Jorge Ariel Madrazo nació en Buenos Aires.
En poesía, publicó Orden del Día (1966),
Blues de muertevida (1984), Cuerpo textual (1987),
Para amar a una deidad (1998), De mujer nacido (2003) y De vos (2008).
Obtuvo el Premio Nacional Regional, Municipal, Fondo de las Artes. En
narrativa, es autor de los libros de cuentos Ventana con Ornella
y La mujer equivocada. Debió exiliarse en Venezuela
durante la última dictadura militar argentina. Ejerció
el periodismo. Su novela Gardel se fue a la guerra (Primer
Premio Eduardo Mallea, gobierno de la ciudad de Buenos Aires 2003-2005)
estará pronto entre nosotros. Quarks (Ediciones Al Margen) es
su primer libro de microficciones.
Reencuentros en Saavedra. Sebastián
Bianchi, ex director de Lamás Médula,
se cruza con Madrazo mientras, en la sala de
audio, Nicolás Supertino –Catador
de Sonido masmedular–, multiplica micrófonos y cables
como si fueran panes y peces.
ASÍ CUALQUIERA
El hombre ni branquias tiene. Sí la mujer, nictálope molusco
de profundidad.
ASÍ MORISTE JORGE ARIEL
Han olvidado pensarte. Con asesina persistencia. Y es que todos los
demás están tan ocupados.
EL LEÓN
Plegó las patas, al acecho. Alzando la cabeza oteó el
aire, husmeó el viento: olía a presa segura. Ah, sí,
allí, perfilado en el horizonte, tembloroso por la intuición
del peligro, se erguía el cervatillo. Al verlo se encogió
y reptó con la seguridad del depredador. Mientras saltaba intentó
en vano un rugido victorioso. Le salió un chirrido que no asustaría
ni a una anciana. El salto fue de cinco centímetros. Su compañera
lo miró con lástima. No había caso: aquel grillo,
más loco que una cabra, se empeñaba en creerse león.
ESTÁS IGUALITO
Lo tropecé por la calle. Al Andrés. Siglos que no lo veía.
Fuimos a tomar un café. Sendos cafés, bah. Esos días
yo había pensado en él, el Andrés adolescente que
repartía dulce de leche. Me contó: ahora tenía
una fraccionadora de lácteos. ¿Casado?, Sí, con
Inés, la compañerita de la Escuela 14 Consejo Escolar
20. Pucha, qué linda charla. Me dio su tarjeta. Hoy, pasada una
semana, recordé que Andrés fue chupado por los milicos
en el 76. Corrí a buscar su tarjeta. Sólo dos palabras:
estás igualito. Se borraron mientras las leía.
¿FUERON LOS BIGOTITOS?
¿O las lucubraciones del profesor sobre el Ser y el Tiempo, aquel
1924, en Marburgo, Alemania? Ella, dieciocho años; él,
treinta y cinco. Ella es un ave de lírico vuelo estricto, él,
un águila de planeo calculador. Ahora, mientras mirás
la foto de ella, esos ojos tristes, esa semisonrisa triste y dulce,
es decir trilce, es decir dultris, el mechón que cae sobre la
oreja derecha y las mangas del blusón abuchonadas y con puños
de encaje, le advertís, en un susurro: “Tené cuidado,
él no te conviene”. Pero ella no te oye. Sigue trilce.
Sigue dultris. Sigue Hanna Arendt.
LA EMBARAZADA MILITANTE
A la mujer que va ya por su embarazo decimoctavo le preguntan el por
qué de ese empeño en dar a luz. –¿Cómo
no se dan cuenta? –responde, sorprendida, la mujer que vive consagrada
a su militancia por inundar de luz la oscuridad del mundo.
LA VENTANA INDISCRETA
La observaba cada noche, con avidez de fisgón. Ella, en entreabierta
bata de noche, sentada ante el boudoir, se maquillaba interminablemente,
se perfumaba, cepillaba el cabello suelto en ondas sensuales. Así
cada noche. Luego se ponía de pie, giraba hacia aquel vecino
indiscreto, apagaba la luz. Desde el edificio de enfrente, él
se sabía ya enamorado. Hasta que, decidido, cruzó la calle
y, temblando de excitación, oprimió el timbre. Ella abrió
la puerta, sonriente y tanteando el aire. Era ciega.
LAS CIENCIAS MORTALES
Ocurre. Cada vez. Cada vez que el perro busca su ágata en el
mar, que el amor y la mujer agitan su mediodía en el agua. Entonces,
ocurre:
La olla de los sentimientos del mundo no puede contener ya tu luz, tus
detritus. El todo sensible excede a tu mínimo humanito, peón
de la necesidad cotidiana y astral; y una botella alberga un barco de
jarcias y trinquetes y esloras, cobija la pregunta con que soñás
arrojar esa botella a los grandes espacios de azufre. Los ámbitos
de la feligresía del amor. Soy tu perro de síntoma y alambre,
sos la sonrisa que me envuelve en llamas, mi agua necesaria. Sos mi
cavilación y mi enfermedad, mi lugar en el orden de las ciencias
mortales. Las ciencias, la palabra, los seres nacidos con los grandes
ojos fijos para auspiciar la vida. Cada vez, cada vez.
A la poeta Marta Braier
LAS LLAVES DE STELLA
Stella abrió la puerta de su casa. Entre los dedos de su mano
derecha –en posición supina– agitaba las llaves y
con la otra mano sujetaba a su perra blanca, Stephanía, a la
que llevaba al paseo nocturno. De pronto comprobó: ya no tenía
las llaves. ¿Dónde las puso? Nunca aparecerían.
En la siguiente oportunidad aferraba la correa perruna cuando, en una
distracción o algo así, advirtió con alarma que
ya no la sujetaba. De la perra, nunca supo. Una noche del mes siguiente
apoyó una mano en una pared de su casa y ¡zaz! ésta
se esfumó ante su aterrado estupor. Decidió entonces invitar
a salir al hombre a quien odiaba, lo aferró de un brazo con fuerza.
Nada. Stella ignoraba que el don de las desapariciones le había
sido otorgado por el dios bromista sólo para ser ejecutado tres
veces. Resignada, descubrió en cambio que el hombre no era tan
desagradable. Y poseía llaves, perro y casa.
LOS PIQUETEROS PÁLIDOS
Aquel día, un grupo de muertos argentinos (quiénes, si
no) resolvió protestar; entendían que la cosa era injusta,
y algo de razón tenían. A más de la carta documento
al jefe del Más Allá se lanzaron a bloquear nubes celestiales
y vereditas de rescoldos humeantes; apoyados por el gremio de camioneros
fallecidos armaron tal despiporre que el Supremo y Satán, ambos
a una, debieron negociar: cada año, un núcleo selecto
de esos muertos made in Argentina vuelven por una semana al terruño.
¿No alcanzó a verlos, esos tipos y minas más bien
paliduchos a los que todo, aquí abajo, les parece una maravilla
y hasta hablan bien del país?
Jorge Ariel Madrazo,
a punto de grabar sus Quarks, junto
a Néstor Colón
MADRE COSE
El restaurante auto-servicio rebosa comensales. Las mesas se han improvisado
con tablas apoyadas sobre máquinas de coser oxidadas, en desuso
desde los años ´40. Mientras almuerzo sobre mi máquina
Singer, mis pies automáticamente hacen bailar el pedal de hierro,
y la rueda giratoria obliga a correr al hilo de costura fantasmal. Devoro
los ravioles; a mi lado, mi madre ajusta el hilo en el cartucho de metal
resplandeciente, hace galopar la tela y le va dando esos sabios pespuntes.
La contemplo absorto. Me dice: “Pero, hijo, se te enfría
la comida”.
MANÍA DE SABIO
El profesor Rudolf Lipezki tenía un hábito incordioso:
cada noche, hacia las cuatro de la madrugada, salía al balcón
y aullaba. Sus vecinos, hartos, poco podían hacer; el profesor
era un hombre influyente. Golpeaban a su puerta: no respondía.
Fueron en delegación a increparlo en su laboratorio. Cuando la
secretaria los hizo pasar, en el diálogo descubrieron el problema:
de día, entre tubos y retortas, el profesor era un lobo hecho
y derecho. De noche, al descubrirse otra vez humano, la frustración
lo impulsaba al aullido.
MUJER DE AGAPANTO
Lluvia. Llueve copiosamente a través de una lumbre silenciosa;
la mujer morena bebe cada gota, cada hoja vegetal, con su cabello partido
en grandes alas de gaviota y ojos que arden incendios de ágata
y agapanto. La mujer flota en la lluvia y es una flor vertiginosa que
recoge otras flores y todo es único y esquivo, igual a una gacela
que burle, con grácil gracia, al torpe cazador. La mujer atrista
ojos de poeta, diluvia un tímbrico “¿a que no me
alcanzas?” y su corazón hiende la maleza con saltos insomnes,
con ojos que no callan y claman su melopea en la noche del solitario.
NIÑOS
Algarabía en el patio escolar detrás del muro que lo separa
de la vereda, por donde camino atento al barullo. Todos los niños
–la muralla no me permite verlos– gritan al unísono
pasálapelota aycorré daleluisita y chillidos de sorpresa,
alegría de la ronda y esa estridencia y las carreras hasta una
raya blanca pintada sobre los mosaicos elúltimocoladeperro ganéyonovale
¿ysijugamosalasestatuas? Cortomano cortofierro. Atraído
por el bochinche infernal me empino y miro por encima del antipático
muro divisorio. Veo un patio desolado, una escuela en ruinas.
PARA PLANETA, ERENCHUN
Es extraño, en verdad, el planeta Erenchun. Supónganse,
por un instante, cierta insomne topografía donde la lluvia brota
del desierto mientras corretean dinosaurios pequeños y dulces
como golondrinas, y el tiempo vuela hacia atrás mediante una
furiosa rotación sobre su vértice. Bien: nada de eso ocurre
en Erenchun.
PROPIEDADES DEL COLIBRÍ
–Diga su última voluntad –conminó el jefe
del pelotón.
–Deseo que cada soldado piense durante cinco minutos en un colibrí.
Así lo hicieron. Luego, ninguno osó oprimir el gatillo.
SÓLO PARA SUICIDAS
Una pizzería mal alumbrada por neones sucios, una vieja con las
medias caídas se hurga los dientes, la pizza está helada
y dura, una cucaracha trepa a tu mesa por la pata de la silla, en el
televisor las peripecias de Gran Hermano, te abandonó tu mujer,
no lográs redondear el poema.
VIVERE STANCA
Cesare Pavese estaba allí. No podías creerlo. Sentado
ante la mesa de tus desayunos, los Diálogos con Leuco frente
a él, la lapicera en una mano. Apenas si alzó la cabeza
para dirigirte un saludo y escribir en la primera página del
libro: “Perdono a todos y a todos pido perdón. No armen
demasiados chismes”. Ajustó sus anteojos apretándolos
contra el puente de la nariz. Afuera cantó un pájaro,
se oyó a un pregonero que recorría las calles soleadas
de Turín. ¿Turín? ¿No habías despertado
de un sueño ligero en tu casa de Villa del Parque? Viste a Pavese
hacer tres llamadas, a tres mujeres a las que sin éxito invitó
a salir. Tuviste un sobresalto cuando extrajo un sobre, lo abrió
y derramó las pastillas sobre la mesa. Supiste. Pero no lograbas
dar un paso. Querías gritar: “No lo hagas…”
Luego que él ingirió los dieciséis comprimidos
adivinaste, sin leerla, la última frase de su Diario: “Basta
de palabras. Un gesto. No escribiré más”. El almanaque,
que hasta entonces proclamara 27 de agosto de 2007, ahora gritaba ese
mismo día pero de 1950. Sólo al llegar la muerte pudiste
abandonar, abrumado, aquel cuarto del turinés hotel Roma. Estabas
otra vez en tu casa. Un pájaro se desangró en el aire.
TRES POEMAS, UNA MUJER INCREÍBLE
Y UN BARRIO BAÑADO DE AZAHARES
Hacia fines de los ochenta Lamás Médula
era una revista sin revista. Había quedado, eso sí, el
espíritu masmedular. Éramos eso. Apenas y nada menos que
eso: una emoción, un deseo. No podíamos imprimir la revista
por falta de plata. Y ni soñar con Internet (no estaba totalmente
inventada).
Aún así, en un encuentro con Jorge Ariel Madrazo en su
generosa casa del Barrio Rawson –en Agronomía-, Lamás
Médula grabó al poeta …leyendo Padre,
jinete del recuerdo, Ella, y El morir siempre ocúrrele a los
otros.
Madrazo vivía con su bella chilena,
Patricia, tan recordada por todos con tanta ternura. Una mujer que hacía
de la gentileza y la dulzura un culto, una tierna manía. El Barrio
Rawson era uno más de los construidos en Buenos Aires a partir
de la ley que, en 1913, se promulgó bajo el nombre de Ley
Cafferata. Así nacieron los barrios Segurola, el de Las
Mil Casitas en Liniers y, entre otros, el Cafferata, inmortalizado por
Gardel con aquello de “en el barrio Cafferata / en un viejo
conventillo / con pisos de ladrillo / minga de puerta cancel…está
la piba esperando…que pase el muchacho aquel”).
El Rawon era un laberinto florecido en el corazón
de la ciudad, poblado de verjas, azahares y veredas tallarín.
En el Barrio Rawson había vivido Julio Cortázar entre
1934 y 1951, en la calle General Artigas 3246. Y también el poeta
César Tiempo (seudónimo de Israel Zeitlin, 1906-1980),
el pianista y compositor Horacio Salgán (1916), el dramaturgo
Samuel Eichelbaum (1894-1967, autor de Un guapo del 900) y
el prestigioso director teatral Jaime Kogan.
En aquella casa del Laberinto, Madrazo recibió a Lamás
Médula. Tuvimos que enchufar al tomacorriente nuestro
modesto grabador (a falta de pilas). Jorge Ariel leyó tres poemas
unidos temáticamente por la muerte. Unidos apasionadamente por
la vida y el amor. A través del gran ventanal que daba a los
pájaros, entró también el sonido del viento, los
niños jugando en las veredas tallarín, el rumor de verjas
y azahares. Junto a los poemas que están también hoy,
aquí. Y que estarán para siempre.
PADRE, JINETE DEL RECUERDO
Desafió al caballo de vidrio
grandes jinetes lo azuzaban
se elevó jadeante aquí
va a haber que pelear
cayó abriendo cerrando sus alas
y yo quise ser él
así como en remotas tardes
comprendía oscuramente sus agresiones
actos
de amor
Por último
no sabía ya ni cómo anhelante trotar
pero sí su muerte morir
sobraba todo gesto
era lo absoluto
el tiempo que torna a los orígenes
Papá el hombre que muere
debió caer para que la historia
completara ceremonias de su estertor
Tanta ropa de poner sacar
papeles gestos de su mano
fotos cuerpo que vivía
el cristal el caballo adivinado
agitó al fin sus patas terribles
Él fue sorbido por aquel hueco
se rompieron, alcanzó a susurrar
todas mis partes
papá
ELLA
ella, la que murió
quiso brindarme hoy el blanco té del atardecer
Llegó con sonrisa y la usual falda azul
Abriole padre la puerta el distante saludo
ellos los remotos ocupan el brocal
el no aire allí
donde pesan sus cuerpos
faltantes
Ella la no viviente
sonríe vivísima y feliz
las manos únense al libar el
azúcar
sin carnadura la blusa infla el ala
los soleados senos un
rayo solar
en el ventanal
Volaba el alborear de la memoria
el verano su
amor oloroso
el sin tiempo meciendo su barca
Ella la
que no está
aquí estuvo y está
en el trasmundo donde sonrío
y bebo el blanco té
Padre háblale el triste
yo los miro y sonrío
Yo el
para siempre ausente
En esta escena
EL MORIR SIEMPRE OCÚRRELE A LOS OTROS
Cuerpos, rostros, voces
a los otros córtanles el hilo
el póstumo suero solitario
El universo la
iletrada magia esférica
baila con el otro atroz
saltimbanqui
El otro es invitado a tu tertulia
son los otros los que ofician el amor
los otros en el sexo de tu hembra