Por casualidad o causalidad, me topé con la
poesía de Bob Gurney (nunca sabré si en realidad la busqué)
en mi último viaje a Londres.
Alguien me dijo que se trataba de un inglés que había
frecuentado la Argentina en los años setenta, y que actualmente
lidiaba con una novela que trascurría entre Inglaterra y la tierra
del asado y el tango.
Mi paso por Londres era sólo por cuestiones de trabajo. Pero
quise saber más de Bob. Sé que pronto aparecerá
el primer número de la versión digital de la revista Lamás
Médula y entiendo que en Bob hay valores “extra”
que allí interesarán. Y mucho, cuando cuente que Bob suele
autodefinirse como un outsider de su propia cultura, o ni bien encuentre
la manera de decir que Bob anota palabras de publicidades o términos
que resuenan en supermercados y tiendas todo el tiempo (¡qué
honor!).
Voy a intentar escribir sobre Bob, pero soy publicista y actor. Voy
a intentar escribir sobre Bob, porque por suerte, soy publicista y actor.
En un pub, algunos colegas beben whisky como si fuera agua mineral (pero
con rostros de placer). Uno de ellos se sienta a mi lado y me habla
del poema de Bob “The Dead Poets Society”. Ahí va.
The Dead Poets Society
Hay que admitir
que llegamos tarde
tres cuartos de hora
más o menos.
El lanzamiento
de Buñuel Siglo XXI,
en Eaton Square,
se había alargado
y había un problema
para estacionar.
Pero allí estuvimos
en los peldaños
tocando el timbre
marcado "De día solamente"
y empujando una puerta
cerrada con llave.
Llevaba dos águilas unidas
como siamesas,
como dos islas
que conozco bien.
Miré mi reloj.
8.22.
Había llamado la Embajada
esa mañana
para averiguar.
Toqué otra vez.
Nada.
Nadie.
Silencio.
A la derecha
una habitación,
con todas las luces
encendidas,
vacía.
Un plato de sándwiches
medio comido,
unos vasos de plástico
se veían
acá y asá
pero nadie,
ni un alma.
Vi un libro espeso
casi escondido
por una computadora.
Creí ver un vaso
levantarse en el aire
solo
e inclinarse
como si hacia la boca
de alguien que no estaba.
La luz que engañaba
de un coche policía
que pasaba,
sin duda.
Había policías
con ametralladoras
al final de la calle
en Hyde Park Lane
y un helicóptero se cernía
inmóvil
por encima de los techos.
Otra puerta
se abrió
al lado
y un hombre agradable dijo,
"Pasen, Es en el primer piso."
"¿Poesía argentina?"
le pregunté.
"No, la fiesta
de los abogados",
contestó con una risa.
En un edificio
al otro lado
de la Embajada
vi a un conserje,
en realidad, a tres,
"Busco a los poetas,
argentinos",le dije.
"¡Ay, qué pena",
respondió.
"Se han ido todos.
Salieron hace un rato."
"Pero las luces
están encendidas",
protesté,
"¿Sabe adónde fueron?"
"Busquen en el pub
en Duke Street,
o en el otro,
por allí,
a la derecha".
"¿Son ustedes
los poetas argentinos?"
le pregunté a un grupo
de gente elegante
que miraba Newcastle
contra Marsellas.
Mi pregunta
produjo
una sonora carcajada.
Pedimos dos vinos,
nos sentamos
y lo pasamos bien
mirando el fútbol.
"En qué estás pensando",
mi mujer me preguntó.
"Es siempre igual",contesté.
"Por poco los alcanzo,
pero, no sé, nunca llego,
nunca logro verlos."
"¿Tal vez no existan?"
se preguntó.
"¿Tienes ganas
de comer?"
le solté.
Este poema está firmado por Bob Gurney el 6 de mayo de 2004.
Quiero saber más. Necesito saber más. ¿Dónde
nació?, pregunto. En Luton, Bedfordshire, Inglaterra, me responden.
¿Cuándo? en 1944. ¿Cómo conoció la
Argentina? A través de un profesor galés pero de origen
argentino, patagónico más precisamente, que le inoculó
la pasión por Gaiman (al oeste de Chubut).
Estaré en Londres sólo tres noches. En la primera di con
“The Dead Poets Society”. La segunda es fría y la
humedad me cala los huesos. En un pub con humo bien regado de cerveza,
me entero de que su tesis doctoral fue sobre el poeta español
Juan Larrea, destacado por la crítica como “la voz de la
República (española)”, al que entrevistó
más de cuarenta veces durante 1972, en Córdoba. Además
en 2004 publicó “Poemas de la Patagonia”. Me dicen
que Bob traduce español-inglés e inglés español,
que dicta clases sobre poesía latinoamericana y me acercan una
foto. Entonces doy con otro poema. Con otro jardín.
foto Bob Gurney
El jardín del poeta
En el medio del desierto
lejos de General Roca
al pie de una turbina de gas
hay un jardín.
No hay nada
alrededor.
Es un oasis
en el medio
de la nada.
Mide diez metros
por cinco.
Contiene margaritas,
dos sauces eléctricos,
y una gramilla inglesa.
Va allí
para escribir.
Es el único
que se encarga
de cuidarlo.
La última noche, luego de completar mi
trabajo como publicista, decido despedirme del Pub en donde conocí
tanto a Bob sin haberlo visto jamás personalmente. Otros amigos
me dicen que en Bob también hay bronca. Bronca que termina con
“La Sociedad de los Poetas Muertos”. Ya verán, Bob
Gurney dice...
Quería escribir un poema
sobre "La Guerra al Terrorismo"
sobre una manifestación palestina
contra la limpieza étnica
y Marks and Spencer's
en Oxford Street
sobre la poesía burguesa
y los poetas elegantes
sobre la cultura oficial
y la no-existencia
de los poetas no-oficiales
sobre el hecho extraño
que ciertos Estados
(no el mío, gracias a Dios)
quieren suprimir a los poetas
como a Lorca
y a Tilo Wenner
sobre el poder
que piensan
que éstos ejercen
sobre Platón
y su deseo de desterrar
a los poetas.
sobre el suicidio
oficialmente ordenado
de Sócrates
¿Por qué?
¿Qué es lo que nos dicen
los poetas?
Sobre la indiferencia
del público
sobre el apogeo
de los abogados
y sus mentiras
y la desaparición
de los poetas
sobre la superficialidad
de los eventos oficiales
sobre el aprovechar la volada
y subirse al carro
sobre el resurgimiento
de la humanidad
dentro de esta cosa absurda.
Pero no lo hice
escribí en su lugar
'La Sociedad de los Poetas Muertos'.
Recordé aquella frase en un tango que cantaba Carlos Gardel,
“golondrinas de un solo verano...” Versos escritos, en realidad,
por ese brasileño que se llamó Alfredo Lepera. Y entiendo,
Bob Gurney es un Gardel que dice
Golondrinas moradas
Estoy tendido acá
hora tras hora
sobre la hierba
al lado del río
mirando
la nube morada
de golondrinas
que se vuelve
negra
aferrada
como un enjambre
de abejas
a los álamos
agitados
violentos.
Otra cosa
los ha hecho
inquietos
hoy.
La hierba
está mojada.
La lluvia vino
anoche
por fin.
Al día siguiente
15 de febrero
vuelvo
a los álamos
a orillas
del río.
Los árboles
están verdes
ahora
y negros.
Y allí
entre las nubes
que pasan
veo
cuarenta golondrinas moradas
volando al norte.
Son mis últimos minutos en Londres. Pronto saldrá mi avión.
Bob da en mí con un poema sobre la vanguardia. Siento que el
viaje ha tenido sentido, más allá de lo laboral. No me
volveré a Buenos Aires con las manos vacías.
La vanguardia
Leí ayer
parte de
la Historia de Olvidos
de Ramón Minieri
y cómo Córdoba olvidó
a Nicolás Guillén.
Habla de Gregorio Bermann
y José Carlos Mariátegui.
Bermann encontró
su propio pensamiento
en unas líneas
de Mariátegui.
Dice:
Somos también
los libros
que hemos leído.
No hay separación
entre la estética
y lo político.
La poesía
es el taller de diseño
de una sociedad mejor.
La vanguardia poética
es eso
vanguardia.
Política y poética
se enlazan
para proyectarse
más allá
de versos
y elecciones.
¿Es por eso que mataron
a Lorca
a Tilo Wenner
y desterraron a Larrea,
a Alberti,
y a no sé cuántos más?
Me hago hermano de Bob para siempre porque él también
es capaz de tomarse 18 whiskys. Como Dylan Thomas, como yo. Como todos
los que me rodea esta última noche en Londres. Bob dice en “Dieciocho
poemas” dedicados a María Teresa, Andrés y Dylan,
Dieciocho poemas
Quería atravesar
el Río Negro
pero no había puente.
Vi a un barquero
con una capucha negra.
Le pedí que me llevara
al otro lado.
"Dieciocho pesos,"
susurró.
"No tengo dinero,"
le contesté.
"Acepto poesía,"
Alguien me acerca un papel, mientras un hombre
parecido al de la foto que me entregaron la noche anterior, desaparece
entre el humo y el alcohol. En el papel puede leerse, “Del libro
Luton Poems, 2005, versión inédita en español”,
Estatuas
dedicado a Juan Larrea
Hacía un frío
de estatuas invisibles.
Luego la niebla
se disipó
y vimos
una mujer gigantesca
acostada en la hierba.
Hace un frío
de estatuas visibles.
Sí, soy publicista orgulloso de serlo. Vendo ilusiones, frases,
eslogans, luces, colores, comerciales que luego resuenan en los estadios.
Algo que también debería suceder con frases de Bob como
La poesía
es el taller de diseño
de una sociedad mejor.
No sé si cantada por la tribuna,
pero sí enseñada a cada hincha para formarlos como personas
e inspirarlos en su poesía semanal.
La poesía y la publicidad son medios de comunicación,
ingredientes culturales que van de la mano. Confieso, los publicistas
nos nutrimos de la poesía…Gracias, hermano Bob Gurney,
por nutrirte de nuestro trabajo.