Paula Carman
nació en septiembre de 1967, en Santiago del Estero.
Se crió en Capital Federal, en la República
de Belgrano,
donde actualmente vive y trabaja en una ferretería familiar.
Divine
CUANDO ALGO SE LES SALE DEL PLAN, LOS DIOSES ZAFAN CON CASUALIDADES.
Las brujas constantemente me sugieren una vida de dedicada y elaborada
decadencia, pero todo lo que ellas dicen es siempre aplastado por
una voz secreta que sale de mis huesos. La sabiduría que comienza
cuando los dioses se distraen entre las dos identidades del silencio,
para copular frente a mis inflamaciones mentales. Me siento más
sabia y cínica que el infierno, y mientras mi cuerpo me habla
y se mueve, yo me escondo en mi sombra, que pesa como cinco mil almohadas.
Pienso al mundo como un solo relato en el que soy dueña de
todo lo que pasa. Para bien o para mal. Y siento que si no lo escribo
en ese minuto, en ese exacto momento, corro el riesgo de convertirlo
en un sueño y que ese sueño se desdibuje instantáneamente
en el olvido. Los textos y yo nos escribimos mutuamente. Ellos me
defienden de las vagas salpicaduras de algunas verdades, de la frustración
anticipada, de la timidez del espíritu cuando piensa que nada
de lo que siente es cierto y que el afecto es un simulacro, una metáfora
ordinaria de algo similar a un alfajor de maicena o a una vacilación.
Hay que dejar de escapar del perseguidor que nos nubla, y entender
que aunque no corramos, igual vamos a mantener la distancia.
Hay que dejar de ver la realidad así, con cada objeto redefinido
por otro que lo abarca y lo confina en límites artificiales.
Hay que dejar y dejar de dejar.
Estamos todos invitados a exudar destellos sin sentir que los brazos
son como alambres de humo que no llegan a integrarse a la fonética
del cuerpo. Algunos sujetos renegamos de estos dones porque aceptarlos
sería condenarlos a morir.
La misión del adjetivo siempre fue demorar al predicado.
Ayer me desperté pensando en un Buenos Aires probablemente
vacío y al rato empezó la nieve a desplazar todo de
su lugar lógico. El silencio se defendía de su imagen
esquizoide clavándose en los parabrisas. Flotaba hasta caer
como remache de luna, como confesión de aguapalabra. Toda la
masa del universo se travistió para hacernos el favor de una
mentira. Ayer los dioses exprimieron sus forros y pintaron con semen
varias galaxias de blanco.
Satellite Of Love
COMO SENTARSE FRENTE A LA VERDAD Y TENER QUE MIRARLA A LOS OJOS HASTA
HACERLA CALLAR POR ABANDONO. NUESTRO.
Cada tarde Valdez se apiada de la luna y recorre Buenos Aires recogiendo
para ella luces viejas y pinceles.
Nada hay más rotundo que lo que hace falta, ni condena mayor
que reflejar para siempre todo aquello que es ajeno.
El irrefutable dios de cada historia maneja un barrilete pretendiendo
ignorar a los espejos que lo muestran con descaro y de cuerpo entero.
A Valdez no le gusta que lo desprecien sin razón y por eso
su piel miente el misterio. Su boca escupe las poesías que
de a ratos hacen sombra sobre ciertos vientres.
Yo creo que si Valdez quisiera dar un paso más allá,
él lo daría, pero encomendándose al error como
para asegurar el hecho de que va a morirse como un perro.
Una mujer lo espera desnuda y lista, y Valdez le pide al Universo
que le tape con lluvias el amor y la vergüenza.
Comienza a llover y a Valdez una sombra acribillada le dibuja un rombo
gris en el medio de la espalda.
La mujer cierra su cuerpo.
Valdez se aleja, se inclina, y recoge del suelo cuatro lamparitas
usadas.
La rota le hurga el dedo índice y él las deja caer.
Hay una única que tiene la cortesía de no explotar y
es la que por error golpea sobre su pie y con sinuosa gracia rueda
hasta depositarse en el suelo.
Las otras dos revientan como dos hijas de puta.
Dios detiene su juego, y a medida que el barrilete se le enreda por
los cables, él se va acercando a Valdez.
No se explica el argumento de la lámpara bendita, y de una
memorable pisada la reincorpora al destino.
Los espejos multiplican hasta el último detalle.
Valdez junta saliva. Sólo piensa en la muerte del perro y en
su propia sangre, que ya comienza a pedirle explicaciones.
La luna se boceta con envidia hijos negros en la espalda.
Dios quita los cristales incrustados en su bota, el barrilete es declarado
donante y las lamparitas, arena.
La mujer acuna su cuerpo todo repleto de hijos, y el Universo, más
lleno de intenciones que de eficacia, se sienta sobre Valdez, y rascándose
la cabeza, relee la trama y se pregunta idiotamente, qué puede
tener de malo morirse como un perro.
La incierta voluntad del signo
LO MEJOR SIEMPRE ESTÁ LEJOS. MALDITA PROPENSIÓN
(LA DE LO HERMOSO) DE CRECER SIEMPRE TAN LEJOS.
¿QUE POR QUÉ NO VOY A BUSCARLO? PORQUE ES INÚTIL.
LO BELLO CORRE CON TANTA RAPIDEZ QUE SERÍA COMO INTENTAR REMONTAR
EL MÁS DELICADO DE LOS BARRILETES EN EL RINCÓN MÁS
APRETADO DEL VACÍO.
Pasamos por nosotros por entre nosotros. Llevábamos ladrillos
rotos en las manos. Apoyados en dos árboles tomábamos
todo tal cual se nos daba (importa poco asegurar los peldaños
cuando uno necesita quedarse en lo llano).
Hubo palabras cabalgando animales. Se creyeron tan nuestras que nos
hicieron fiesta todas las tardes. Por las noches, algunas se levantaban
para devorarnos. Nuestros despojos amanecían con hambre de
palabras que siguieran con la fiesta como primer borrador de nuestra
risa.
Como si fuese indiscutible que en cada color vive un sonido y en cada
forma una historia, la ciudad camina ahora por detrás nuestro,
simulando un paisaje reciclable.
Cada tanto siento que todavía puedo dejar sin bodas a todas
las cosas impares que me alman. Como a la desgracia de vivir tan al
norte del alivio o a esta cara que busca una respuesta cierta en un
pantalón sin bolsillos.
La clave está en el tiempo que pude enhebrar viendo cómo
el mar se tragaba las botellas.
Yo que siempre supe saltear las canciones que menos me gustan, me
veo reptar por entre los pastos sin saber que lo que busco quizás
sean los pasos que voy dejando atrás.
Tus dedos se enrulan alrededor de mis muñecas, y mi pelo, como
una madreselva, te acerca a esa hora que hasta hace poco me pertenecía.
La morfina me sonríe y yo floto mientras se diluye y se desparrama
por debajo de mi ropa.
Solitaria y discreta, por el subsuelo de las cosas.
Alas, poor Yorick!
QUIZÁS MI VIDA NO SEA NADA MÁS QUE LA NOVELA
EN LA QUE ME INVENTO.
# Le beso la boca, ahí está el cadáver. Quiero
atravesarlo.
Lo beso y la lengua pasa. Mi boca, su único vínculo
con el mundo.
Ahí está el cadáver y lo beso.
Otro corazón traspasado por mi lengua.
# “¿Qué haré con la vida que en mí
vive y se revuelca en verdades mal documentadas?
Soy culpable de haberme engañado con realidades que heredé
de mí misma.
Modelé el pensamiento a partir del magma estructural que me
formaba.”
# Relieves abreviados por la rutina, “esos miles de detalles
que conforman la vida”. Asumir el tedio como único castigo
por ya haberlo encontrado todo. Desenfermar a la memoria química
del cerebro que jura, bajo la pesada sombra de la certeza, que no
existe algo mejor, que no habrá nada superior, ningún
nuevo evento lleno de vértigo que esperar.
# “Con gran orgullo me permito la degradación de tanta
virtud.
Soy muy por debajo de lo que puedo como escudo feroz ante el desencanto.”
# Besamos las bocas que oxigenan. No hay más respiración
que la de ese aire dulce que hace cima y se ofrece en nuestro adentro,
en los espacios comunes, diáfanos, que no esperan nada, pues
nada les falta.
# “No he de buscar vivir por fuera de esta servidumbre, no he
de alcanzar goce alguno, todo será ignorado, abdicado hasta
que ya no quede nada por perder y por fin alcance la calma, la promesa
muerta, la paz furibunda de no desear nada”
# La boca como una mezcladora de hormigón queriendo cimentar
el espacio que divide, que separa el diálogo. Intentar materia
en el vacío, en lo tenue, un pretexto que sustente alguna idea
de unidad sobre la herida abierta. Conseguir una base tan sólida
que cueste distanciarse si no es ejercitando un prudente ensayo sobre
el espanto.
Con cuidado. Sin apuro.
Hay tiempo.
Me quieren agitar
YO DEBERÍA HACER ALGO DIFERENTE, PERO, PARA VARIAR
(Y PARA GRAN PENA DE LOS COMIENZOS) TODAVÍA NO CUENTO NI CON
MI PROPIA APROBACIÓN. SOY LO QUE ME LIMITA Y ME CONTIENE COMO
UN ASTERISCO ANTE LA ENORMIDAD. ALGÚN DÍA HE VOLVER
AL TEMA.
Lo que no deseo no existe, entonces, dónde, para qué
ser, por qué no abandonarme y flotar sobre aguas prestadas
completamente vacía de fiesta, y pensar en que tal vez sólo
sea cuestión de aceptar mis garabatos y el desorden. Para qué
hacer estos efervescentes esfuerzos por salvarlo todo, si siempre
quedan los mismos? Si sólo resisten los versos que tienen suerte
con el eco. Ellos no derrochan a las paredes, ellos viven atentos
a procurarse un alma, el arte de hacer, de nacer, en lugar de morder
los dientes para que traben mi lengua.
De tanto apretar los ojos para que no entren las noches mal iluminadas,
parezco frívola.
Mañana será otro día de reclusión. Habrá
en la libertad de mañana algún refugio alternativo,
menos grotesco o con bordes más acolchonados?
De a ratos me canso de darme calor en las manos. Lo que debiera calmarme
me vuelve denuncia. Quién me llenó con la idea del deber
de contraprestar el calor? La luna ya nos fue dada, repartida cada
porción, una obra de equidad que se vuelve cada día
más injusta. Mi porción de luna discurre atraída
como hoja seca por el suelo que otoña a toda esta mitad de
planeta. Como la náusea de saber que nada nos exime de no llegar,
de no alcanzar a ser absolutamente nada.
Es una pena tener la barba y la piel tan endurecidas, dirán
las viejas cuando las ficciones ya no alcancen para llenar el silencio.
Uno se enfría con el tiempo y entonces todo se fortalece y
yo pienso que ya llevo mucho tiempo cansándome de endurecerme
de frío. Por eso ahora cuando hace frío yo ya no estoy
ahí sino en otra parte artificialmente más blanda y
más tibia y más segura, donde el aire no vuela techos
ni tiembla ventanas, donde hasta el viento es tan poco viento que
no puede levantar ni las hojas del suelo.
A los ocho años, una aguja me punzó el pensamiento durante
el instante en el que brilló aquel flash. La foto no muestra
el daño, pero yo lo noto cada vez que la veo. Yo no sé
qué pasó, pero todavía siento cómo, por
ese agujero, aún hoy tratan de nacer cosas que no van a tener
muchas oportunidades allá afuera.
Sobrevivir es hostil, ya lo sabemos. Mucho más hostil que la
amenaza perpetua a la que nos invita la fe.
A veces me parece que cada uno de esos nacimientos inaugura un vacío
que clona al anterior. No puedo decir que exactamente igual, pero
tampoco es que yo les vea alguna diferencia.
En esos vacíos todo lo verde cierra la boca y ya no canta esperando
a que se diluya esa falsa separación que nos comprime. Todos
quieren asegurarse y se recorren el decorado para ver si encuentran
la falla y la reparan antes de que no quede otra cosa que una bolsa
de café caliente entre las sábanas o nadar en café
tibio o alguna otra cosa con café y calor que nos bendiga un
poco y nos despierte algo, porque ya ni queremos matarnos de tanto
cansancio.
Entonces todos pintan o bailan o se desesperan, como si los colores
o el movimiento pudieran variar lo poco que representan, y la desesperación
hacer algo por las semillas que no crecen antes de que aparezcan los
pájaros.
Habría que romper las paredes de la cárcel agujero y
escapar gritando y corriendo con los brazos como aspas o como lenguas,
o no sé, como cualquier otra cosa que corte lo suficiente.
Cuando consiga el ácido, o el sarcasmo necesario, ya no me
va a hacer falta seguir entablillando tendones para que sonrían
de memoria ante cada gesto extranjero o ante cada imposibilidad de
dar una respuesta.
La mayoría de las personas se enamora del episodio anterior
durante el episodio siguiente (las cárceles más pequeñas
son las que encierran más gente). Una minoría esperanzada,
en cambio, vive siempre enamorada de lo que está por pasar.
Y después estamos nosotros, los que desayunamos sano mientras
paladeamos el agridulce modo en que nos vamos desafectando, extinguiéndonos
como neones que se ciegan desde la entraña misma, rodeados
de todo este espacio somnoliento cansado de huesos.
Si pudiera apagar de manera natural el pensamiento y que ya no me
nazcan criaturas a morir enseguida para darme duelo y sin sabor a
frutos rojos ni a vainilla, yo lo haría. Pero creo que para
eso todavía algo me falta, y ese algo, de seguro que es de
lento transcurrir. Lo natural siempre se toma su tiempo, en miniatura,
para que nos duela en cuenta gotas, para que marquemos las paredes
en rayitas de a semana, “para que aprendas”. Lo natural
tiene tanto de sabio como de perverso.
Uno se encariña, pero la desgracia es vulgar.
Tragedia y miseria ocurren todo el tiempo.
Cuerpos incompletos
ALGUIEN SOÑÓ ALGUNA VEZ CON LA SRA. KEUNER.
EN EL SUEÑO SE LA VEÍA MUY RAZONABLE Y SENSATA.
YA LLEGARÁ OTRA HISTORIA, OTRO PASO DEL QUE YO PUEDA VOLVER
A ESCAPARME.
Como no puede hacerse transparente, la Sra. Keuner se maquilla. Está
nublado pero a ella le da igual. Caminar bajo el sol o por debajo
de las nubes sólo modifica el lugar donde se posa la sombra.
-Hace unos años que las nubes se nos parecen, querida, y no
es serio crecer sin ser vistas.
Se maquilla para que las vean los del vagón comedor. El vagón
comedor tiene la arquitectura justa para el caos. En el vagón
comedor, la felicidad pasa por ver cómo los camareros reparten
el té y las naranjas. -Para ser aire, mi querida, lo primero que deberíamos hacer
es dejar de ser pájaros.
El paisaje desde los subtes es muy simple. Pared, estación,
pared, estación, pared.
(realmente no me explico por qué me obstino en torcer los desarrollos
suaves, pero increíblemente de su cartera nace un revólver
de colores demasiado Warhol para una señora como ella.
No me lo explico, pero así son las cosas)
Su caos les apunta directo al centro del centro y las primeras sonrisas
se desparraman por el cuero como almejas en un balde con agua.
(hay, puedo verlo, en general, una incapacidad mediana hacia la tolerancia,
en la mayoría de mis personajes)
En el ambiente se percibe tanto miedo que el azúcar se disuelve
sola en las tazas mientras ella dispara. El inspector observa la escena
desde cierta distancia. Su saliva endulzada comenzará a llenarse
de gritos en la próxima estación.
En unas horas todo el mundo hablará del incidente y en el noticiero
pasarán imágenes de archivo con gente automática
que espera para subir a los vagones o de una escalera mecánica
por la que bajan cientos de personas como un río de cemento
hacia un dique vacío.
La Sra. Keuner no abre los ojos porque no quiere enterarse de que
acaba de aniquilar al setenta por ciento de sus compañeros
de vagón. La pequeña esconde la cara entre los pliegues
de su vestido de princesa. -Maldición, querida! Así nunca serás una
niña verdadera.
Tiene un muñón de plástico ahí donde hace
tiempo hubo una pierna y todavía le duele.
Mientras se arrastra arañando los interminables pasillos del
tren, la imagino caminando por el túnel sin equilibrio. Ya
no siente sabores en la boca ni diferencia entre volar o precipitarse
al abismo de su relieve roto. Mira hacia la cámara (no he podido
traducir su gesto) y se aleja despacio hasta que las luces de las
linternas ya no la alcanzan.
¿Debería indultarla y concederle el fantástico
privilegio de desaparecer, o debería continuar esta catarsis
de parto, de vientre, de tripa que percute tristemente mi médula?
Con esta narración dilapido su esencia febril, efervescente,
carente de todo significado. La humillo, la delato en su dolor.
¿Debería yo volver a mi posición de ser otra
estación a la espera de un nuevo entretenimiento pasajero,
menos delirante, que genere en mí otros entusiasmos algo más
razonables para mi desprolija jerarquía de ficciones? ¿Cómo
y de quién ser libre?
Los cuentos tienen una forma, pero dan una sombra que no se les parece.
¿Da lo mismo que se los diga o es mejor dejarlos a ustedes
adivinar qué cosas hay detrás de cada puerta consumiendo
espacio, obligándolos así a asumir el riesgo que imaginar
implica?
En el suelo dejé una muñeca semimuerta que espera a
un valiente que soporte los cuentos incompletos.
El viaje
“EL INVIERNO NOS CARCOME A LAS PERSONAS”
Abrazado, vos dormías y yo planeaba y decidía el clima.
La casa, con aliento a incienso, viajaba sentada en el asiento de
atrás. A su lado, un cura nos hablaba sin parar sobre sus molestas
erecciones y de todos los pueblos mediocres que conoció y de
su fuerte convicción de que estos pueblos no merecían
formar parte de un paisaje tan perfecto.
Tener a este trastornado en el auto estando tan cerca de la frontera
me obligaba a acelerar. Cada seis o siete minutos, yo le pedía
que entrara a la casa y preparara un poco de café o mate o
cualquier otra cosa que lo mantuviera entretenido, pero sobre todo,
callado. El cura ya no estaba en edad de aprender límites y
yo tampoco tenía muchas más ganas de ponerme a educar
a nadie. Además para ese viaje yo me había propuesto
ser más comprensiva con las realidades ajenas.
En el televisor pasaban videos de unos animales que acaban de descubrir
en Zambia. Parecían radiadores de aceite forrados con piel
de cebra. Alucinantes. El cura decía que seguro que eran el
resultado de algún experimento yanqui, y yo lo dejaba decir.
Tuve que dejar de mirar porque si no nos íbamos a hacer mierda
todos.
Lo único cierto es que esos bichos existen, y que el cura se
iba a bajar ni bien llegáramos a la frontera.
Te desperté para que cambiaras de canal y para que dejaras
subir a otra persona. Un músico con dos baúles llenos
de instrumentos que, lógicamente, tuvimos que meter adentro
de la casa porque en el auto ya no cabía un alfiler.
Mientras subía, yo busqué en la guantera la máquina
de fotos y le saqué una al cura, que miraba quién sabe
qué cosa a través de la ventanilla.
Decí que la casa me tapaba el espejito, que si no, me hubiera
mandado una marcha atrás de 5 o 6 kilómetros sólo
por el gusto de verles esta vez yo a ustedes la nuca aterrada, así
que puse primera, y por enésima vez recomenzamos el acercamiento
a la frontera.
A pesar de que era hora pico, no se veía otro auto en la ruta
y pude acelerar tranquila, sin embargo, cada vez que acelero me salta
el recuerdo alarma de esas palabras que me dijo Julián el día
que lo fui a buscar al psiquiátrico: “La locura sólo
es graciosa cuando es en segunda persona. Ni en tercera ni en primera.
En segunda”
Mientras manejo, mi cerebro siempre abre otras ventanas y ejecuta
otros procesos como pensar: “Mierda! Yo siempre giro en segunda”.
Será por eso que muchas veces termino incinerada entre los
neumáticos preventivos de las curvas más violentas.
El músico iba sentado entre la casa y el cura. Tenía
una cara de lo más agradable y unas uñas de más
de un centímetro de largo en la mano derecha. En otra ventana,
mi cabeza confeccionaba un esquema comparativo que me llevó
a la conclusión de que las extremidades de la derecha, por
lo general se les deforman a los diestros que nacen demasiado fanáticos.
Y el otro caso es Vilas.
“Hay muchos Guillermos zurdos”, les comenté a los
pasajeros y el músico contestó, “no sé,
yo me llamo Guillermo y hago todo con la derecha” (otro desubicado
que se iba a bajar en la frontera, porque si la realidad ajena es
irrespetuosa, yo no veo por qué tengo que aguantarlo).
Para cuando terminé de cerrar las ventanas y me di cuenta de
que aún si frenaba, la pared de neumáticos igual se
nos iba a venir encima, pensé en que mucho mejor habría
sido enfrentarla dormida que con los ojos así de enormes mirándolo
todo. Pero yo nunca había podido quedarme dormida mientras
manejaba. No entiendo por qué yo siempre me jacté de
eso si, la verdad, no es nada bueno, o al menos no resultaba serlo
en ese caso. Como fuera, el viaje ya venía medio bodrio y vos
habías empezado a joder con ese mal humor que te da cuando
se te caen líquidos calientes en la entrepierna.
La velocidad era tanta que me acuerdo que dijiste que al asiento lo
sentías como una mochila pesada empujándote la espalda.
Otra ventana: Por qué te recuerdo comiendo helado si lo que
te chorreabas siempre eran líquidos calientes?
El ruido de la chapa acordonéandose sobre nosotros nos pareció
diferente a todo lo que hasta entonces habíamos escuchado,
y eso que con tu trabajo, los ruidos raros se te daban a diario. Por
qué habrán puesto neumáticos en esa curva si
hay tan pocos autos circulando?
A mí me gustó especialmente el segundo ese en el que
a pesar del miedo que teníamos, vos me miraste y me sonreíste.
Todo un detalle. Tengo los gritos del cura grabados en la médula
y tu cara tallada en mi retina. Lamento que lo que yo te devolviera
a cambio fuese sólo un rictus de asco, pero decime: cuántas
veces te dije que no me gusta que te hagas ese horroroso corte de
pelo? Algún bombero va a estar de acuerdo conmigo cuando trate
de apagarnos.
Quisiera no haber tenido las dos manos sobre el volante en el momento
del accidente. Es lo único que cambiaría de ese día.
Menos mal que estabas muerto, porque si hubieras visto todo lo que
les costó despegar mis dedos del plástico, me habrías
reclamado tanta pasión hacia otro objeto. Defenderme de una
pasión como la botella o tu cara me habría resultado
más fácil. Sabés? Vos nunca me dejabas concentrar
y veo que seguís con esa tara. No ves? Ya no sé a qué
venía con todo esto.
Bueno, la cosa es que yo iba lo más bien, sentada, con el cinturón
puesto y exprimiendo el volante como si fueran las solapas del que
me dio la noticia de que vos también te habías muerto,
y tuve que frenar contra neumáticos porque para eso estaban
prolijamente dispuestos a recibirnos en esa agudísima curva
de aquella tan deshabitada ruta.
Hasta hace unas horas me resultaba desalmado eso de que todos hayamos
muerto de esa manera, pero medio que ya me voy haciendo a la idea.
Peor sería conmigo viva. Yo sola no habría podido soportar
el dolor.
A pesar de que pudieron rescatar los baúles, a la casa la dejaron
quemarse por completo y ya sacaron a todos. Solamente falta una parte
de mí. Ellos aún intentan despegarla del auto y del
alquitrán que todavía humea por sobre mis piernas.
Este fuego es sumamente inspirador. A mí en el fondo me encantan
este tipo de sorpresas.
Rosana Luc Gutiérrez
Nació en el Hospital Churruca,
por uno de esos errores del destino
(o de su madre). Tal vez para resarcir ese hecho, decidió
que su vida estaría consagrada a las cosas bellas.
Tardó 20 años en lograrlo, pero a partir del
momento de ese descubrimiento se dedicó a “amar,
hacer hijos, perros, cuadros y textos”.
De esta última actividad tuvo participaciones en antologías
como Letras de la conjura, Revista Gulliver y Antología
de Narrativa
Argentina – Siglo XXI, del Programa Opción
Libros, hasta publicar su libro Consideraciones acerca
de Tutiplenes y otros frutos del mar (relatos). Desde
su blog practica el oficio y hace amigos (“anque algún
enemigo”). Participó activamente en revistas
virtuales y gráficas de diferentes países, con
columnas sobre literatura, arte y música. Sobre sus
talleres de escritura creativa, tallerresacado.blogspot.com
o laresacada.blogspot.com. Más data sobre Luc, aurelialibros.com.ar/rosana_gutierrez_tuliplenes.htm
MITOLÓGICA I
Silente como la figura de una diosa abandonada en un jardín
donde crecen yuyos y cizañas, sus brazos vierten aguas de otra
memoria, una memoria completamente desconocida para ella.
Con labios hechos para decir que sí, ella sólo saber
decir no sé y tambalea entre dos direcciones diferentes que
contrastan el ansia y la desidia.
Hay también un árbol que sangra savia de licores y a
veces empalaga su razón. Desde la fuerte cuerda de su fragilidad,
promete alejar la lengua, limpiar las comisuras del camino y marcar
señales con tiza blanca porsiacaso volviera a perderse.
Imagina que del otro lado de la jaula, hay un beso que todavía
no prescribió, un instante donde el pensamiento se detiene
y con él, el mundo.
Cree que necesita descansar cuando más que nunca es tiempo
de correr porque ser diosa en un páramo es aburrible, y además
¿a quién le importan las historias que se callan?
MITOLÓGICA II
Ay del dolor de la suerte cuando hace la siesta y no despertará
de su sueño antiguo, dorado papel que envuelve los ojos que
explotaban nubes para darle muerte súbita a todo deseo.
Todavía, tibio el cuerpo etéreo, suerte tibia, si parece
que sonriera...
Echada como vaca al sol, sus dados cargan morfinas conque paliar apenas
y apalear las penas.
Desparramada en la cama de alquiler, una muchacha
de rostro transparente aún no sabe falta poco para ser un número
en la lista de los brillos.
Ay del dolor de no poder mudar el destino, descarozar
a cucharadas la historia, que la histeria no se empecine como caballo
indómito, veloz como el veneno, la pócima que encierra
la suerte eterna que duerme el sueño dorado del ansia por siempre
y nunca más verla, ver las piernas untadas de desuso, las nuestras
en lazos como tientos, enlaces, cueros flojos, floja el ánima
que cae en la barranca.
La bella diosa cibernética cree que ser
joven la exceptúa del engaño, ella cree va a cambiar
procedimientos, ella cree no ser una deidad cualquiera.
Ay de tan solo, solita voz desaparece en un espejo
que muestra previsibles mientras se barre el barro que dejaron los
zapatos despegados por el tiempo que pasó sin cuentas, se da
cuenta que esta vida pasó como estampida y no hay dorados ni
papel que represente la comedia de la suerte.
Un ex ángel caza por deporte. Dos disparos,
dos eyaculaciones tan precoces como el corazón de la gacela
que late tibio y agoniza en la almohada.
Ay de la ingenuidad fallecida, si hace poco que
la vimos tan llena de caricias y hoy dos plañideras cantan
la canción de herrumbre, una anciana se persigna y reza lo
imposible y una deuda limpia babas que impúdicas se salen por
la boca de la suerte, tan inerte, pobrecita la mañana desencanto
cuando el sapo y sus orines reaparezcan.
En un árbol colorado, se planea un cónclave
de brujas que eran diosas. Los tres panes que comían corren
riesgo de ser ingrediente de budín.
MITOLÓGICA III
En esta isla estamos sólo el mar y yo. Algunas veces se nos
une Andrómeda y me inyecta insecticidas para que me despabile,
pero el efecto es el contrario: sólo logra convertirme en otra
nebulosa. Es allí cuando empezamos a entendernos y tenemos
largas charlas donde sólo hablo yo y le digo, por ejemplo:
Ando con ganas de no desentonarle al cosmos, de
enderezar los ejes de un mañana en el que no sean necesarios
psicoactivos para ser hermanos, humanos, héroes, hermosos.
No sé si me entendés. Es como un sentimiento que erró
la ruta y apareció en una frecuencia diferente cuyas coordenadas
no pueden descifrarse, una niebla sumergida en la horizontalidad del
fastidio hospitalario.
No sé si soy clara. ¿Viste cuando extrañás
la tierra firme que encontrabas en ese aire tan particular del afecto,
o en los días plasticola cuando no había estática
en nosotros y el globo tenía la forma siamesa del alivio?
Ella escucha, o hace que escucha y peina sus cabellos.
Es tan hermosa que merece algo más que una galaxia remota.
Yo le daría, si pudiese, el universo entero para que lo desprecie.
Yo le daría todo lo que necesita desconocer.
Ella escucha y yo, invariablemente, prosigo con historias que comienzan
con “había una vez”. Una de ellas es la siguiente
y la transcribo de memoria. (En la isla no hay con qué tomar
apuntes y todo se rige por la caprichosa capacidad de disimular baches
y heridas de arma blanca).
Había una vez un papel con letras borrosas
que descansaba sobre la bandeja vacía de un banquete al que
no tuvieron la amabilidad de invitarnos. Yo me recuerdo agazapada
entre la luz que entreveía por sus piernas. Era viernes y había
muchos kilos de frutas robadas. Siempre los viernes fueron días
de ilegalidad sacramental. Perpetuamente viernes, excepto cuando fue
siempre, lo demás fue viernes de estaciones minadas de boletos
explosivos, con la furia tormentosa de amores que no pudieron abrazarse
a sí mismos porque sólo existieron en la aturdida y
maniática literatura de la memoria.
Andrómeda suele aburrirse cuando llegamos
a esta instancia y siempre desaparece haciéndome creer que
es Perseo quien la espera, pero yo sé que no es cierto, que
Perseo es sólo un mito y que no se puede concebir tanta belleza
en manos de un abusador de poderes femeninos, un mariconazo amparado
en la Medusa.
A ella, aunque no sea suficiente, yo la prefiero constelada. Al menos
así brilla, puedo verla aunque esté a demasiados años
luz de distancia.
En esta isla me sorprendo calentando el estaño
de los días, hago bolitas que al instante se endurecen y la
sensación perruna de aullarle a montañas que sólo
escuchan la conmiseración del miedo, me resulta soportable.
La bolsa gigante de mi consciencia me hace declinar tratos convenientes.
Es que nunca logro exportar todos mis archivos, excepto cuando Andrómeda
irrumpe y se queda sentada contemplando el mar que todo lo rodea y
ruge una oración que implora por la finitud de lo inmutable.
Casualmente, esos días son los viernes.
COMPLEJO DE ELÉCTRIKA (MITOLÓGICA
IV)
Respira anhelos por los poros. Se le apagó la magia con dos
calas que le abrigan el florero de la tarde.
Se volvió chiquita en un segundo cuando vio el garrote de papá
martirio, tan derecho, tan erguido en su mísero esqueleto.
Se puso pollera con cuadritos y le hizo gracias para que la vea:
Mirame, papá, mirame... ¿no ves que
ya sé tirarme del trampolín más alto? Fijate
cuánto es que avancé en el disciplinamiento, mirá
lo cruel que puedo ser conmigo misma.
Lo aprendí lento, pero me sacaste buena.
Ahora sé cortarme las muñecas con tornillos y procuro
que no estén muy oxidados. No quiero ocasionar molestia alguna.
Mirame viejo, soy la figurita brillantina que nunca me compraste,
tardé cuarenta años en morir para poder nacerme lejos.
Del miedo.
Abre los ojos igual que cuando salió de
la burbuja y sintió ese terror al mundo. Pero ahora empieza
a ver, a concebir que es posible que el corazón de Agamenón
no se enmudezca de amor cuando le baila, que no es necesario el baile,
la pollerita a cuadros, que obedecer no es buena gracia, que de cualquier
manera él la ve, que hace lo que puede y le enseñaron
a patadas; que las calas son flor de cementerio y hay que cambiarlas
antes que el olor se impregne.
GINEBRA (MITOLÓGICA V)
Algunas noches sube por un sendero de pupilas congeladas y arrastra
la luz de dos constelaciones frenéticas.
En su corpiño lleva piedras recogidas de una playa dibujada
en Simulcop.
Y baila.
Ella baila la danza de los que revuelven las mareas y no hay pena
que le valga purgatorios que no existen, no hay miedo ni centímetro
que no se mida a los hachazos.
Lleva los ojos cosidos con sisales cuando sabe que su estrella está
por apagarse.
Cuando baila, cuando ella baila, los profetas se amordazan, las vírgenes
se venden por dos mangos, los marinos se confunden y los puertos son
enjambres de palomas atontadas por la bruma.
Por la mañana baja por un camino de vidrios fastidiados de
baldíos y le apaga los relojes a los locos trasnochados.
FILOS (MITOLÓGICA VI)
Camino inmersa en el epicentro del tornado, mi pollera es un trompo
que seduce a los borrachos y a los locos.
(Me decís cuando me enojo: —Un rayo incisivo como hojitas
de afeitar se desprende de tus ojos y lastima el universo.
Es que a veces, en la memoria me crecen tarántulas. Cuando
intento extirparlas con un bisturí afilado se escabullen con
saltos alevosos y entonces los cortes —que son imprecisos—
destruyen las zonas donde habitan flores).
Camino por la colina de lo incierto. En la cima
hay un cuchillo punzante que da en el nudo de la espera y hurga en
los ojos de mi niña recién violada. En el vergel carnívoro
del vientre blando hay hormigas coloradas que recolectan la inocencia
perdida y siembran venganzas.
(Te lo digo ahora que es temprano: —Me gustan las heridas de
papel. La sangre en tu dedo dibuja una bella metáfora que quiero
beber.
Te diré más tarde: —En días de vino rancio
y aroma de nostalgia un recuerdo florecerá puñales que
mutilarán las plumas —una a una— de pájaros
verdes, de pájaros blancos).
LÁMINA ESCANEADA A 500 DPI
Había un mudo que atestiguaba contra la lluvia. Lo hacía
con gestos que dibujaban pararrayos. Eso yo lo sé porque alguna
vez fui muda —fue hace mucho— y todo lo que mis manos
trazaban tenía forma de campanas sin badajo.
Siempre me rebelé contra esa porción
de tierra que desenrollaba el tiempo como si de una alfombra roja
se tratara, aunque yo sabía que ahí no había
nada glamoroso, que el rojo era la sangre.
Me acuerdo que ese día dios tenía
una sola mano e intentaba atar los cordones de sus zapatillas.
Se enojaba con los ángeles y ellos tarareaban un cantito de
hinchada. No sé a qué equipo pertenecían, pero
supongo que sería alguno con pocas pretensiones. No es que
la pasión se mida por categorías, pero de Boca no eran.
No puedo concebir nada celestial en los bosteros. En Racing lo celeste
es la bandera y allí no hay ángeles, hay mártires.
A no confundir: los santos no son confiables.
También había un calibrador de blasfemias
que funcionaba según el humor de algún apóstol.
Se anotaban mal los tantos y no sé si era por un problema de
programación en el sistema o por pura mala leche.
Desde el "A" del cuarto piso llegaban
gritos. Dos mujeres peleaban por un vestido que no sería para
ninguna.
Y además era horrible. Tenía un lazo de tul atado a
la cintura, parecía un disfraz de carnavales. Sin embargo ellas
lo deseaban y afilaban sus garras, blandían agujas e hilos
de colores diferentes, en una lucha que no seguía el menor
sentido del buen gusto.
Esos días eran recorridos a pie de intrascendencias.
Demasiado verano, demasiado feriado. Como si haber nacido fuera poca
complicación, también se nos pedía que sonriéramos
y que no estemos solos, no sea cosa que nos diera por vernos la dentadura
y cotizáramos por debajo de un plato de guiso.
Recuerdo al sereno que se ponía nervioso
ante el menor ruidito y las del "A" del cuarto piso lo estaban
desquiciando. Yo deseaba que subiera a poner un poco de orden, que
asesine a alguna de ellas. O a las dos.
De todos modos no podía expresar ninguna
idea, como dije, era muda y a mi lado dormía un tipo del que
no sabía su apellido.
Ahora que lo pienso bien y recuperé el habla,
creo que nunca supe nada de ninguno. Un hombre desnudo es un hombre
desnudo. No hay sorpresa ni maravilla, son seriados, son veranos.
Algunos, pararrayos que rebotan electricidades, otros, campanas silenciosas.
Hoy busco castañuelas para atraer algún
recuerdo amable y sólo encuentro una estampita que puse en
penitencia. No confíes en los santos.
Por suerte no seré yo quién limpie
la sangre de la alfombra ni asesine a las del "A" del cuarto
piso. Para eso está el sereno, del cual no conozco su apellido.
IR A CUNDO
Miguitas de olvido se acumulan en las grietas que el tiempo talló
en la mesa.
La madera corroída, expuesta a la creciente oscuridad de la
noche, tapiada por una crueldad minuciosa, ofensa ignorante, imposibilidad
—lo que no se quiere— de tensar el arco y dejar que la
flecha salga y se encienda en los espíritus atiborrados de
bordes desparejos.
Te lloré una noche en la que dejé
a un costado las dos manos que llevaba de repuesto, porque dos eran
poca cosa para abrazar el gran misterio que abandonamos sin desvelo
en la banquina de la ruta de un país que no era el nuestro.
Restos fósiles de un mechón de pelo
se esparcen como hilos porfiados que dibujan bucle, tirabuzón,
enredan el índice de un juego anterior al sueño, la
osadía. Resorte si acaso al oírte tan breve voz diga,
indique una señal que le haga ruido musical a la tripa, se
lea en ella un sí con brillo de diamante y núcleo solar.
Abrigo de días congelados, paz para el desastre natural, el
cataclismo del silencio cognitivo, impostado.
Va a salir, ya va a salir. Falta práctica,
va emergiendo de su centro y se instala, se hace un callo y despertamos
con otro conocimiento, un nuevo escudo aunque el frío siga
astillando el hueso de la memoria, lo perfore, le haga trenzas, lo
condene a este vuelo permanente de sin alas, de sin cielos, errabundo.
Tenía no una vida sino varias por ser tuya
porque una no abarcaba la inmensidad de los deseos, intentos blanco
y negro que desiertos se quedaron en la torpe elegía de un
pie solo —sólo uno— que alcanzó para quedar
atornillados en la espera.
Miguitas de olvido permanecen en la página
cuarenta de mi libro preferido.
Paula Carman, Luc y Néstor
Colón, en el masmedular búnker sonoro del barrio
de Saavedra (Invierno de 2009)