos de vidrio por euros, si esta la sicario alfabetizadora de la letra con sangre entra, sí está la mesera cubana tetona, sí está un vagón del metro y el tono amargo de las bolitas en las tómbolas de un bingo.
Hay libros que los lees y te invitan a hacer tu propia versión, hay libros que los abrís en cualquier página y te obligan a leerte para adentro.
Hay otros, como estas Postales, con los que solo se puede hacer un reverencial silencio, un silencio solidario, un silencio del que mira a un amigo llorar o morirse.
Postales que se envían desde la patria siempre triste del que está solo.


TRES POSTALES DE FRANK BÁEZ

AUTORRETRATO

Rodé al año y medio por las escaleras
hasta el segundo piso.
A los seis casi me ahogo en una piscina.
A los siete me arrastró la corriente de un río.
Me golpearon con un palo, con la culata de un fusil,
con una tabla. Me propinaron un codazo en la cara
y otro en el estómago, rodillazos,
machetazos, fuetazos.
El perro del vecino me mordió un brazo.
Me cortaron una oreja haciéndome el cerquillo.
Noqueado. Abofeteado. Calumniado.
Abucheado. Apedreado.
Perseguido por sargentos en motor.
Por dos cobradores.
Por tres mormones en bicicleta.
Por muchachas de Herrera y del Trece.
Me han atracado treinta veces.
En carros públicos. Taxis. Voladoras. A pie.
Alguien me dio una bola y me dijo I am gay.
Me robaron un televisor, un colchón,
seis pares de tenis, cuatro carteras,
un reloj, media biblioteca.
Se llevaron varios manuscritos y cometieron plagio.
(Con lo que me han robado pudieran abrir
una compraventa en Los Prados)
Me fracturé el brazo derecho, el anular, la cadera,
el fémur y perdí cuatro dientes.
El hermano Abelardo me dio un cocotazo que todavía me duele.
En la fiesta de graduación me cayeron a trompadas y botellazos.
Luego publiqué un libro de poesía y una vecina lo leyó
y escéptica dijo que era capaz de escribir
mejores poemas en media hora, y lo hizo.
Accidente con un burro en la carretera.
Intento de suicidio en Cabarete.
Taquicardia. Hepatitis. Hígado jodido.
Satanizado en Europa del este. Pateado por mexicanos en Chicago.
En Montecristi una mesera me amenazó de muerte
(ahora mismo, clava alfileres en un muñeco idéntico a mí)
Los vecinos sueñan conmigo baleado.
Los poetas con dedicarme elegías.
Otros con rociarme gasolina en la cabeza
y arrojar un fósforo y ver mis rizos en llamas.
Otras con llevarme a la cama.
Y hace semanas un policía me detiene y me pregunta
si yo no era el poeta que había leído poesía
aquella noche y le digo que sí y el policía
dice que son buenos poemas
y hace una reverencia o algo así.

MAULLIDO

No he visto las mejores mentes de mi generación
y ni me interesa

NOCTURNO

De este lado del malecón se distinguen
las luces de los edificios y los faroles de la costa
como si fuesen barcos.

A veces un barco mercantil o un crucero sale
del puerto con todas sus luces prendidas
y atraviesa el mar.

Entonces uno imagina que las luces parpadeantes
de la costa también se transforman en barcos
y que las casas y los edificios se desplazan por el mar
y que Santo Domingo entero se echa a navegar.

Frank Báez. (Santo Domingo, 1978) es editor de la revista virtual de poesía Ping Pong: www.revistapingpong.com. Publicó los libros de poesía Jarrón y Otros Poemas (Betania, Madrid, 2004), y Postales (Casa de Poesía, Costa Rica, 2008); y el libro de cuentos Págales tú a los psicoanalistas (Editorial Nacional, Santo Domingo, 2007).

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