
|
|
![]() |
|
|
Muchas
veces pienso que escribir me rescató de la peor soledad, de esa
soledad que yo tenía pero en la cual yo no me tenía. A ver.
Rescató mi compañía, me rescató a mí
como compañía propia, como compañía de mí
mismo. Durante mucho tiempo viví en una soledad abrumadora, triste, patética, lastimera, esa de los primeros tiempos de divorciado que en mí duraron muchos años, porque las cosas se me complicaron un poco, y había muchos rencores, y no podía ver a mis hijos, y la falta de trabajo, la falta de dinero, la falta de un lugar decente donde dormir. Eso, todo eso junto. Y la solución que se me ocurrió fue peor que el problema mismo, fue alimentando el sentimiento de fracaso, poniéndole una rama a esa hoguera de lástimas sobre mí mismo hasta el punto de perder aún más de lo que había perdido. Porque nadie te quiere al lado cuando sos tan negativo, porque nadie te puede ayudar cuando vos no querés que te ayuden. Eso, como dije, duró mucho. Diez años, para ser exactos. Soportados básicamente con alcohol, y a veces con otras cosas. Hasta que se me ocurrió que quizás una hoguera o una pequeña llama hecha de otro material, de otra combustión… producto de otra combustión o producto de la combustión, para ser más exacto, de otros elementos o de otro elemento, podría dar un resultado distinto. Parece fácil, seguro lo es para una persona normal, pero yo básicamente me paso la vida repitiendo los mismos errores y esperando resultados diferentes. Tal es el tamaño natural de mi negación. Volviendo, un día, en que borracho le contaba una pena más a un viejo amigo, en el pabellón de Ingreso de la cárcel de Caseros, el viejo me dijo: – ¿Y porqué no lo escribís? Y no es que me puse a escribir enseguida. Pero la puñalada se fue infestando y, tiempo después, en circunstancias distintas pero parecidas, me compré la máquina de escribir. Recuerdo con cuánta ilusión la abrí. Recuerdo exactamente la manera y cómo puse esa hoja, esa primera hoja, de un block que había venido de regalo junto con ella, amarillenta, gruesa, áspera. Preciosa. La máquina era nueva, de esas de plástico y hojalata que se siguen haciendo en china. Y no me iba a durar mucho tiempo. A esa primera máquina no le andaba el número seis, por eso yo le saco ahora a mis máquinas de escribir el número seis. Aún a los teclados de PC que uso a veces para corregir mis textos. Creo que esa noche no escribí nada, de eso sí que no me acuerdo, pero podría decir que no escribí nada. Pero ese simple acto de poner la hoja y de saber que yo tenía en esa pieza de pensión una máquina de escribir con una hoja en blanco puesta, y que a partir de ese momento podía hacer lo que quisiera en esa hoja, podía ser quien quisiera, podía odiar mucho más a los que odiaba, podía amar mucho más a los que amaba, podía triunfar en el odio y en el amor. Podía escribir sobre la realidad y modificarla en todos los lugares que no me gusta, usar la imaginación de esa manera que me parece a mí más refinada que la de inventar monstruos y magos. Enfrentar el desafío mayor de recortar y reinventar esos espacios de tiempo que separaban dos momentos de la vida que deberían haber estado juntos. Inventar ese contexto, coser, bordar, unir, y hacer de esa realidad una nueva realidad. Y crear un personaje que se separe de mí y viva esa nueva realidad y que sea también mi compañía. Cuando pude animarme a hacerlo encendí la llama de otra hoguera. Fue un principio, muy primario, muy imperfecto, y eso también lo superé, y después me di cuenta que, más que el personaje, la historia era mi compañía. Y eso también lo superé, con el tiempo. Y más tiempo, y más tiempo. Y lo que me pasa ahora es que siento que el lenguaje escrito es mi compañía. Que escribir una palabra tras otra aventurándome en una nueva manera de concebir el lenguaje es lo que necesito para que crezca mi dignidad. Para que, poco a poco, vaya naciendo un verdadero Pablo, más real, más noble, más valioso. Necesito escribir como si nunca hubiera escrito cada libro o cada historia. Eso se puede ver en mis tres libros publicados y se va a ver en un cuarto, cuando corrija esta historia que acabo de terminar. Y espero se vea siempre. Creo que el día que no pueda encontrar una nueva manera de contar, un nuevo lenguaje que me haga compañía, que sea mi aventura y mi compañía al mismo tiempo, creo que ese día sin lugar a dudas voy a dejar de escribir para finalmente hacer eso que tanto me gusta y que me sale tan mal que es tocar la trompeta. Pablo Ramos nació en
1966 en la provincia de Buenos Aires. Es poeta, narrador y músico.
Publicó el libro de poemas Lo pasado pisado (1997), el de cuentos
Cuando lo peor haya pasado (2005) y las novelas El origen de la tristeza
(2004) y La ley de la ferocidad (2007). Recibió el Primer Premio
del Fondo Nacional de las Artes 2003 y el Primer Premio en la edición
2004 del prestigioso concurso Casa de las Américas, de Cuba.
|
|