Extranjero en todas partes, como él mismo
se define, pero sin embargo “intensamente feliz” en las
tierras donde ha vivido, ya sean éstas Venezuela, Puerto Rico
o Nueva York, Alfredo Villanueva-Collado escribe desde la intemperie
que la ausencia de una cultura única provoca en el hablante,
por eso la voz poética se territorializa en imágenes,
humores, sentimientos, más que en geografías específicas.
Puertorriqueño de nacimiento, venezolano por adopción,
neoyorkino siempre, el autor pone en el deseo, los afectos, la muerte,
lo verídico de una escritura que no le teme a la vida pero tampoco
se abandona a ella, y como la barthesiana, está condenada “a
errar hasta la muerte, de amor en amor”, renaciendo pero también
fracasando, pues sólo en el fracaso, al decir de María
Fernanda Palacios, “se rompe el decoro, la compostura y surge
el fondo inconveniente de lo vivo (…), se toca la escasez del
cuerpo, lo provisorio del deseo”.
La cocina, el sexo, la religión, los mitos, la academia, el paso
de los años, el deterioro del entorno y el cuerpo, las cosas
que atesoran memorias de lo vivido y perdido, son temas que no escapan
a esta poesía que enuncia y denuncia, con un lenguaje que no
esconde ni eufemiza, sino que se muestra descarnado e implacable.
Sensualista de la piel, sátiro de la carne y de los vocablos,
al igual que Reinaldo Arenas y Severo Sarduy, Villanueva cultiva con
pasión ambos cuerpos, el del lenguaje y el del cuerpo mismo.
Desde ellos escribe y se escribe consignando en sus superficies el dolor,
la enfermedad, la ausencia del otro y los otros, y haciendo de los poemas
instantes cuando desaparece el espejismo del orden y las reglas, y lo
apremiante del rigor formal. Surge entonces el texto puesto a desplazarse
de uno a otro deseo, contando para ello sólo con la duda y el
recuerdo de lo vivido y perdido, pues su única certeza es la
incertidumbre y su única arma la memoria. La palabra se abre
ahí a la errancia, en su doble acepción, es decir, al
vagabundeo y al equívoco, cual directrices de una poesía
dable de espejear los mitos y la historia, la literatura y la música,
el arte y el placer, los objetos-fetiche dentro de la casa y en las
intolerancias del afuera.
En su Breviario de podredumbre, Cioran apuntaba que: “No
es la irrupción de un mal definido lo que nos recuerda nuestra
fragilidad (…) sino ese horror impreciso que rechaza todas las
cosas y quita a los deseos la fuerza de procrear errores frescos”.
Asimismo, Villanueva no teme equivocarse, sino más bien transformar
los desaciertos del vivir en verso. Siempre desde la frontera, el autor
oscila entre sus geografías afectivas, y reflexiona sobre el
crisol de lenguas y culturas que configuran su imaginario. En cada una,
familiares, amantes, amigos, pueblan el reino particular, es decir,
la obra extensa e intensa que a lo largo de cuatro décadas ha
ido conformando el corpus poético, siempre vital, a pesar de
los males exteriores y los fantasmas interiores.
Fiel a la conciencia del mestizaje del doble cuerpo, que con los modernistas
empieza a funcionar entre nosotros, la obra de Alfredo Villanueva es
lucha contra la adversidad personal y la alienación impuesta
por los imperialismos territoriales e ideológicos; lo que Guillermo
Sucre definió a propósito de Darío y Martí,
como "una manera de enfrentarse a la fatalidad y de rescatarse
de la enajenación histórica". Esto, no obstante,
sin sacrificar la sutileza y la ironía, ni entregarse a un pesimismo
estéril.
Y es que sobrevivir en la escritura también significa existir
por encima de nuestras miserias, de nuestra pobreza, a pesar de que
ellas deban estar ahí, pues la literatura debe ser un proyecto
de permanencia y resistencia, para que una paciencia activa y solitaria
transforme, a través de la memoria, tal estrechez en canto. Ya
lo dijo Rilke: "sólo cuando los recuerdos se hacen sangre,
mirada y gesto en nosotros; cuando ya no tienen nombre y no se distinguen
de nosotros mismos, sólo entonces puede suceder que en el centro
de ellos, en una hora extraña, se origine y desde allí
se eleve, la primera palabra de un poema". Alfredo Villanueva ha
logrado hacer del despojo, celebración, y ello ciertamente es
en sí mismo una gran victoria contra
el deterioro y la aniquilación.
TEXTO 67
Siempre he querido que alguien me haga
el amor como las manos de un pianista arrancan
acordes al teclado, como la voz de una soprano
elevándose por sobre todas las fronteras respetables
del tiempo y el espacio, como el suave lengüetazo
de un poema contra el oído interno, goteando hacia
los muslos, el respirar ya no necesario, ya no
necesario el movimiento, todo pensamiento hecho
irrelevante por el surgir y fluir de sensaciones, los
cuerpos externa e internamente fundidos en la
gozosa entrega e intercambio de placeres.
Y me ha sucedido no una, sino numerosas
veces, una experiencia común a muchos. Pero no
se habla de eso. O quizás se deba al hecho de
que, en palabras de un admirador anónimo en el
cuarto oscuro de un cine ya difunto de la calle 42,
siempre he sido un putito caliente.
MIGRACIÓN
Todavía el espectro recorre
esos lugares que no existen.
Los encuentra porque la calle
es un collar de quimeras telúricas.
Caracas, San Germán, Río Piedras, Niu
Yol.
¿Qué le dieron? ¿Cómo lo violaron?
Le dieron cuchilladas añoranzas,
nostalgias de pesadilla.
Es el Tántalo del pastel y la arepa,
la sopa de pescado de la tía.
Del ritmo dolido de la chipola, el cuatro
que el imperial sobrino hace guitarra.
Las calles llenas de cubujones
de antigüedades, o librerías.
Mas despertar en cada una de ellas
y darse cuenta de que nunca fueron
lo ha borrado. Hemorragia ausencias.
Vive en alucinaciones atrapado.
Lo digiere el tremedal de la Doña,
la niebla del riachuelo.
Perdió la inocencia de los espacios
sagrados. Lo dejaron roto.
SOLO
Cada vez que aflora la tristeza, llueve.
La estación reafirma el doble rostro
de la mutable
naturaleza.
Entre las cosas acompañantes, solo.
Entre los que dicen que me aman, solo.
Solo ante la puerta abierta de la muerte
por la que atraviesa una música vaga.
Una luz incierta, vagido de flauta,
forma un apéndice, al que no dejo
que me seduzca con su movimiento
de sirénido lánguido sobre la piedra.
Todavía me resta la esperanza
de casi nada, un penúltimo día,
burbujas y langosta, como aconsejara
el padre ausente, cuyo rostro contemplo
cada vez que me visito al espejo.
Grita el médico. Lo desobedezco.
Quizás se desespere porque intuye.
Me le esfumo. No le pertenezco.
He aprendido, comprendido, aceptado.
Duele un poco, sensación agridulce,
páginas peregrinas de un otoño
tan parecido a lo que soy, y espero.
Sonrío como sonríen los que entregan
sus fantasías de cunas y cobijas,
ositos pardos, madres inmortales.
Y solamente, permanezco. Solo.
HACIENDO EL AMOR CON ANDY
Poseído del deseo y la angustia
el cuerpo más bello provoca un llanto,
los ojos del amor duelen ulcerados,
imaginando,
la soledad compuesta de partes y órganos.
Sabiendo que este ritmo lleva al colapso
esperan los fragmentos que todavía no muerdo
ávido de sabores que no satisfacen
adicto al carnaval canela de tu miembro
poseído de angustia
poseído
del marco que no puede contener siluetas
hierve el aire sobre el poro rendido
para morir un cambio de manos
una garganta de serpiente golosa
un último martillazo certero
El cuerpo más bello fluye salado
Los ojos del amor me arropan con su brea.
ANTOLOGÍA MÍNIMA
En el vidrio hay una
vida que transcurre
lenta, que se mueve
en ondas palpitantes,
en colores que hablan
de un universo deseable.
La piel de los dedos
se hace suave en la búsqueda
de una historia
de la que sólo queda
el cristal,
objeto del pasado
milagrosamente descendido
hasta mis ojos con lenguas
que lo penetran y viajan
por el país de contornos
que comenzó como el sueño
de otro.
UVA PLAYERA
La mar me llama.
El llamado es urgente.
Lleno de caracolas
Los hijos de las aguas
del azul no se escapan
ni de las olas.
El paso de las nubes
el temblor de las hojas
se convierte en marea.
Borracho de nostalgia
quiero flotar de nuevo
pero el aire es pesado.
La mar me llama.
De espuma llenas
tengo venas y arterias.
Los hijos de las aguas
obedecen al ritmo
de las resacas.
Todo mi cuerpo
busca alzarse salvaje
contra una costa.
VIERNES SANTO EN CARACAS
Aquella ciudad con su velo de duelo, la quise tanto, no
pude regresar.
Flotaba sobre los parques la niebla del llanto.
No se barría, no se hacía ruido.
Mi madre cuidadosa nos vestía de negro.
El reloj se movía hacia las tres de la tarde.
Todo el día esperando las tres de la tarde.
Los vientres de los fieles pululaban de fieles.
Ante los altares me consumía el fuego.
Por todas partes la desencajada cara del dios me seguía.
Los hilos de su sangre, las llagas de su cuerpo, las marcas
en
su espalda.
Su mirada dulce, su mueca de cansancio.
Sus manos abiertas, crispadas, violadas.
El arco parabólico de su caja torácica.
La boca sin lengua de su costado.
Por todas partes el grito de la madre me seguía.
Sus ropas tiesas, su corazón al aire, sus lágrimas inmóviles.
Sus manos crispadas, su mirada vidriosa, su rostro congelado.
Los siete puñales de mangos enjoyados.
El templo a obscuras, los santos a obscuras, el claroscuro
a
obscuras.
Una a una caían las palabras.
Una a una se arrastraban desde el púlpito alado.
Una a una resbalaban, rebotaban, serpenteaban.
Las venía venir con los dientes al aire.
Las venía venir con el pelo silbante.
Tengo sed. Tengo hambre. Tengo sueño. No entiendo.
Todo se ha consumado. He sido traicionado.
Lo que está por venir está en manos de otros.
Estallaba el trueno y brillaba el relámpago.
Por las calles parroquiales de mi niñez ondulaba el cortejo.
Lo seguía llorando, de la mano de otros, que murmuraban
quedo.
Cadenas de salmodias, hechizos protectores.
Largas filas de niños, de mujeres, de hombres.
Todos hacia el encuentro de la viva y el muerto.
Para que se cumpliera el rito milenario.
Para que terminara el día interminable.
Y después, a la casa, con los ojos hinchados.
Al chocolate espeso y el panecillo tibio y el regazo seguro.
A la voz de mi madre.
Tranquila aseguraba que el cuento no acababa.
EL GUISO DE GUISO
Tiene deseos de salchicha fina
quien hasta ayer vegetariano fuera.
Rociada con licor de primavera,
salchicha fina envuelta en fina harina.
Tiene deseos de sabores nuevos
el que hasta ayer el hambre controlara,
afiebrado latir, que sólo para
la dorada cebolla, el blanco huevo.
La gula imprime al paladar mojado
con/textos de embutidas calenturas
para el hambre de hoy, mañana hartura
del necesario antojo sonrosado.
¡Cómo tiembla el gorguero, anticipando
el goce antiguo del amar yantando!
CISNE
Por las calles del cielo que la ventana enmarca
un majestuoso pájaro desconocido
se desliza sobre un río de sangre gris de nube
sus alas como quillas de nave al infinito
navegando al impulso del viento de la muerte.
Contemplarlo da un gozo mayor que el semen
mayor que el toque dulce del flan sobre la lengua
un estremecimiento que sacude los miembros
éxtasis derramándose por las retinas
el delirio fluido recuerdo del olvido.
Reconozco su forma mi destino
el origen:
regresa a retornarme a las aguas del vidrio
los esmaltes los verbos en estuches de joyas
la música serena de una lenta hemorragia
otro tiempo otro cielo otra villa otro nombre.
Alfredo Villanueva-Collado nació en Santurce,
Puerto Rico, en 1944. A los nueve meses se trasladó a Caracas,
Venezuela, y en 1958 a Puerto Rico, donde vivió hasta 1966, cuando
se trasladó a los Estados Unidos. Desde 1972 reside en Nueva
York. Fue por muchos años profesor de inglés en The City
University of New York. Su obra poética publicada, comprende
los siguientes títulos: Las transformaciones del vidrio
(1985), Pliego de Murmurios (1987), Grimorio (1988),
En el imperio de la papa frita (1989), La guerrilla fantasma
(1989), La voz de la mujer que llevo dentro (1990), Pato salvaje
(1991), Entre la inocencia y la manzana (1996), La voz
de su dueño (1999), De antiguo amor (2004), Pan
errante (2005) y Mala leche (2006).
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