El calor sofocante
había quedado atrás y la humedad de la selva, levemente fresca,
hacía más llevadera la “Expedición al centro del
cuentista escondido”. Si tenés suerte y encontrás
el sendero es fácil llegar a la cueva... Pero el matorral era
un ovillo de maleza y ningún camino se vislumbraba aún. Como
lo suponía, mi celular no tenía señal. Me hallaba sola
y desacostumbrada a semejante silencio. A un silencio apenas escalofriante.
De tanto en tanto, el grito exangüe de algún pájaro le
imprimía vida al imponente mutismo forestal. Caminé por horas
trazando senderos sin huellas sobre un territorio también sin huellas.
De repente un murmullo, un zumbido, o algo semejante comenzó a vibrar
a mi alrededor. Seguramente me bajó la presión Es una lipotimia
por el calor... Pero el murmullo gradualmente fue adquiriendo el tono
de voces, de apagadas voces primitivas, acaso voces por largo tiempo silenciadas.
El idioma era para mí desconocido. Tribal. Sin embargo, el tono transmitía
dolor. Y eso sí se comprende. En cualquier idioma. Tomé agua
y permanecí tendida por un buen rato. Pero el apremiante tictac de
mi reloj de pulsera me recordaba que debía encontrar el sendero antes
del anochecer.
Reanudé la marcha pensando en aquellas voces y consciente de que caminaba
sobre territorio Toba. Un territorio expropiado brutalmente con la impunidad
propia de las expropiaciones a quienes no tienen poder.
Pensé en los paralelismos de la realidad: buscaba una voz escondida,
la de un cuentista, en tierra de voces silenciadas. No era casual que allí
abundaran respuestas.
A lo lejos divisé, afortunadamente, el sendero que me llevaría
a la cueva. Anochecía en la selva.
CONTINUARÁ...
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|
![]() María Marta Marciano en la selva chaqueña.
“... el matorral era un ovillo de maleza y ningún camino se vislumbraba aún.” Viaje al centro del cuentista
más escondido (Capítulo II) |
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