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Río Blanco es el primer libro de poemas de Roxana Ybáñez. Esta porteña –nacida en 1970–, que logra un efecto de extraña naturalidad: la sensación de que no se lee (entendiendo lectura como una operación de decodificación de signos) sino que se contempla, que se percibe como quien participa o está dentro de un paisaje. Cuando en la superficie textual surgen “lluvia”, “isla”, “canoa”, “coriandros” no semejan letras reunidas, lo que aparece son sabores, color, sonidos, perfume, sucesivamente, alternadamente. Es el paisaje que emerge y borra las marras de la palabra: se sale. Sale, literalmente, de la hoja, se despliega como un jumanji, crece desde el papel y cubre todas las paredes del cuarto, aquí donde se desarrolla el contacto con Río Blanco, como una enredadera, derrumba la cuarta pared y se lleva los deícticos y nos devuelve a tierra, a un agua, un árbol. Como hojas que van (des)envolviéndose, entonces, el texto toma movimiento sobre el papel, se encolumna aquí y allá, va dejando ver tonalidades, capas, voces sobre las voces que salen del paisaje. (Habla el árbol, decía erradamente Roland Barthes; aquí el árbol habla y es puro denotado, lenguaje originario). Las formas tienden a la maravilla en Río Blanco. Hay una sabiduría antigua en la mirada que recorre los paisajes y, sin embargo al mismo tiempo, la inocencia de la vez primera, de los ojos niños. Así, cuando “el jaracandá recorta / su silueta de membrillo”, la voz tiene el saber para tipificar qué clase de árbol es el que ve, pero construye el contorno con una imagen de sabor infantil, se topa en el borde de la figura con materiales tiernos. Y con la imposibilidad de cerrar el sentido. También “el jacarandá no quiere / una forma constante” (Merleau Ponty otorga al cuerpo la capacidad de aprehender y fundar el mundo, no cerrado a objetos, sino a formas abiertas). Es el cuerpo que construye “sombras”, “árboles como manchas”, o “un recuerdo de neblina del jacarandá”. Es el encuentro del cuerpo que vive en el mundo y es con lo que se expande a través del Río Blanco. “Colores mutantes” dice el río en cinta. Va desde el azul de las escamas, del desierto, la noche, el árbol, el silencio, el río, pasando por el verde del lagarto, la cala, del acantilado, el helecho, el tatadios, se torna oscuro en el membrillo, en la hoja de ciruela, ocre en la arena, el cactus y hacia el desvaído de la nieve, la neblina, el río. Cuerpo, materialidad de los cuerpos: todo es tan sensual, tan desbordado de sentidos que se hace aire, fantasma, Clarice. Todo atraviesa y en todo se detiene, pero sin apilarse ni afilarse, sin embarrarse ni embarrocarse. El paisaje se repite como una melodía con variaciones apenas acentuadas por la mesura de un brillo, de una brisa. Trasciende mientras sucede: los ciclos, los elementos, las regiones, los climas. El espacio. El tiempo. “Cada viajero que pisa la tierra de la isla / besa las flores / siete veces / y luego (siempre) vuelve”. En este pasaje ritual, uno de los muchos que narra el libro, tal vez se cifre el encanto de Río Blanco, su naturaleza circular, su deseo como abanico sobre los sentidos, su eufonía de agua y tierra.
antes árbol de lluvia un palo de lluvia verde tiraba el árbol tiraba árbol en el borde del río las mujeres tocaban su líquido al mirarlo (silencio) un zumbido de un solo tiempo (silencio) la imagen escondida detrás de los troncos
pero un día un hombre ató su sombra
varios días de lluvia a cada paso el árbol pasa a ser pulpa brillante
el hombre se marcha con su mano cortada
el líquido cura la corteza línea de fuga en la extensión el agua del río acuna la canoa árbol en movimiento no me olvides mientras el tronco se desliza
Río revuelto
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