escribía/ con la soga al cuello,/ con la soga al cuello/ compraba tomates y cebolla,/ armaba la ensalada con la soga al cuello./ con la soga al cuello salaba su carne,/ ponía la mesa, exprimía un limón, prendía el televisor,/ besaba a su hija,/ y sonreía/ con la soga al cuello./ todo eso/ y más,/ sin que nadie viera,/ el elemento,/ la sustancia,/ cuando la soga/ trepó a la viga/ todos golpeaban su frente/ como si hubiera sido posible salvarlo.





Tal vez porque en los tiempos que corren hablar de la muerte en poesía es un lugar escurridizo, tal vez porque pienso en ella casi todas las noches, igual que Normand Argarate en el epígrafe de esta historia, El monte de los árboles sogueros, de Marcelo Dughetti, me atrapó desde el comienzo.

Un monte nada abstracto que da cuenta del pasado de una ciudad, Villa María, Córdoba, que entre 2001 y 2003 registró un alto índice de suicidios y sirvió de punto de partida para el libro:

en los campanarios que rodean la plaza/ los muchachos cuelgan sus bellísimas sogas./ respiran/ profundo,/ se tragan el odio./ caen/ como/ moscas.

El arte, dice Dughetti, es un intento por comprender, y en un mundo cada vez más intolerante, tratar de comprender es toda una revolución.

Es cierto. Quizás el eje de estos poemas sea la soledad.
La fragilidad de unos seres que caminan por la cornisa, el abandono, la indiferencia o la complicidad.
Pero también la dualidad padre/hijo, y el erotismo, y la carnalidad en estado puro:

las mariposas son insectos terribles./ detrás de aquellos colores de dios/ se esconde el puto gusano que tejió la soga./ mi madre surge de su capullo/ y vuela triunfal/ rumbo al fuego del odio.


...estás sobre el mástil mayor empalada hasta la nuez y sufres./ desde tu cruz de carne ves a los romanos jugarse tu corpiño/ en un golpe de dados/ y estás crucificada al revés/ como un demonio.

Hay descripción pero no para informar, sino para inscribir, para tallar, para hacer de los personajes seres próximos, y así volverlos cotidianos, tangibles, en lo que creo, reside, el mayor mérito del libro:

desde la graciosa costanera/ los turistas/ abren sus reposeras/ encienden las brasas para quemar carne/ beben cervezas congeladas/ y ven pasar los muertos que Irene arroja en el río/ son/ azules/ están/ ciegos

El monte de los árboles sogueros es una publicación de editorial Recovecos, y pertenece a la colección de poesía latinoamericana, que dirige Alejandro Schmidt. Un libro conmovedor, un relato despojado, y una bella edición que recibe al lector con calidez e invita a la lectura.

 

FAULKNER DEJA DE ESCRIBIR

con mi hija
construimos un barco para escapar
al centro de la tierra

todos los domingos le agregamos detalles
mi madre
encerrada en su urna de hueso
suele desearnos suerte
nos prepara un té de odio
y lo sirve envuelta en su capullo.

cuando llega la noche
y el lunes muerde con su pan de furia,
miramos con ternura el barco fantástico
la cruz de palo santo
el osito rojo en la cabecera
la dulce mortaja
que cubrirá el futuro.

 

S/T
que nadie camine
por el monte de los árboles sogueros.

los hombres
se ponen negros y se hinchan.

las moscas
abrigan los ojos de los desesperados.

el viento
los respeta, apenas los inclina

yo paseo con mis cinco metros de soga al hombro
desde aquella orilla tiende sus brazos
mi hija.

S/T
los viejos compran la soga que les recomendaste
limpiaron las telarañas de la viga
y en un sueño abierto a los demonios
se colgaron
convencidos de tu palabra.
luego
te sentaste a mirarlos
tomaste el tramontina clavado en la manzana

cortaste
prolijamente

tu
lengua.

S/T
en varios idiomas existen palabras bestiales
que repiten los poetas como si las hubieran vivido.

existen imágenes que voltean la taba de culo

yo riego la maceta para que el arbolito crezca
después le corto las ramitas,
que no se extralimite

soy
un marica japonés
kimono
alma bonsái

arigato.


S/T
el joven
que se ahorcó en el subnivel,
usaba zapatillas rojas
tipo flecha.
tenía tres monedas de un peso en el bolsillo.

una moneda de fuego en la garganta.


S/T
quiero que te arrodilles

¿prendiste el ventilador?

mañana es tarde,
mañana no estará la carne dispuesta,
será salada y hervida en implosión maravillosa.
la carne está dura ahora,
no me hables del futuro

¿prendiste el ventilador?

mañana es un fantasma,
una sombra que observa a través
de un vidrio biselado
abre tu boca, tu boca está plena de almas caídas
tu boca vampira
chupa despacio
tu dentadura es compuerta de esta explosión
tu dentadura de amarillos resplandores
esto ha sido
por los siglos de los siglos
la soledad de la serpiente
en tu boca de manzana
las aspas del ventilador,
la música verde,
la succión,
su ritmo.

S/T
¡lotería!
gritó un desgraciado

esta ciudad se lo jugó todo

su camisa

su pasado

su saludo

el crupier afirma:
“no va más”
y se abre
al borde de la herida

el monte
de los árboles
sogueros

Marcelo Luis Dughetti nació en Villa María, Córdoba, en 1970. Su trabajo cultural comprende desde la coordinación de talleres de teatro de títeres y de literatura para niños y adultos, hasta la actividad radial y periodística en diarios como El Puntual y El Diario, de Villa María. Asimismo ha sido colaborador de la revista El títere sin cabeza, UNC, y miembro fundador de las publicaciones La araña de carbón y Arena. Publicó: Esa joroba de bronce, 2003, Donde cayo esta muerta, Primer premio provincial de letras, 2003, y La bicicleta roja, 2007.

 

DOS CUENTOS DE DUGHETTI

La bicicleta roja

La Bicicleta del maestro es roja. Parece un caballo de espanto. El rojo me da miedo. El maestro no. El miedo siempre me acompaña. Los otros tres de la banda quieren joderle la bicicleta al maestro. Si fuera por el color yo se la desarmo a patadas. Pero al maestro no. Es gordo, casi pelado, no se como mueve todo el mecanismo del bicicletón. Es uno de esos aparatos tipo mormón.

El maestro parece un mormón; yo a los mormones los odio. Al maestro no. Ayer lo vi en el centro, nosotros buscábamos minitas fáciles entre la plaza y el Café de la Ciudad. Estaba como siempre el maestro, con esos libritos bajo el brazo, “pinta de loco” dice la vieja. Yo no lo saludé, no me gusta saludarlo porque se viene y empieza a preguntar. “¿Comiste?” te pregunta, “¿No tenés frío, zapallito?”, esas boludeces de madre. O de padre supongo. Papá lo conoció al maestro antes de irse al norte de la provincia, a la cosecha de la soja, al campo de los Malla. Los Malla son de buena pasta. Así cuenta el viejo que los sufre como un esclavo. Lo liman sin sentir pena, hasta que no le queda ni una gota de jugo. A veces me dan ganas de putearlo cuando los defiende. Al maestro no. El maestro nunca los defiende, en eso es bueno. Me come la cabeza con lo de los derechos y qué sé yo. El Ramoncito le tiene hambre hace rato. Pero yo lo paro, “al maestro no”, le digo y él me manda a la mierda. No se cuánto los voy a poder parar. Para colmo, el maestro los tiene cagando.

Hoy encontré al maestro comiendo en el barcito del Luis, pobre, ¡qué hambre!. Me invitó una almóndiga con salsa y nos pusimos a ver el partido. No toma vino, acompaña con esas agüitas tónicas, que el mozo sirve cagándose de la risa. Yo lo miro con la panza revuelta de asco, le molería los huesos. Al maestro no. Al mozo. Me zampo la almóndiga en un segundo, está picante. El maestro tose feo y escupe. El partido parece la música del Ameghino cuando te chupas con tetra. El maestro me habla de la infancia en Oliva, el pueblo donde fue chico. Se ha manchado la chaqueta con la salsa y estudia como sacar un escarbadientes del palillero de vidrio. “¿Qué pasa cabezón”, me dice, “no te interesa el partido, qué miras?”. Por la ventana, que en realidad es una puerta, respira el barcito, todo se mezcla y dan ganas de vomitar o dormirse sobre la mesa. Yo ficho la bicicleta y le digo al maestro que la cuide, que anda mucho chorro. El maestro se ríe “¿cuánto vale esta si la querés vender robada?”. “Quince”, le digo. “La pague 130”, me contesta y también se pone a mirarla. Ya se está yendo el sol, la vieja me va reventar. “Chau maestro”, lo saludo desde la vereda . “Cuidate zapallito” me dice, esta vez lo haría puré de un trompazo. El que se tiene que cuidar es él.

Antes de cruzar el boulevard lo encuentro al Ramón y a los otros pescados. Me putean amistosamente y se acercan con la birra en la bolsa. “¿Lo viste al maestro?” Preguntan rodeándome. “¿Está en el barcito?”. No les digo nada, que averigüen solos. El Ramoncito me pega unas trompaditas en el brazo y me dice si no seré medio putito. Yo le puteo al padre, sé que lo odia y a la madre se la dejo en paz o me raja ahí nomás. Cruzo el boulevard y hago unas diez cuadras, ya se ven las casitas del San Nicolás. Me gusta oír como cruje la arena de la calle bajo la zapatilla, no es lo mismo. La vieja debe estar preocupada, yo veo una estrella, dos, tres, mil estrellas más que en el centro y pienso bajito para que nadie escuche. Tengo el mate lleno de pensamientos que me gustan y que me duelen. Mañana tenemos al maestro, que lástima el maestro, esa bicicleta no es tan valiosa . Pero la va a defender y al Ramoncito no le gusta renegar.

Todavía no sé que lo despacharán entre todos y la bicicleta aparecerá en el barrio, pintada a duras penas con aerosol azul. Tampoco que me animaré a preguntar si no es la del maestro y el Ramoncito responderá: “No, la bicicleta del maestro es roja.”
La vieja me sirve guiso de mondongo, lo que queda después de los pendejos. Yo como y miro la mesa rajada; y en la canaleta una hormiga negra que lleva un palito de yerba en el lomo. Si el Ramoncito la viera, la hormiga no estaría, ahora, bordeando el fin del mundo.

Treinta y Ocho
El ramoncito cumple 11 años.
El ramoncito lleva un treinta y ocho en la mochila, camina despacito sabiéndose dueño del mundo, El mundo es un tambor de hierro y tres balas . El Ramoncito carga de especial manera su cuerpo mientras concede a la mochila un lugar entre la espalda y el pecho. Los del quinto lo saludan. Sabiéndolo guacho no le hablan del padre. Se está terminando el año y todo parece arrugado, sucio, hostil. La imagen que a través del vidrio voltea los cascotes de tierra y encuentra frescura entre los álamos es fantasía. Ventana que abre el Ramoncito para entrar en el infierno que domina desde que vino al mundo. Don Héctor Villareal esta sentado en las oficinas, con su mono azul y herramientas de todo tipo. Esta durmiendo la siesta sobre el teclado de la computadora, asqueada del olor a vino rancio y la impericia del hombre de los martillos y los serruchos.
Cerca del quebracho el agua de riego se filtra en las grietas de la tierra dolida por un diciembre más que feroz. Los niños van entrando semidormidos. Hoy se hace el ensayo del pesebre. El Ramoncito se sienta lejos con la mochila mugrienta y silba “El bombón asesino” mientras manosea ostensiblemente al animal dormido en la mochila.
El Ramoncito chupa esas pastillas de menta como bolitas de naftalina. Las chupa un rato y después las muerde nervioso. Los niños en el patio eligen para el partido del recreo largo. El Ramoncito se acerca y pide participar. Nadie responde. Los maestros que cuidan el patio observan el cuadro pero no intervienen. El Ramoncito da vuelta el tambor dentro de la mochila. La misma mochila que su padre le comprara en primer grado cuando todavía era empleado del ferrocarril. Tiene un logo en amarillo blanco y negro con la carita del ratón Mikey y dos palabras bajo el logo ”Tu magia” dice el ratón idiota. El Ramoncito siente el calor del metal y la transpiración de su cuerpo esmirriado por el hambre. El mal trato le calienta la panza al diablo. Los niños al fin preguntan qué tenés en la bolsa, el levanta los hombros y sonríe. Los niños deciden que juegue al arco. Cuando el recreo llega, el Ramoncito siente que nada ha pasado de malo con él, que la cercanía de su treinta y ocho cambia la opinión de la gente, porque presienten como si un tremendo animal pudiera surgir de su mochila. Como esa noche pesada de octubre mientras el padre acariciaba a la Andreita, él le silbó al león de la magia y el bicho surgió de la mochila con su tambor de cinco balas y ese rugido dos veces repetido hasta el desgarro en la pierna del padre. Después el llanto de la Andreita entre las sábanas sucias de sangre y esperma adobada con un vino áspero sediento de catástrofes.
El viejo todavía esta en el hospital y el cuento de la madre paso sin mayor esfuerzo entre los dientes de la “yuta” como dice el Ramón. La hermana sabe que el padre volverá y a la misma hora que suele violarla se acurruca en un rincón de la pieza a esperar lo que asume como un castigo. Ayer anduvo la trabajadora social por el barrio, la compañaba la señorita Inés. Ramoncito trepado al techo de zinc se asaba admirando su revólver. Miraba a la señorita Inés acercarse y a esa mujer con el bolsito de tejido y se acordó de los bolivianos y las quintas. Besaba el arma y recordaba la cara del hijo del boliviano con su mochilita nueva y las zapatillas rojas y la sonrisita antes del golpe y el fierro enterrado en el vientre y la amenaza. Después el llanto del “bolita” parecido al de la Andrea. Le llevó la mochila y las zapatillas pero no le siguió pegando, ese era un gesto.

La señorita Inés está en la esquina de su cuadra y él se tira cuerpo a tierra entre las chapas que braman. Les apunta con su revolver, “vieja culiada” dice y repite sonidos de películas donde la muerte es tan real. La madre duerme y la señorita Inés cubre la distancia entre la puerta y los alambres que hacen de tapia. “Señora López soy la maestra de Ramón”. Ramoncito sobre el techo hace las muecas como un mimo grotesco. La madre no se levanta y la maestra insiste. “Se ve que se la cogió medio Villa María. Estas putas no tiene perdón de dios dice la maestra” y la trabajadora social toma nota del domicilio. La Andreita las espía por el agujerito de la puerta de chapa y las ve partir. El Ramoncito las apunta saboreando la presa. Después baja del techo y patea al cuzquito atado al limonero. El cuzquito ladra nervioso enfurecido. El Ramoncito gasta una bala. “Feliz cumpleaños” le dice.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Con la soga al cuello

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