“Todo lo que he perdido
volverá con las aves”.
Jorge Guillén


          Un libro de Edgar Poe, un pasaje de tren,
          un remolino, un llavero sin llaves, una manta araucana,
          un calendario, un jarro, un payaso de trapo,
          un mapa de Cautín, el retrato de un gato.
          Una maleta vieja, una peineta, una camisa negra,
          un programa del Hípico, un poema inconcluso,
          una ficha de teléfono, un disco de Zarah Leander,
          un puñado de cartas, la torre del Tarot,
          un alfil blanco, un revólver sin nuez,
          una manzana.

                                               Fragmento del poema Bienes, de Jorge Teillier


Al comenzar a escribir sobre Jorge Teillier, lo hago con humildad y respeto. Tratándose de un poeta que ha sido leído y estudiado por tantas personas, de seguro con más historia literaria que la mía, no podría ser de otro modo.
Como sea, lo concreto es que conocí las palabras de Teillier hace quince años, en mi época de universidad. Leerlo fue acercarme a un mundo no desconocido pero sí lejano, un mundo del pasado y, sobre todo, del recuerdo. Una estación de trenes bajo la lluvia, una mano despidiéndose, un beso escondido, un niño leyendo su primer libro o escribiendo su primer poema. Imágenes como esas siempre me conectan con la poesía de Jorge Teillier.
Un mes antes de su muerte, el 23 marzo de 1996, lo vi en persona por primera y última vez, cuando participó en una lectura de poesía en el Centro Cultural de España, en Santiago de Chile. La información que yo manejaba, era que hacía mucho tiempo que no leía en público, por lo que, asistir a dicho evento, se convirtió en un asunto de extrema importancia. Recuerdo que mi primera impresión al verlo, fue de fragilidad. Luego vino la emoción. El lugar estaba lleno, personas sentadas y paradas, adentro y afuera. No sólo Teillier leía ese día, pero yo sólo lo retengo a él, su voz entrecortada, cansada quizás, no sé.
Una vez terminadas las lecturas, el sitio seguía lleno y una fila de personas –incluyéndome- se formaba para saludar al poeta. Me había preparado y llevaba conmigo un ejemplar que me acompaña hasta el día de hoy: Los Dominios Perdidos, antología de sus libros, editada por el Fondo de Cultura Económica.



Lamás Médula pone a disposición de sus ciberlectores,
una verdadera perla documental realizada
en Valparaíso, Chile, durante 2005
por Dereojo Comunicaciones.
Cotidiano fue realizado por Patricio Muñoz G.,
con guión de Carola Carrizo y Patricio Muñoz,
producción de Pilar Polanco
y Carola Carrizo, cámara a cargo
de Claudio Vitoria y foto fija de Natalia Araya.
Y fue financiado por el Consejo Nacional
de la Cultura y las Artes, Fondo Nacional
de Fomento del Libro y la Lectura de Chile.
Afortunadamente, al video se puede acceder
a través de los sitios de internet denominados
de libre acceso o sitios públicos, como youtube.



Cotidiano, Primera Parte


Ese día finalmente saludé y obtuve una dedicatoria del poeta, acto inolvidable y generoso.
En estos años son varios los libros de Teillier que han pasado por mis ojos y manos, de él y sobre él. El último de ellos: Retratos de Jorge Teillier; fotografías y testimonios, de la escritora Patricia García Villarroel, obra financiada con el aporte del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, año 2005. En este libro participan familiares, escritores y amigos. Entre ellos, el poeta Lorenzo Peirano, a quien conocí hace más de diez años, en el taller de poesía de Mauricio Redolés. Peirano dice, al referirse a don Jorge: “…encontré un tipo puro, inteligente, un amigo, así, un privilegio…”; “… fue fundamental, te cambia la vida una persona como Teillier y también su hermano Iván…; una persona como Teillier, te reafirma muchas cosas y te hace ver otras, también. Aparte, que es muy bondadoso, un hombre tan culto y tan bondadoso como un muchacho de veinte años…; porque otros tipos te tiran la erudición por la cabeza, él no, bondadoso, haciéndote lista de libros…”.
En este libro, aparece también un artículo increíble sobre el abuelo de Jorge Teillier, publicado, según allí se señala, en el diario Las Noticias, de la ciudad de Victoria, en una sección titulada “Entrevistas a vuelo de pájaro”, cuyo encabezamiento reza así: “Don Jorge Teillier Panelier, tiene 77 años de edad y 50 de matrimonio ---- Mañana celebra tan magno acontecimiento. ---- En Victoria ha perdido ochenta mil pesos. ---- Los amigos son buenos para recibir, pero no para dar.---- Fui demasiado bueno, y ese es el motivo de los malos negocios, nos dice el señor Teillier”. De esta nota rescato las siguientes palabras: “Ser bueno, decía, es malo, nadie lo comprende, y si lo comprenden, tratan de creer lo contrario y en esa forma la vida es un eterno dilema, muy difícil de comprender. Yo di todo lo que tenía, los amigos siempre extendían la mano y yo, siempre se las llenaba… y así pasó el tiempo, hasta que tuve que vender todo lo que tenía… y hoy con mi pequeño almacén debo continuar mirando al mundo con su cara un poco torcida, al ver siempre a este “viejo” con su cara de alegre sin esperanzas de enojarse”. Me gustan sus palabras y la belleza que envuelven; de algún modo, la misma que después encontré en las de su nieto Jorge Teillier.
Termino con una cita imposible de no compartir, extraída del artículo “Espejismos y realidades de la poesía chilena actual”, incluido en el libro Prosas, editorial Sudamericana, donde Teillier dice: “Toda poesía es una forma de comunicación, de confraternidad, un acto de amor”.


Cotidiano, Segunda Parte
Documental ganador en el prestigioso
Festival Internacional de Cine de Viña del Mar

SOBRE SU VIDA Y OBRA
Jorge Teillier había nacido en Lautaro un 24 de junio de 1935, el mismo día en que se celebra en Chile el año nuevo mapuche, y el mismo día y año en que murió Carlos Gardel.
Contemporáneo de una generación de letra poderosa, como Enrique Lihn, Armando Uribe, Alberto Rubio, entre otros, Teillier se desenvolvió como profesor de historia y geografía, pero antes que todo como poeta, un poeta que, como él mismo lo señalara, gastó sus codos en todos los mesones.
Su poesía ha sido denominada “lárica” o “de los lares”, es decir, una poesía vinculada intrínsecamente con su lugar de origen. Y es que la escritura de Jorge Teillier resulta inseparable de su persona y de su historia de vida. El aire a sur, a trenes que pasan, a rieles de palo, a gatos ronroneando, a copas llenándose de vino, a canciones pasadas de moda. Todas esas cosas constituyen la atmósfera de Teillier y de su poesía, que no podía ser otra sino ésa, la que fue, la del rescate de la memoria, la de la nostalgia de un pasado que no volverá, pero también, o sobre todo, la nostalgia de un futuro al que todos estamos, en algún momento, destinados. Y por supuesto, de la vida y paisajes provincianos, siempre añorados.
Fuera del “mercado” y de lo desechable, Teillier se movió entre una coherencia profunda del no transar ni renegar de su mundo, y una honestidad y un compromiso con su trabajo poético.
Leer a Jorge Teillier es recorrer imágenes perfectas y naturales, un recorrer melancólico y frágilmente humano.
Recibió en su vida los siguientes premios: Gabriela Mistral, Municipal; Juegos Florales de la Revista Paula, Premio Eduardo Anguita.
Jorge Teillier murió el 22 de abril de 1996.

POEMAS

DESPEDIDA
                    ...el caso no ofrece
                    ningún adorno para la diadema de las Musas.
                    Ezra Pound

Me despido de mi mano
que pudo mostrar el rayo
o la quietud de las piedras
bajo las nieves de antaño.

Para que vuelvan a ser bosques y arenas
me despido del papel blanco y de la tinta azul
de donde surgían los ríos perezosos,
cerdos en las calles, molinos vacíos.

Me despido de los amigos
en quienes más he confiado:
los conejos y las polillas,
las nubes harapientas del verano,
mi sombra que solía hablarme en voz baja.

Me despido de las virtudes y de las gracias del planeta:
los fracasados, las cajas de música,
los murciélagos que al atardecer se deshojan
de los bosques de casas de madera.

Me despido de los amigos silenciosos
a los que sólo les importa saber
dónde se puede beber algo de vino
y para los cuales todos los días
no son sino un pretexto
para entonar canciones pasadas de moda.

Me despido de una muchacha
que sin preguntarme si la amaba o no la amaba
caminó conmigo y se acostó conmigo
cualquiera tarde de esas en que las calles se llenan
de humaredas de hojas quemándose en las acequias.

Me despido de una muchacha
cuyo rostro suelo ver en sueños
iluminado por la triste mirada
de trenes que parten bajo la lluvia.

Me despido de la memoria
y me despido de la nostalgia
–la sal y el agua
de mis días sin objeto—

y me despido de estos poemas:
palabras, palabras –un poco de aire
movido por los labios— palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar.


Cotidiano, Última Parte
Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional
CINESUL de Río de Janeiro, Brasil

EDAD DE ORO
Un día u otro
todos seremos felices.
Yo estaré libre
de mi sombra y mi nombre.
El que tuvo temor
escuchará junto a los suyos
los pasos de su madre,
el rostro de la amada será siempre joven
al reflejo de la luz antigua en la ventana,
y el padre hallará en la despensa la linterna
para buscar en el patio
la navaja extraviada.

No sabremos
si la caja de música
suena durante horas o un minuto;
tú hallarás –sin sorpresa—
el atlas sobre el cual soñaste con extraños países,
tendrás en tus manos
un pez venido del río de tu pueblo,
y Ella alzará sus párpados
y será de nuevo pura y grave
como las piedras lavadas por la lluvia.

Todos nos reuniremos
bajo la solemne y aburrida mirada
de personas que nunca han existido,
y nos saludaremos sonriendo apenas
pues todavía creeremos estar vivos.

CUANDO YO NO ERA POETA
Cuando yo no era poeta
por broma dije era poeta
aunque no había escrito un solo verso
pero admiraba el sombrero alón del poeta del pueblo.

Una mañana me encontré en la calle con mi vecina.
Me preguntó si yo era poeta.
Ella tenía catorce años.

La primera vez que hablé con ella
llevaba un ramo de ilusiones.
La segunda vez una anémona en el pelo.
La tercera vez un gladiolo entre los labios.
La cuarta vez no llevaba ninguna flor
y le pregunté el significado de eso a las flores de la plaza
que no supieron responderme
ni tampoco mi profesora de botánica.

Ella había traducido para mí poemas de Christian Morgenstern.
A mí no se me ocurrió darle nada a cambio.
La vida era para mí muy dura.
No quería desprenderme ni de una hoja de cuaderno.

Sus ojos disparaban balas de amor calibre 44.
Eso me daba insomnio.
Me encerré mucho tiempo en mi pieza.

Cuando salí la encontré en la plaza y no me saludó.
Yo volví a mi casa y escribí mi primer poema.

 




 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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