Reconozco mi propia forma y fondo. Dime una palabra, acerca tu historia y ya veremos. Tengo un secreto eterno a comprender desde los ojos. Mitad agua mitad tierra también soy un poco árbol y otro poco hoja y pájaro y viento y sombrero colgado esperando el movimiento, la acción precisa. Estoy atenta. Hoy tengo la edad exacta, mañana tendré la edad exacta, diferente a ésta, a la tuya, la suya, a mi pasado, en la mente tanto silencio, niña perdida, mujer olvidada, gata oculta, pero sobretodo etérea, frágil, aunque depende cómo, de qué ojos, de qué manos, de qué cuerpo o sentimiento, de qué duda o vereda, de qué calle o sol o azul o retrato, de qué balcón o día o padre o madre, depende de qué besos, de qué rabias, de qué vergüenzas e intentos, depende de qué ternura y de qué violencia. Estoy en cada página y en cada letra. Dime. Pregunta. Mi mano busca un lápiz, un libro: Patas de Perro ante mí. Lo tomé y empecé el viaje.


Un día llegó a mis manos el libro Patas de Perro, del escritor chileno Carlos Droguett, que cuenta la historia de Bobi, un niño que nació, literalmente, con patas de perro y se alimenta de carne, así de simple, así de complejo, así de doloroso. “Escribo para olvidar…”, dice Droguett al comenzar, y estas tres palabras me bastaron para intuir su potencia literaria, narrativa y poética.



Patas de Perro contiene el cruce entre lo real y lo imaginario, a partir de la existencia de un niño diferente, deforme, que despierta uno de los aspectos más terribles de la humanidad, el de la crueldad; a la vez que muestra cómo se vive la marginación por quienes no cumplen con los estándares socialmente aceptados.
Como lectora, Droguett cruzó violentamente mi corazón, estremeciéndolo en cada página, en cada línea, en cada palabra, con su escritura delirante, apasionada y perturbadora que penetra con descaro y fuerza, pero también con dolor y angustia en la complejidad humana, en la dura realidad, en los oscuros laberintos de lucha entre la miseria y el poder.



Carlos Droguett nació en Santiago de Chile, en 1912, fue un ensayista y narrador sin pelos en la lengua, sin temor a los reproches o a hacerse de enemigos; siempre fiel a sus principios, no tuvo pelos en la lengua. La honestidad por sobre todas las cosas y especialmente en el oficio de escribir, fue el eje central de su pensamiento, al mismo tiempo que entendió como un deber –conciencia crítica-, el exponer la crudeza humana y social.
En 1970 obtuvo el Premio Nacional de Literatura (Chile), abandonó Chile con su esposa en 1975, luego que su casa fuera saqueada en los años del régimen militar, y falleció en Suiza, en 1996. Alguna vez declaró “Creo que vida y muerte están tan imbricadas que no se pueden separar. Además, los temas míos los cojo de la vida y la vida es violencia, miseria e injusticia (...) pero de una violencia suavizada por la imaginación y profundización del escritor (...) quiero reflejar además el desorden, el caos que vive el mundo. Creo que tengo la obligación de ello. Si no escribo así, cometo una trampa literaria”.

Entre los escritos de Carlos Droguett, caben destacar:

60 muertos en la escalera
Eloy (1957, Premio Municipal de Santiago)
100 gotas de sangre y 200 de sudor (1961),
Patas de perro (1965),
El compadre (1967),
Supay, el cristiano (1967),
Todas esas muertes (1971, Premio Alfaguara)
Matar a los Viejos (1975).
Los mejores cuentos de Carlos Droguett (1968, Premio Municipal de Santiago)
El cementerio de los elefantes (1971)
Escrito en el aire (1972).


UN CUENTO DE DROGUETT

ELOY

(fragmento)

Es la noche, hacia la medianoche tal vez, en medio del campo, está despierto, completamente despierto y seguro de sí mismo, tiene una larga vida por delante, le extraña que hayan venido tantos y piensa que eso mismo es de buen augurio. Cuando unjan para matarme, vendrá uno solo, algún amigo traicionero, un pariente de la rosa. Sangüesa tal vez, el feroz y cobarde Sangüesa me buscara cuando yo esté dormido. Se sonreía a solas acocándose, sentado en el suelo, atisbando la noche húmeda luminosa y acariciando su carabina. La tenía sobre las piernas cruzadas y pasaba la mano despaciosamente por el cañón, acariciaba con suavidad, con una firme y casi hiriente suavidad el cuerpo, la madera, la dura y tensa y firme y suave y salvaje madera de la carabina, como un pescuezo de caballo siempre apegado a sus manos, listo para ir a posarse bajo su brazo, como aquella vez, después que había saltado por la ventana y adentro, muy adentro, más allá de los innumerables pasadizos y de los rincones solitarios y extensos y de las arboledas lúgubres y húmedas, impregnadas de viento y del agua de la laguna, en la que flotaba ahogado un pantalón de niño y a él se le apegaba el llanto, los gritos, esas lágrimas ribeteadas de sangre que él adivinaba, aunque no había visto, pero es que hay gritos llenos de sangre, horrorosos, desagradables que dan miedo, pensaba mientras había saltado por la ventana y sentía el sudor frío y la carabina agarrada en su mano izquierda le daba miedo, al mismo tiempo un poco de seguridad y miedo, porque siempre se enredaba en alguna parte, en el postigo, en los zapatos del viejo, viejo desgraciado tan cobarde, se afligía corriendo despacio bajo los árboles, lloriqueaba como un niño, tenía la cara asustada de un huaina cualquiera, del Toño si estuviera conmigo ahora, del hijo de la Rosa, cuando él en las madrugadas estaba limpiando, precisamente, la carabina y se bajaba de la cama y se metía bajo ella y arrastraba el cajón trajinando encontraba el bolsón con las balas y bostezando, bostezando de sueño el pobrecito desparramaba las balas en el suelo y con el ruido que hacían se despertaba la Rosa y encendía la vela y la levantaba en la mano paseando la palmatoria por el aire para buscarlas. Toño, Toño, gritaba asustada y el Toño, asustado también, no contestaba y tenía entre las piernas un montón de balas y él cargaba la carabina en silencio y sonaban como huesitos los fuelles y. entonces, como la Rosa estaba siempre sentada en la cama y había dejado encendida la vela en el suelo miraba llena de horror de cansancio y miedo y presagios al Toño y lo miraba sobre todo a él, me estás mirando lleno de hoyitos lleno de sangre, Rosa, Rosa, no mires así, le gritaba y alzaba la carabina para asustarla y se reía en lo oscuro y el Toño le pasaba un montón de balas y se reía con miedo y él gritaba llenos de risa, los gritos, Rosa, Rosa, te voy a matar la garganta, y ella se quedaba tiesa sentada en la cama y como muerta, me estás mirando lleno de sangre, crees que los agentes me van a matar, eso crees tú, Rosa, le decía, y el Toño se arrastraba hacia la cama y cogía la palmatoria del suelo y levantaba, él comprendía y se lo agradecía, la levantaba bastante como para que él pudiera tener toda la luz que le iluminara los pechos de la Rosa, su bonita cara tostada, sus ojos hundidos en las ojeras que te he hecho pacientemente noche a noche de tanto quererte y llamarte y meterte miedo labrando mi amor como una tablita. Te voy a matar, le gritaba, y entonces el tono le decía, riendo de pie en la oscuridad: Mátala, mátala, bonito, Eloy, y él disparaba justo para que la bala se llevara por delante un trozo iluminado de la vela y el Toño lloraba asustado en la oscuridad y la Rosa gritaba verdaderamente temerosa, no grites por Dios, chillaba él desilusionado ahora, lleno de desencanto y de tristeza y se sentía nervioso y nadie sabría nunca cuánto los quería a los dos, al mocoso y a la Rosa, porque ahora mismo se hubiera sentido más seguro si los hubiera tenido a su lado, durmiendo ahí en la cama, tal vez llorando de miedo y mirándolo a él sentado en el suelo, fumando en las tinieblas, atisbando la noche por la ventana abierta.

Cuando se quedó solo había arrojado con furia la carabina al suelo y el cinturón con las balas y el bolso de cuero, estaba cansando y amargado y desconfiado debí matarlos, pensaba, pensaba rápidamente en ello porque comprendía y no quería asustarse que había cometido un error al dejarlos ir. Tenían tanto miedo, se decía para disculparse y aún se reprochaba que les hubiera tenido lástima. Al viejo sobre todo. El viejo lloraba sin pudor y con escándalo, sin mirarlo siquiera, lloraba para él solo, revolcado en su horror, lo había mirado con desprecio cuando recogía temblando la ropa, los zapatos, el sombrero y el canastito con las cosas. Cuando él miró el canasto y le dijo: «Déjalo en el suelo, el viejo soltó un sollozo horrible, un sollozo que ya tenía que ya tenía preparado y dejó todo en el suelo, los pantalones, el sombrero, los zapatos, todo encima del canasto y cuando él se le acercó el viejo se cubrió la cara con las manos y lo atisbaba con miedo, viejo mariconazo. pensaba, viejo indigno, tiroteándolo con asco, y con el cañón de la carabina» había ido sacado de ahí los pantalones, el sombrero, los zapatos y con un golpe más firme había destapado el canasto, ¡qué llevas, mierda aquí! El viejo lloró con bríos para contestarle y fue la mujer la que lo miraba hosca, asustada tal vez, pero sin llorar, sin llorar en absoluto, sólo agarrando al chiquillo y apretándolo contra el pecho, fue la mujer la que le había dicho: son cositas para llevar al hospital, don, cositas para la Juana. Había alcanzado a ver unas manzanas bonitas y pequeñitas, unas naranjas tísicas, descoloridas, una botella de leche, un paquete de galletas y una fea muñeca de trapo, grandota y esmirriada, que le daba lástima. La botellita para el viejo, pensó con piedad y burla. Déle leche al viejo, vieja, había dicho y cogiendo del suelo el sombrero se lo había incrustado al viejo mirándolo con sarcasmo y viendo que lloraba más y que su camisa era pobre y rota y descolorida y que por entre ella asomaban unos pelos blancos sobre el cuerpo rojizo y pálido, le había aconsejado: Ponte corbata para que te veas estupendo, viejo, y como el viejo lloraba siempre, le dio vuelta de una manotón, empujándolo hacia la puerta y ya en ella de un puntapié lo envió rodando hacia lo oscuro. Lo sentía sollozar y correr por el campo, entre el viento. Eso lo había puesto rabiosos y pensativo y deseoso de beber un poco de vino. No tenemos licor, le había dicho la mujer, somos pobres, el viejo no bebe. Debiera beber para criar coraje, contestó él para sí, sin mirarla, y la verdad era que tener a un tal cobarde junto a él era ya ponerlo un poco cobarde también, te salpican y carcomen sus llantos y sus gritos y se te olvida quién eres, lo que has hecho, cómo has vivido, si olvidas quién eres, cómo te llamas, verás qué fácil resulta ser cobarde. Podían haber tenido vino, es bueno el vino, agregó él, mirando con reproche a la mujer. Nadie bebe aquí, contesto ella con miedo y rabia y dando explicaciones que eran también un reproche. El vino es una buena compañía, agregó, Mirando pensativo su carabina. Yo no necesito compañía, yo nunca estoy sola, dijo la mujer llena de reminiscencias, y otro poco que te acercas, Eloy, otro poquito, te suelta el llanto también y te cuenta su historia.

La historia de la mujer era simple, a Eloy le hubiera gustado, pero ya nunca tendría ocasión de conocerla y esto él aun no lo sabía. Ella tampoco lo sabía, ignoraba quién era él, pero presentía que era un perseguido y un solitario por ese olor ,i viento de las sierra que traía su ropa gastada, su miserable sombrero humilde e insolente, las alas humedad de su manta, ahí donde soplaba el viento neblinoso, pero luego volará tranquilo y un poco perfumado, ya huele bonito la tierra, pensaba y se imaginaba el olor de la manta colgada en el patio, entre la neblina ahora y después bajo la luna y ese olor de sangre esos sudores los dejó alguien que pasó por ella por esa manta lo recogieron en ella sólo para ir a mostrársela al capitán o al mayor o al coronel o para ponerle un radiograma al general ya lo encontramos ya lo leñemos amarrado sí claro que sí mi general y sonaban las botas entre cada sílaba sonaban apretándose cada vez más entre sus pulmones entre sus dientes sonaban entre cada letra apretándose sobre sus sesos cómo no mi general lo tenemos aquí mismo en el suelo estirando los pies podemos tocarlo podría verlo mi general en el suelo como un paquete de ropa junto al canasto y el escupitín y entre bota y bota y brillo y golpear de botas iban todas sonando por el aire el telegrama estaba llenos de botas, las botas estaban llenas de un agradable silencio se sonreían con media sonrisa marcial y disciplinada cómo no mi general esta misma noche parte el furgón. Suspiró, mirando sus ojos cansados y enormes, vivos, hirientes y codiciosos.

A través de los disparos, que sonaban en sus orejas, en sus mandíbulas, que le remecían la pierna herida, lo sentía toser con dulzura, con claridad y felicidad casi y le tenía una inmensa simpatía, esa tos le decía algo, era tal una señal, un camino, le señalaba el derrotero que deberían seguir sus balas. Como no se dan cuenta, se preguntó mirando una hilera de ataúdes a través del camino, en el piso, hundido en el agua, poniéndose de rodillas y acurrucado tras una mata dura y seca y terrible, que ni siquiera estada mojada con la neblina, que no soportaba ni conservaba un solo atisbo de perfume y sintiéndose seguro así, se puso de rodillas y siguió disparando y tenía lágrimas de rabia en los ojos la sangre le caía de la cabeza y tal vez de más alto, de los árboles del mismo cielo enfriado y enrojecido, una sangre espesa y ardiente, desagradable y presurosa que lo trataba con dulzura, que le ceñía el ojo, la cara, que lo ceñía a él, a su pierna enorme y monstruosa, como un emplasto, como un beso pastoso e insoportable y entonces vio caminar hacia él al hombre pequeñito, lo veía muy bien, risueño el rostro redondo y moreno, como un cacharro de greda de greda, como un lustroso jarrito de Talagante o Melipilla dorado al fuego, al rumor del fuego entre las brasas del invierno pequeño y encantador y alzando sus manos cortas y abriendo sus ojillos verdes oscuros y amables y alegres y optimistas y risueños, caminó en la sombra apresuradamente hacia él y era seguro que hasta las linternas se habían apartado para permitirle caminar con sosiego y sin nerviosismo, pensó que desearía pedirle algo, contarle un chascarro, conversarle en una tregua, pedirle un cigarrillo, preguntarle si tenía frío, si precisaba un pañuelo para enjugarse la sangre del ojo o una taza de café caliente con pisco o coñac. Lo miró con simpatía, sin miedo, sin odio y sólo comprendiendo que así tenía que ser, sin poder olvidar y sin ser capaz de hacerlo, mirándolo sonreír, listo para reír él mismo, abriendo la boca para decirle unas palabras alegres, alzó un poco la carabina y estuvo disparando un buen rato y miró muchas llamas cortas que se encendían y todavía sentía los disparos y él mismo estaba caído en tierra y miraba siempre al hombrecito risueño, estaba también tendido en tierra, por congraciarse con él, por anudar una amistad, casi habría podido tocarle la cara, los dientes, si se hubiera movido, estaba sonriéndose siempre con la misma sonrisa, con esa sonrisa y esa mirada limpia que no había alcanzado a gastar, tan chiquito, tan enormemente chiquito, pensaba y veía que ahora estaba más blanco, untada con neblina la cara, los dientes que brillaban estaban llenos de neblina, le estaría haciendo una gracia, estará borracho, querrá engañarme, cómo no llora ni se queja, cómo no se pone a toser también, se dijo y tenía rabia y mucho calor. Sentía que estaba hundido en el agua, por lo menos las piernas, la pierna herida estaba completamente hundida en el agua y la sentía liviana y lejana flotando casi, pugnando por alzarlo a él, comprendió que se estaba deshinchando y si eso era cierto, sólo tendría que esperar unos minutos para poder levantarse y entonces sí que podría pelear mejor. Alzó la mano para coger la carabina y le dolió el brazo, lo tenía pegado al cuerpo y comprendía que era sangre, la misma sangre de la cara. Balbuceaba, pugnando por levantarse y sintiendo angustia y comprendiendo que iba a vomitar esa maldita leche, esa desgraciada leche, por qué no reventaron la botella, pensó con furia y miraba con recelo. Las linternas estaban ahí. inmóviles, y le extrañaba que no se movieran, eso era ya para tener desconfianza y no moverse tampoco, no te muevas. Eloy, no todavía, y comprendía que todo él estaba empapado en sudor. Logró sacar la carabina de debajo de su pierna, era muy larga, mucho más larga ahora, le llegaba hasta el vientre y más lejos, la culata estaba junto a su pierna enferma, hundida en el agua, y sacarla le había dolido, la levantó con esfuerzo y mirando siempre las luces de las linternas inmóviles, que lo estaban aguardando o mirando, por qué me mirarán tanto, por qué no me disparan ahora, se dijo y echando una maldición, logró desenredar la correa y, alzando el cañón, lo acomodó justo en dirección a la cara del hombrecito sonriente, carita de maricón o regalón, le estaba tocando la cara, llorando de rabia y dolor y cansancio y desesperanza y no sabía él de qué más, por qué lloras, Eloy, por qué lloras, algo le decía hacia adentro, movía el seguro, acarició el cañón, no lo mates, por Dios, no lo mates, que es tan bonito, apretó el gatillo. Se llenó de humo, no sintió el disparo, sólo veía el humo rodeando la carita risueña, metiéndose en los tranquilos ojos abiertos, golpeando contra los dientes, alzando la cabeza olía el humo y oía los disparos, estaban disparando hacia él, todas las balas dirigidas hacía él, las habría podido contar, pues venían con mucho orden, tal vez con demasiado orden, pensaba con sarcasmo. Comprendía perfectamente que ya la noche se estaba yendo, pues las linternas estaban ahora apagadas y sólo el humo, el humo acre que se le metía por los bigotes y le agarraba el pescuezo y le cosquilleaba la garganta, recordaba las luces, el fuego, estaban disparando hacia él, pero no lo harían, ya no lo podrían herir nunca más, le extrañaba que las balas pudieran pesar tan poco, en realidad no pesaban nada, caían sobre él, sobre su vientre, sobre su cara, sobre sus manos especialmente, las balas eran como hojas, hojas muertas del otoño, nunca pensé que pudieran pesar tan poco, murmuraba, queriendo oírlas, no pesaban en absoluto, eran como el humo o el olor de la pólvora o los gritos de alerta, perdiéndose unos a otros, como cohetes pasaban por él y descendían y él comprendía que estaban ahí dentro, en sí mismo, rodeadas por su carne y su sangre que las acogían con inusitada fe y seguridad y ternura y sueño, estaban quizá perfumadas, narcotizadas, y él las recibía sin quejarse, tampoco con extrañeza, sin sentirlas descender casi, las veía más bien y ellas penetraban y atravesaban y tornaban y permanecían con él, acompañándolo de algún modo, no se sentía solo, comprendía que eran muchas, demasiadas, yo podría haber tenido tantas balas entonces, cuando estábamos en Peñaflor, o Las Condes, susurraba, cuando estaba la luna encima de la mesa y el Sangüesa se reía con miedo, son bonitas las balas, decía, bonitas y fieles, descendían hacia él suavemente, como flores, llenándolo de hojas y de perfumes, sintió al enfermo toser junto a él, parecía que estaba sentado a su lado, desearía conversarle, contarle la historia de su tos, cada tos tiene su historia, cada cicatriz su aventura, pensaba, sintiendo la sangre manar por su cara y taparle el ojo y comprendiendo que eso le hacía bien y le permitiría descansar, sonaban disparos a su espalda ahora, estaban tal vez disparando sobre su pierna hinchada, es el hombre de la tos, se dijo, sintiéndolo toser y trajinar por ahí, querrá deshincharme la pierna, y lo sentía toser y descargar las balas sobre sus zapatos y su pierna y hundirse en el agua que sonaba despacito, tenía una mano agarrada a la carabina, apretados los dientes contra la correa y la otra hundida en el agua, el agua que manaba de su pierna que surgía de los matorrales y subía hacia él para aliviarlo, para refrescarlo, sintió una angustia en el estómago y quiso alzarse un poquito y, sabiendo que el hombre tosía a su lado, alzó la cabeza y vomitó un poco de leche, se quejó con angustia y vomitó más y comenzó a transpirar y ahora estaba seguro de que se aliviaría y luego se podría levantar. Estaba completamente transpirado, tenía una suave fatiga y un calor muy agradable, estaba seguro de que pronto podría alzarse, el enfermo tosía con dulzura junto a él estaba pegado a su cara, podía verle las botas que la tos remecía y el sonreía con simpatía para que el enfermo comprendiera que él sabía que lo estaba acompañando, movió sus manos sobre la carabina para golpear la bota y que el hombre comprendiera que él sabía, logró mover la mano, empujó el cañón contra la bota y las botas se movieron y arriba tosió él. muy arriba, demasiado arriba, podría bajar y sentarse a mi lado. dijo con reproche y con deseos de que así ocurriera. El olor de las violetas se le amontonó en la cara, subía por su mano que estaba hundida en el agua y que se agarraba a las flores, nunca había sentido tan inerte y suave y persistente el perfume de las violeta. Son buenas, son buenas, se dijo y él se hundía en ellas. Tenía la caía llena de llores y los hombros, la espalda, la mano mirada también estaba llena de flores, qué bueno, decía, qué bueno que esto haya ocurrido ahora, con la leche no habría podido soportar este perfume y sonreía con cansancio porque en realidad estaba muy cansado y sabía que abrigado por las violetas podría echar un corto sueño, en media hora estaré listo decía, sintiendo al enfermo toser con dulzura a través de las violetas, como apartándolas para acercársele más. ya no podía verlo si seguían cayendo tantas flores, estarán creciendo sobre los árboles, trepando con la neblina, y puso la cara de lado en la tierra para sentir la humedad que lo aliviaba y se le comunicaba e impregnaba el olor de la sangre el olor de las violetas. La cara pegada al suelo, la movió un poco, otro poco más para dejarla junto a la tierra. La cara en tierra, de lado en ella, podía incluso mirar mejor. Ahora había más botas junto a él serían varios pares, tantos como tenía aquella noche en el taller junto a la ventana y llegó el caballo empujando el hocico contra el vidrio, eran botas nuevas y firmes y estaban embarradas, había muchas, unos, tres o cuatro pares, las demás se perdían en la sombra. Se fueron, agarraron miedo y se fueron, se dijo, se fueron en silencio para que no los sienta, se sacaron las botas para huir, las dejaron junto a mí para que las vea y no los persiga. Las veía completamente y comprendía todo eso muy bien. Dentro de unos minutos podría contarlas. El perfume de las violetas se le amontonó en las narices y ahí sonaba con dulzura la voz del enfermo, que estaba a su lado. Apartaba las flores para mirarlo y tosía bajito hacia su rostro. Aquí estoy, Eloy, aquí, aquí. Está aquí, pensó suavemente y pegó más la cara a tierra y se perdió.
Ahora se movieron las botas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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Perros de la calle
“... Podía tener trece o ciento cincuenta años, según como fuera que se le mirara, según las porciones de su cuerpo o de su alma, las porciones de dolor o de alegría que agregara o quitara él para calcular su edad…”Carlos Droguett (Patas de Perro)


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