Último recurso es el nombre del primer
libro de Carla Slek (La Falda, Córdoba, 1971) publicado por Ediciones
Recovecos en este invierno de 2009 y presentado hace apenas unas semanas
en la ciudad de Córdoba. Doce poemas contundentes que hacen desear
secuela y que hacen pensar, no en una ópera prima, sino más
bien en una voz madura, asentada.
LO SINIESTRO
Hay algo inminente. En esas viñetas de la vida diaria hay algo
a punto de explotar. En esos caminos o campamentos, en su supuesta excepcionalidad.
En esa amenaza de estampido de las cosas y las personas, la autora se
detiene en una mirada, en un tic, en una frase: la detección
de la mecha.
La tensión entre lo familiar y lo extraño, entre lo ordinario
y lo extraordinario, ocupa el arco del libro. Así, una actividad
de la vida diaria (cruzar el centro de la ciudad, en el poema “duarte
quirós y vélez sársfield”, correr sobre la
cinta, en “último recurso”) de repente es desacomodada
por el encuentro con lo otro (un artista callejero, en el primer caso,
un paisaje, en el segundo). Sin embargo, nunca llega a fracturar la
existencia de la rutina. Gestos que sueñan con romper, pero quedan
suspendidos.
También en los escenarios aparentemente no ordinarios (las situaciones
del viaje de vacaciones en “maldito HPV te maldigo” o en
“lejos”) la aparición de algún elemento, foráneo,
invasivo, produce un trastocamiento de lo familiar. Digo aparentemente,
pensando en que esta condición de extraordinario podríamos
pensarla más bien como simplemente otra forma de lo habitual:
las vacaciones, en este ejemplo, no son otra cosa más que una
parte pautada del calendario anual, tan rutinario como la semana laborable,
es decir, no justamente algo fuera de lo esperable, un destino sin sorpresa.
Sigmund Freud, en uno de sus escritos sobre arte, introduce la noción
de lo siniestro, definiéndola como aquello espantoso que afecta
a las cosas familiares y conocidas desde tiempo atrás. Es decir,
como lo familiar que quedó reprimido y retorna convirtiéndose
en algo extraño, en algo, precisamente, siniestro.
De una forma inquietante, este pasaje queda plasmado en el poema “mudanza”:
por las noches y en las madrugadas / cruza el jardín / una
pareja de zorros / se alimentan de los frutos de un árbol / desparramados
sobre el asfalto / levantan las cabezas observan el paisaje / cada vez
más extraño / y vuelven al monte.
Eso extraño inquietante sobre lo cual reflexionaba Freud y sobre
lo que nos habla el yo poético, en esa rutina del gimnasio del
último poema, o en los detalles obsesivos de Chichí en
el segundo poema del conjunto, o en el fantasma, en lo fantasmático
del personaje de “supernova”, Edelweis.
Desde ese golpe que lía lo escondido ahora develado, esa dialéctica
entre lo familiar y lo extraño, se abre otro eje de lectura del
libro: la violencia.
VIOLENCIA Y DESEO
En el poema “otra parte”, la descripción de una escena
afectiva, instantánea de un estado paradisíaco del yo,
culmina en estos versos:
minutos antes / escucho tu voz / ponete que te saco una foto / así
se termina el rollo.
La voz del yo se ve quebrada por el ingreso del discurso de otro (¿padre?
¿madre? ¿novio? ¿hermano?), una voz familiar y
violenta. Lo que podría ser un pedido amoroso, un gesto de afecto
en el seno de esa escena armónica, deviene en un llamamiento
al orden, una ubicación útil, utilitaria. La voz que ingresa
al universo del poema, y lo clausura, se escribe con brutalidad, una
situación que se repite, no sólo en el plano discursivo,
sino también en el fáctico, tal como sucede en “lejos”.
De pronto, un viaje por rutas patagónicas deviene en una escena
de caza, donde la violencia es en extremo física, corporal. Y
también sensual, por supuesto. En el texto se monta una escena
paralela entre el desollado de la liebre y el sexo, cruzado por la sangre,
el frío y la oscuridad de la tierra austral, la excitación
de la cacería fortuita:
el fondo oscuro animal del mundo / no te da miedo / descalza te
bajás / se pierden en la boca de la noche / tu camisa corderoy
/ el jean gastado / las medias blancas / y bárbaro el viento
comienza a manosear / tu pelo lacio
Para luego concluir el poema:
no sé si te acordás / pero esa noche / en el hueco
negro que se abre / entre tus piernas y tu regreso triunfal // yo como
amazona / empecé a buscar tu carne.
En el poema “duarte quirós y vélez sársfield”
el cruce entre erotismo y violencia también se da en el marco
de un camino y un auto, aunque el telón es la ciudad y no el
campo abierto. La seducción se juega en una escena mínima
entre el yo poético y un artista callejero, y en ese mínimo
está la llave, nuevamente el orden, la ley que se cierne sobre
el deseo:
él insiste con su gesto / para que baje la ventanilla / y
lo escuche decir / nada más quiero saber cómo te llamás
/ carla ¿y vos? / joel / hermoso nombre / para quedarme en la
noche / en duarte quirós y vélez sársfield / encontrar
un lugar donde estacionar / a pesar de la luz verde del semáforo
/ y la bocina de una 4x4 golpeando / el paragolpes trasero de mi renault
12.
Hay un espacio que aparece como inviolable: el del cruce, no convertir
lo extraño en familiar, no detenerse en los lugares de circulación,
no mezclar. Ahí reside la violencia del mandato. Pero también
las imposiciones del yo, como puede pensarse desde el poema “último
recurso”, en esa loca carrera fija contra el deseo, contra el
afecto, contra el cuerpo.
EL CUERPO
De violencia también hablan las incursiones sobre el cuerpo,
que examina el libro. La carne del goce que aparece en “en otra
parte” o el sanguíneo y gozoso de “lejos”,
resbala hacia otras zonas de conflicto. En “tatuaje”, por
ejemplo, el cuerpo es el vehículo de una cruel memoria. Un área
de inscripción nombrada en términos negativos: allí
se pone “presa” la tinta, se “contamina” el
epitelio, se crea “una mecánica para el olvido”.
Es entonces cuerpo des-afectado, cuerpo cartesiano, cuerpo máquina,
carne a ser intervenida, en acto y también en el discurso: la
retórica científica, médica. Así, en “maldito
HPV te maldigo”, la jerigonza dura y fría:
los resultados de una biopsia me informan / que en algún
costado de mi anatomía / tengo un mosaico / que desborda / de
virus del papiloma humano / integro una estadística de mujeres
/ sexualmente activas / que lo transportan / en la góndola de
su profundo supermarket
El cuerpo es donde confluyen el amor y la infección, el acoplamiento
entre lo sublime y lo infecto:
ya sé que nos cuidamos / que nada tuvo que ver el amor con
tu llegada / (…) / el ardor agudo / el fuego artificial invisible
del láser / el olor a carne quemada / van a borrar en un rato
un virus / que de vos a mí a pesar de los profilácticos
El cuerpo se presenta como un mapa: es cuerpo de tiempo, de dolencia
y de huellas. Todo lo que, precisamente, quiere saltarse la protagonista
del poema “último recurso”, corriendo en la cinta
contra el tiempo, en la memoria para despojarse del afecto, en la búsqueda
de ese lugar frío donde llevar el ser y quedar, de una vez, a
salvo de todo. Y sin huellas.
MÁQUINAS, ANIMALES
Nuevamente la tensión: el cuerpo es concurrencia de dos universos:
el animal y el mecánico. Así, a lo largo del libro, se
cruzan, desnudando una profunda dualidad, una escisión central
de lo humano. El cuerpo es un animal entre, con, contra las máquinas
(los automóviles en “la novedad” o “duarte
quirós y vélez sársfield”, los aparatos de
gimnasia en el poema “último recurso”, el instrumental
quirúrgico en “tatuaje” o “maldito HPV te maldigo”).
Carne intervenida por la técnica, soportada por prótesis,
cuerpo-máquina. Intento de superación, de progresión,
de escape que devuelve siempre al límite de la materia: “andariveles”:
Chichí confinada por el cronómetro.
Pero por otro lado, entonces, está el cuerpo recuperado en la
animalidad: ratas, zorros, conejos. Las bestias aparecen vinculadas
a los poemas más sensuales del volumen, “maldito HPV te
maldigo” y “lejos”, no como una alegoría, no
como fábula, sino como expresión de la carnalidad, del
cuerpo pasional, salvaje, libre, latente.
Hay una máquina que aparece en más de la mitad de los
poemas, una figura persistente a lo largo del libro. Lo interesante
de esto, más que su aparición o su repetición,
es la situación, la forma en que se da: es una mujer la que controla,
se apodera, del símbolo más fálico de la modernidad:
el automóvil. Poder o erotismo son otros de los nombres asociados
a ese artefacto que circula por los textos de último recurso,
como vehículo de un relato más macro. Como en Crash, la
novela de J. G. Ballard, también hay una pulsión tanática,
un deseo de destrucción en esa elección, una elección
sobre la angustia, sobre la simbólica contemporánea de
la soledad, el narcisismo, la velocidad, la circulación, la fuerza,
el erotismo. Y decía tanático: la pulsión de muerte,
el deseo de chocar, estallar, el deseo de desmembrar, de trozar el cuerpo:
volver extraña esta carne familiar.
ECONOMÍA, UTILIDAD Y RECURSOS
De la misma forma, hay una erótica forjando el discurrir de los
personajes en último recurso, pues ciertamente hay un sentido
de la economía como guía de acción, ya como límite,
ya como coerción. Limitante: en ese intercambio torcido por la
sensualidad que se da en “la novedad” o en “duarte
quirós y vélez sársfield”, donde se piensa
en un trueque de habilidades por monedas o cigarros. Coercitivo: en
el reclamo de Elsa a Chichí por no cumplir con su trabajo en
“andariveles”, o en la mutual que no cubre los gastos del
tratamiento en “maldito HPV te maldigo”.
Hay un fuerte sentido de la utilidad en los personajes: ahí está
el protagonista de “lejos” satisfecho de saber que la liebre
cazada será su próximo almuerzo, o el imperativo en “en
otra parte” que obliga a la colaboración para acabar el
rollo de película.
Una conciencia de los recursos, tal vez, o de la tensión frente
al abismo del deseo, corrido de las trampas de la oferta y la demanda.
¿Cuál es ese último recurso? ¿Un volantazo
a tiempo o una detención deseante en medio de la ciudad; posar
para el deseo del otro o vaciar el cuadro de honor; limpiar las huellas
del amor mediante un láser o por un dispositivo para borrar recuerdos;
nadar en whisky o entregarse al destino bajo la nieve?
Todos estos, ninguno de estos. Formas de abismar la urgencia, lo insoportable,
el salto sobre el peso de los días.
POEMAS DE ÚLTIMO RECURSO
DE CARLA SLEK
(EDICIONES RECOVECOS, CÓRDOBA, 2009)
duarte quirós y vélez sarsfield
a esta hora de la noche
entre la luz roja y la verde del semáforo
hay treinta y cinco segundos
suficientes
para que los artistas del borde inestable de la ciudad
monten una escena y ofrezcan sus talentos
quieren ser los dueños del tiempo
muerto
de fugaces conductores
venden un número de circo callejero
como una pauta publicitaria
que arman y desarman
con los giros de las pelotitas en el aire
los veo todas las noches
busco unas monedas
hoy saco un cigarrillo
y me detengo a observar
el modo en que uno de ellos
mueve su cuerpo
mientras avanza hacia mi auto
acerca su cara a la ventanilla
no tengo nada para dar
éste es el último cigarrillo
y lo fumo como un sustituto insuficiente
pero válido
frente a la imposibilidad de hacer algunas cosas
él insiste con su gesto
para que baje la ventanilla
y lo escuche decir
nada más quiero saber cómo te llamás
carla ¿y vos?
joel
hermoso nombre
para quedarme en la noche
en duarte quirós y vélez sársfield
encontrar un lugar donde estacionar
a pesar de la luz verde del semáforo
y la bocina de una 4x4 golpeando
el paragolpes trasero de mi renault 12.
maldito HPV te maldigo
¿te acordás del hanta virus
esa microscópica posibilidad de muerte
que germinó en un pastizal
para que los periodistas la exhibieran
como un monstruo televisivo?
fue en noviembre del noventa y seis
y ahora que lo pienso
vos tenías dieciocho años
¿te acordás del borde limitante
sobre el río negro?
ese año yo hacía planes
para que el brazo largo de la cruz del sur
como una flecha
apuntara en vertical sobre mí
desde las capitales
los cables de las agencias disparaban
en el bolsón
un ratón de campo
te agarra de las piernas
tritura tus pulmones
mientras se fuma una chala
viajé igual a contagiarme
de fluorescencia helada
a la angostura de los grados bajo cero
en el centro de un lago
a la participación diaria
de la fiesta del amor salvaje en una carpa
hacía realidad mis planes
compraba mermeladas de rosa mosqueta
conversaba con la gente en un pueblo fantasma
el virus viajaba en una rata
yo en un duna gris prestado
y sólo me acercaba al miedo
las noches de lluvia y viento
a orillas del huechulafquen
sobre el final de enero regresé
sin fiebre sin afecciones sin contagios
doce años después de aquel viaje
los resultado de una biopsia me informan
que en algún costado de mi anatomía
tengo un mosaico
que desborda
de virus del papiloma humano
integro una estadística de mujeres
sexualmente activas
que lo transportan
en la góndola de su profundo supermarket
ya sé que nos cuidamos
que nada tuvo que ver el amor con tu llegada
asumo el costo
un tratamiento
que la mutual no contempla
esto es lo simple
el ardor agudo
el fuego artificial invisible del láser
el olor a carne quemada
van a borrar en un rato un virus
que de vos a mí a pesar de los profilácticos
lo complicado lo imposible
es que ni el ardor
ni mi desnudez
ni el miedo envuelto en una bata
van a lograr llevarte hasta el olvido
y en la espera me acuerdo
del inofensivo chic chic chic chic
rastrero de las ratas.
andariveles
chichí es la campeona de los cien metros libres
vive con su marido
en un departamento minúsculo
a una cuadra de la escuela
donde da clases de matemáticas y ciencias naturales
tiene un temblor constante en las manos
que hace que la tiza se le quiebre
apenas la apoya en la pizarra
úlcera de duodeno insomnio
y sobre el aparador del comedor
una colección de elefantes turquesa
ordenados en sucesivas paralelas
chichí recorre a oscuras
el andarivel central de una pileta
que diariamente llena con whisky barato
comprado en los americanos
en un movimiento de atleta
se alista en su marca
penetra la superficie
patea asoma los brazos inhala
después se olvida de todo
pero mientras tanto parte hacia su mejor marca
cincuenta y seis segundos cincuenta milésimas
que la separan de la voz de elsa intimándola
porque no llegó a completar
el informe de seguimiento de los alumnos de sexto
sobre doce centímetros de taco
chichí se para al frente
los días hábiles de la semana
y en el medio de las clases
cuando cree que nadie la observa
ajusta levemente los breteles del corpiño
que trasluce como las venas en sus manos.
último recurso
tres veces a la semana subo a una máquina
y pongo a correr el cuerpo siete kilómetros
en parte consigo mi propósito
lo canso
como a esos caballos
a los que sacan a galopar
a la carrera para que amansen
no llego a ninguna parte
me concentro
en responder a la velocidad de la cinta
que exige a los músculos el mayor esfuerzo
frente a mí
un enorme ojo de buey
deja ver
cuando encienden las luces
una pista de patinaje sobre hielo
dispuesta a un costado de la planta baja
podría ser una lago congelado
como el de la película en que jim carrey le da vida
a un pobre tipo que acepta
un feroz tratamiento
con tal de barrer de su mente los recuerdos
puedo imaginarlo
decidir cambiar la estrategia
abandonar la ejercitación aeróbica
recostarme en el centro del lago
y en la quietud de un invierno artificial
cerrar los ojos.
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