Sabía que la cueva se hallaba del
otro lado del sendero. Así lo referían las hilachas de información
que había logrado hilvanar. Con el bricolaje de datos de la más
variada veracidad logré armar un recorrido similar al de los tableros
de los juegos de mesa. Me detuve varias veces en el mismo casillero, volví
al punto de partida, perdí el turno. Y con la tenacidad propia de los
jugadores de oficio divisé, al final del tablero, el sendero que venía
rastreando.
Un humo ligero -casi mitológico- envolvía el camino confiriéndole
al paisaje una atmósfera inquietante. Ya no sentía calor tan
sólo, ansiedad. Si en aquel momento hubiese podido correr seguramente
lo habría hecho. Pero estaba exhausta. Mi mochila pesaba al menos un
edificio.
La selva estaba quieta y serena pero pude reconocer los sonidos de la noche
que ya comenzaban a filtrarse con sigilo. Un serpenteante escalofrío
recorrió mi cuerpo. Estaba segura de que en cualquier instante y como
por efecto de un conjuro aparecería delante de mí la cueva del
cuentista más escondido.
A lo lejos, el ladrido de un perro se repetía en eco de sí mismo.
CONTINUARÁ
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![]() “Un humo ligero -casi mitológico-
envolvía el camino
confiriéndole al paisaje una atmósfera inquietante.” Viaje al centro del cuentista
más escondido (Capítulo III) |
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