Sobre el Horror y el Poema Horripilante
...yo me postergo y me rebelo
contra la blanca solicitud de la pared reinante
y cargo heridas (...)
(...) la cocina tiene patas son las arañas restantes
de la comida podrida
de mamá
es el designio de la abuela antes de
muerta
es mi propio ser habitado por la risa abierta
la gota seca de la rabia marcando muecas
mi baba retorcida en precipicios
a pleno diente roto su garganta es mi depósito
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Siempre es arduo y penoso el tránsito del
embrujo poético hasta la redacción de un preámbulo
del objeto reverenciado, en este caso, la obra de una poeta, que me
ha fascinado o, mejor, horrorizado. La siguiente elipsis será
disculpada: escribir sobre algo que se admira es escribir bajo la pena
de degradar lo encantado; sobre todo en materia poética, las
mejores consideraciones no sólo son obsoletas, sino algo degradantes,
dado que el poema es, en sí mismo, metalenguaje. Pero metalenguaje
en el nivel superior, donde el lenguaje se elabora a sí mismo,
y no sólo se explica; digamos ultralenguaje. Entonces,
circunspectos a un elogio que incluye al texto admirado entre otros
más conocidos, decimos del autor, Yamila Greco, lo mismo que
se dice de su género. Que es esto:
Extraña y previsiblemente, la literatura
de horror siempre ha sido relegada, confinada, a un sospechoso
segundo plano. Clausuremos una vez más, en su deshonesto rincón
de escriba evangélico, a los fenicios del lenguaje, que los hay
también en los géneros “mayores”; a aquellos
mercantes que generan ese tipo de incómodo apocamiento de la
sensibilidad llamado vergüenza artística. Consideremos
ahora, aunque más no sea mediante las duras penas de tinta de
este lapso anodino e irreverente, algunos poetas al azar:
El primer “Homero”,
las migas de Heráclito, Eurípides; Dante, Shakespeare,
Sade –que no era poeta ni genio, pero igualmente despreciado sin
ninguna justicia-; Hoffmann y Novalis; Poe, Hodgson, Eliott, Cioran,
Rimbaud, Ungaretti, Valle Inclán, Donoso; en el Río de
la Plata Lautreamont, Quiroga, el Girondo de sus dos últimas
obras, Pizarnik, Ramponi, Arlt –que fue poeta a fuerza de ser
genio, lo mismo que Quiroga que, además, era terca y consanguíneamente
suicida-, entre otros muchos demasiados, son considerados, todos, genios
de un género menor (!). Y también Sófocles
en su Edipo Rey, texto doblemente vapuleado y sobreseído
en sus géneros por ser, además de horroroso, policial.
(Nota: es imprevisible el efecto horripilante de leer el Quijote
como una tragedia, o de amputarle la resurrección al catecismo
pasional y literario de la tradición de Juan.)
El pánico irracional a la poesía, al
inefable poder libertador del elemento mágico / poético,
o mejor, intrínsecamente místico, narcótico,
es el evidente y necesario censor al servicio de los amísticos,
de los apoéticos. En todo caso, es entendible el espanto
de ese realismo con gusto a alfalfa, eunuco y apocopado, tímidamente
literario, frente a la turgencia afrodisíaca y violenta de lo
espeluznante. Desde siempre, el prurito capado, apático y policial
contra lo sublime ha devenido en incómodo y mal parado guardián
del umbral trascendente. Este accionar puritano, castrado y castrador
del cosmos, para con la alquimia del verbo sanguinolento también
es extraño en el hombre. Porque nada hay más irracional
que la poesía, y no debería ser temida en esa forma, sino
idolatrada y consumida, con afán paganizante y sumamente católico
–católico a la manera de Juan de la Cruz-, como el verdadero
opio de los pueblos.
Por lo demás, existe el terror racional, mucho
más venenoso y tangible: estos recalcitrantes teólogos
y aquellos profetas inquisitoriales de la inmisericordia, como Lutero
-¿alguien duda que escribía ficción?-, los feos
Lovecraft y Sartre, igualmente pavorosos del más allá,
otros miles y miles de apóstatas más o menos inocentes
y olvidables -este ridículo resumencito- que no vale la pena
mencionar en torno a lo poético. Y, por qué no, el Poe
en prosa, prosaico y sublime, lo representan con mayor o menor
fanatismo. Con mejor o peor voluntad. Literaria o vulgarmente.
Ahora bien, a lo que nos incumbe. Nunca se ha hablado del poema
de horror.
Pero digámoslo de una vez: no puede
ser extraño al poema el horror. Por definición,
como todos esos elementos que se confinan a sí mismos mediante
su nomenclatura, que son su nomenclatura -sobre todo en poesía-.
Por eso el triángulo, antes de existir como una entidad matemática,
abstracta, es un hecho literario.
La fuerza de la experiencia horrorosa en el texto
del poema es infranqueable: no puede ser vencida por la razón,
que ha quedado muy por debajo en la cadena ascendente, evolutiva, hacia
lo sublime. El texto poético, una vez desplegado en su magnitud
horrorosa, se ha transformado en el vínculo hacia lo trascendente,
siendo su contundencia la medida misma del lector en éxtasis.
La única medida.
Entonces, extasiados de horror –mediante
el horror - asistimos al mundo de lo sobrenatural: un mundo hiper-real,
donde se elabora cada detalle del poema, cada objeto, cada concreción,
desde una perspectiva netamente visceral, orgánica y sangrienta,
pero no por eso menos volitiva, espiritual. Donde
las cosas y los días se derrumban hacia abismos divinizantes,
olvidados durante la experiencia más o menos aburrida, capona
y asustadiza, de lo cotidiano. (Sería conveniente aclarar que,
una vez en éxtasis, incluso el horror, divino médium,
ha sido dejado atrás. Nadie sigue meditando una vez alcanzado
el Nirvana, ni confesándose en el Cielo.)
El poema es trascendente. Ergo, el poema de horror
es trascendente.
Finalizado el hechizo, el poema, el universo sensible queda huérfano
de la frontera entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos,
desplegado como un híbrido lleno de angustia y de terror pasado,
un muerto viviente. Se funden la tierra de los vivientes y
el submundo de las ánimas en pena, y el ascenso subliminal se
agota en un descenso hacia el centro infinito del corazón –órgano
netamente poético en el hombre, por eso rechazado o degradado-.
Allí, en los tenebrosos confines de la poesía
horripilante, la muerte es aceptada como un aliciente para la vida llena
de hastío e impotencia; es un remedio, una salida, un escape
hacia la conclusión. El verdadero Trascendental.
Porque las tinieblas poéticas amanecen con una oscura esperanza:
la muerte, envuelta en ellas, es una esperanza. De la muerte nace su
inmediata derivación: persiste la idea de la existencia póstuma,
pero es allí donde el poema horroroso aparece como una verdadera
tumba, profunda y abierta, infinita por definitiva; se explicita la
ley fatal de vivos y muertos-vivos, de la cual no puede escapar
el hombre: vivir es vivir violentamente, de un lado y del otro
del encantamiento textual.
Finalmente el poema ha parasitado la mente del lector,
y sólo se acuerda de sus parásitos, inoculados en la inteligencia
de la víctima, para castigarlos con esa persecución y
asesinato de lo cotidiano que presupone la posible existencia
de un poemario más vasto; viril y seductor por la mera
atracción de los abismos.
Y si de estas cosas nos apercibimos a través de la lectura de
lo poético / horroroso: ¿qué será entonces
la consumación del sortilegio, la entrada triunfal al Infierno
después del último verso?
Apenas diremos que la angustia post coito en el universo poético,
la ceniza anímica post mortem, post poema, es la prueba
irrefutable de la definitiva desmoronación de todas las cosas
habituales en lo sublime. De la trascendencia sangrienta alcanzada
mediante el opiáceo semblante del texto; del hechizo ya escrutado,
padecido. Porque todas las cosas vuelven al polvo de donde fueron llamadas
a existir: la formulación del poema siempre es un conflicto,
y todavía más su conclusión en el lector.
Bienvenidos entonces a los poemas de Yamila Greco, ejemplo cabal y deslumbrante
de lo todo lo anterior, que lamentablemente los salpica con su inútil
perorata sobre la Poesía.
POEMAS
I
lo que nos recuerda las manos son las cuerdas
entonces manifiesto por los ojos la angustia y la crueldad
del plástico forzado por mi cadáver
es mantenerse incluso cuando los brazos forman huecos
no el estómago cansado
sino la insolencia de rasgar su privilegio
la cercanía limita el encaje que es la carne
mediante el grito que nos triunfa en delirio acabado
yo me postergo y me rebelo
contra la blanca solicitud de la pared reinante
y cargo heridas
aullar o permitirse el encierro
creo pero tener
el desnudo babosa el rastro plateado
y mi jurar no consentirse en espejos indecibles
es la lo
que das
mi búsqueda es un cuchillo o una piedra y otra flecha
machacadas contra la fuerza recta
pero quiero pertenecer
la cocina tiene patas son las arañas restantes
de la comida podrida
de mamá
es el designio de la abuela antes de
muerta
es mi propio ser habitando por la risa abierta
la gota seca de la rabia marcando muecas
mi baba retorcida en precipicios
a pleno diente roto su garganta es mi depósito
II
los gritos son el inicio de toda creación maldita
fieras de mi alteración el golpe de los pasos y las puertas
que vienen por qué no se van ajenas a todo lo que se suicida
por qué no te corto los pies
y elevo al mundo
fija a las necesidades altas porque no queda fondo que
temblar
la visión única de la cuna muerta por asfixia
de una escalera comunicando con mi palabra
metástasis es mi hermana
o el desequilibrio sin presencias deformadas
dentro de una habitación sostenida por la basura
V
la entrada es por el ombligo de toda muerte
donde el llanto mastica
la escara sacra por donde se asoman los huesos
a través de la carne
yo me perjudico el ojo
cuando la bestia resplandece el cierre
yo abro los labios
y demuestro hambre
es la lujuria de Dios con su hábito de sombra
arrastrando mi nacimiento contra las ventanas
VII
ofrecer ahora la mueca histérica de mis muletas
huir clavada en cruz por hambre y consuelo
de un diente aferrado
agita mi noche, el alto baile de la sangre
el choque de las mandíbulas
para hacer de ese gemido
mi órgano más soberbio
XII
recolectar vidrios con la humedad de mi hocico
las ratas sobre el sexo
el cuerpo retuerce mastica devuelve
los dedos como cuchillos
me adhiero con saliva a la pretensión en celo
es el lobo
me entrego a la guillotina
o confío en sus muelas
aúllo
mi fondo es festejado
por sus garras atrevidas en manicomio
XIV
toda búsqueda comienza por las uñas
atreverse al desnudo rascándose la carne
prostituta del espejo
me meo encima de tuyo
hasta iluminar el fondo
XVII
formó su sexo como tibia
pero muerta
en la vulva el lobo
trepando mugre
Jesús prostituta alta
urge asilo
quiero
pero con sal
y bajo los surcos
XVIII
preciso manos y tengo uñas que desenlazan en la tierra
atajo de un auxilio permitido por los huesos
donde la tortura es limitada por la asfixia
Yamila Greco nació en Buenos
Aires, Argentina, en 1979. Parte de su obra se publicó en la
antología Cadáver en mano (Visceralia Ediciones,
Santiago de Chile). Realizó la introducción del libro
La Liga, para el poeta chileno Christian Pérez (Visceralia
Ediciones, Santiago de Chile). Su texto V fue seleccionado
para participar en la obra Verso a verso (Editorial Dunken,
Buenos Aires, 2008).Colabora en diversas publicaciones literarias como
Cinosargo, El Proletario, Cañasanta, El Cálamo, Punto
en Línea, Groenlandia, La Bisagra, Ping Pong, Sinalefa, Catarsis,
Espiral, El Coloquio de los perros, En Sentido Figurado, RHAM, Resonancias
y Artesanías Literarias (Nuevas Voces de La Poesía Argentina:
Comentario, presentación y selección de la poeta argentina
Silvia Loustau).
Su poemario Sobrevivir es una Curvatura fue publicado por Casa
Litterae (revista sobre visión literaria, del poeta español
Antonio Gamoneda). La revista de poesía chilena Lakúma-Pusáki
dedicó una nota a su trabajo poético. Sus poemas han sido
traducidos al catalán, al italiano y al inglés.
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