Javier Villafañe El Hombre Centenario
leyendo para Lamás Médula una antología
de su obra poética, en 1992.
La voz de Rodolfo Edwards en un famoso
poema de los ochenta.
González Tuñón en Lluvia y El poeta
murió al amanecer.

Y Héctor Yánover contándole
a los ciberlectores masmedulares
una anécdota sobre Julio Cortázar.
Damas y caballeros, ¡Bon apetit!


JAVIER VILLAFAÑE:
EL HOMBRE CENTENARIO

Hubiera cumplido cien años el último 24 de junio. Este extraordinario poeta, narrador, dramaturgo, ensayista que, sin dudas, modificó la manera de hacer teatro de títeres en Latinoamérica, realizó el 29 de octubre de 1992, una grabación para Lamás Médula, que hoy reproducimos con alegría y ternura.
”El títere nació cuando el primer hombre bajó la cabeza por primera vez en el deslumbramiento del primer amanecer y vio a su sombra proyectarse en el suelo cuando los ríos y las tierras no tenían nombre todavía", declaró al crear su mitológico personaje Maese Trotamundos en 1933. Con su no menos mítica carreta La Andariega, recorrió ciudades y pueblos a lo largo de décadas. Dicen que Villafañe falleció el 1º de abril de 1996. Pero en Lamás Médula preferimos pensar que Villafañe vive. Y que anda por ahí, de pueblo en pueblo, encantando a grandes y chicos con sus títeres.

 

DEL LIBRO COPLAS, POEMAS Y CANCIONES
No escuchas a mi voz cuando te nombra
mi soledad te llama y estás lejos
la tarde es toda azul
azul el viento
y vuelan sobre el río las palomas

Yo sé que en tu ciudad está lloviendo
y bajo el cielo gris te encuentras sola
y en el lento rodar de los recuerdos
acaricias mis manos y mi sombra

Paisajes desiguales nos unieron
ya no hay palomas sobre el río
ahora los barcos cabecean el puerto

No llueve en tu ciudad
sé que reposas
ronda mi voz en torno de tu sueño
y en tu sueño me buscas y me nombras

 

DE PUERTA EN PUERTA
De repente, nos entra un amor desmedido por el prójimo
una ternura incontenible
Nos sentimos de golpe como el canalla moribundo
que pide perdón a manotones

Vamos de puerta en puerta
queremos dar nuestro plato de sopa
el cigarrillo que nos queda
arrancarnos un ojo y decirle a ese alguien
el prójimo
mira con él la lluvia o el otoño
apenas si lo he usado, es el izquierdo

EL SUEÑO
No me quites las ramas de los ojos
esas manos de juncos
Qué árbol enorme
es más sombra que árbol

En dónde canta el grillo
o es que se ha ido al patio
Por qué rama voy subiendo
volando por el sueño dormido

Estas campanas en el agua
dónde he olvidado mi cuerpo

 

A VECES LA MUERTE SE DISTRAE EN LOS JARDINES
A veces la muerte se distrae en los jardines
ordenando los gajos de las enredaderas
que pueden ser tronchados por el viento

o sigue a las parejas en los parques
ocultándose detrás de las estatuas
cubiertas de hiedras y de nidos

Y el anciano que la guarda en su lecho
extiende la agonía entre lentas plegarias y sollozos
mientras los nietos miran la barba
del abuelo moribundo, como una enorme telaraña que los envuelve

Y hay días que la muerte tiene miedo a la muerte
y corre huyendo de sí misma
no escucha el grito de la parturienta
ni ve la flor apenas sostenida en el aire
ni el crimen confabulándose entre naipes marcados

y recoge a un niño que ríe subiendo una colina
o entra a un hospital, a un barco, a una cárcel
o sorprende a un pescador en el instante
en el que ensarta la carnada en el anzuelo

o avanza por la selva
o penetra en un cuarto donde dos jóvenes amantes
le entregan sus cuerpos perfumados

y corre,
sin saber el nombre de las criaturas que lleva de la mano

 

EL GRAN PARAGUAS
Cuando llueve, y qué hermosa es la lluvia
los preparativos de la lluvia, los colores,
las formas de las nubes,
los insectos que salen en legiones
a quemarse en las lámparas
el alboroto de los sapos, los viejos amigos de la lluvia,
desde el Diluvio
cuando Noé salió en el Arca de Noé
con viento favorable y el permiso de Dios
y miles de parejas, según sus especies,
y afuera era la lluvia

Y era adentro del arca diversión y barullo
y hasta hubo fornicaciones,
porque muchas hembras bajaron preñadas

La lluvia…la lluvia

Pero cuando llueve afuera en el patio
y también llueve adentro de la casa
y la mujer y el hombre corren buscando cacerolas
palanganas, baldes,
y la cuna del hijo la llevan de la sala al comedor
la pasean igual que la naranja de la ronda
y se mojan el ropero, el pan, el diario, el arroz
y el hombre y la mujer vuelcan en el patio las cacerolas,
las palanganas, los baldes llenos de lluvia,
y vuelven a ponerlos al pie de las goteras

entonces, es cuando el hombre, el jefe de familia piensa
en abrir un paraguas adentro de la casa
y hacer canaletas por donde corra el agua
pero tiene que ser un gran paraguas
porque el jefe de la familia no piensa solamente en él
su mujer y su hijo
sino también en los parientes, los amigos, los vecinos
en las visitas que pueden llegar un día de lluvia
en el mendigo que está afuera mojándose
y decirle –pase usted, señor, esté con nosotros, debajo del paraguas

 

EL PRIMER ACCIDENTE
La manzana estaba muy triste
la serpiente estaba muy triste
Adán se miraba en un espejo
se peinaba, se perfumaba la barba y los bigotes
En la puerta de la casa de Adán
se detuvo un automóvil que manejaba una muchacha
sonó la bocina, Adán bajó las escaleras corriendo
se sentó al lado de la muchacha y la besó en la boca

Eva lloraba
todas las lágrimas caían sobre una hoja de parra
Un ángel fue a la casa de Adán,
subió las escaleras volando
y cuando llegó al lado de Eva le acarició las trenzas

Eva, se sacó la hoja de parra
el ángel se descolgó las alas y se acostaron juntos
La manzana volvió a ser árbol
la serpiente tocó la flauta
Dios se paseaba por el cielo
El Diablo puso una piedra en el camino
el automóvil chocó con la piedra y volcó

Ese fue el primer accidente

 

DOMINGO EN EL ZOOLÓGICO
-Un globo, un globo, quiero un globo
-pidió un niño.
La madre le compró un globo.
El niño soltó el globo y lo vio volar
-Un globo, un globo, quiero un globo
-volvió a pedir el niño.
El padre le compró un globo.
El niño soltó el globo y lo vio volar
-Un globo, un globo, quiero un globo
-pidió otro niño.
La madre dijo:
-No
El padre dijo:
-No
Y el niño voló
Se fue de los brazos de la madre,
de los brazos del padre,
volando con los globos.

Esto pasó en el Jardín Zoológico
la tarde de un domingo.
Son testigos un elefante,
dos leones,
un águila
y un vendedor de globos.
 


RODOLFO EDWARDS
¿QUÉ IMPORTA QUE SEA GORDA SI PA´CORRER NO LA QUIERO?

A fines de los ochenta, Rodolfo Edwards era muy flaco. Lucía barbita, bigote, y pelo largo con corte estilo Mosquetero. Su poema A la Gorda era conocido en todos los bares literarios y tertulias de aquella no tan lejana Buenos Aires. Edwards se encontró con Lamás Médula en algún lugar imposible de recordar en estos momentos (aunque todo indica que fue en Constitución) para realizar un registro sonoro que, dos décadas después, pudiera ser ofrecido a los ciberlectores.

La grabación que presentamos se desarrolló en el caluroso interior de un auto estacionado sobre Avenida 9 de Julio en su intersección con Belgrano. Previo a una lluvia de cervezas que nos tupió en una borrachería de la Avenida Córdoba. Rody Edwards leyó una serie de textos (lamentablemente extraviados en los arrabales del tiempo, las sucesivas mudanzas, crisis, divorcios, juicios e inundaciones personales). Sólo se salvó el famoso poema A la Gorda.
Rodolfo Edwards nació en Buenos Aires en 1962. Es licenciado en Letras, y su especialidad es Literatura Argentina y Latinoamericana. Publicó Culo Criollo (Siesta, 1999), That´s Amore! (Ediciones del Diego, 1999) Rodolfo Edwards (Selecciones de Amadeo Mandarino, 2000), Los Tatis (Edwards&Edwards, 2003) y ¡Vamos con esas imágenes! (Eloísa Cartonera, 2005).

 


ODA ENTRE VINO Y GRASA
A LA GORDA MAL QUERIDA


                   “Qué me importa que sea gorda si pa´ correr no la quiero”
                   Rodolfo Zapata


Ella se piantó de la vera de su amante
para beberse el mar, devorarse las orillas
de un servidor
enamorada de mí hasta el caracú

Y si yo no la quería
más sincero que grillo en madrugada
se lo grité a la testaruda, a los cuatro vientos de su alma
ella lloriqueaba, ella insistía
y yo todo ternura, y yo todo dulzura
bajé del grito al sottovoce, le musité
gorda, mis labios son muy breves
para abarcar en un beso
la geografía generosa de tu papada
mi cuerpo de menudo pez
se pierde como humo de las salvas
en tu torso de ballenato

Gorda,
no quiero para mis rosales
tierra de esas dos macetas que como piernas tenés
los plantaré donde la luna llena adelgaza
la terrestre luz hasta un susurro de sombras
que se miran se desangran

Gorda
Vos nunca pudiste medir tu vida a lo largo
Ah, eterna adolescente
vos siempre la medís a lo ancho
es tu cintura jaula grande donde trina
prisionera de la faja, tu busarda

Y la Gorda corrió descalza
sobre baldosas húmedas y tristes
el otoño en el que yo de ella me despedía
más solitario que la lombriz solitaria

Snif, yo a la gorda la quería

Detrás de esa puerta, donde suele haber mal dibujada
la silueta de un hombre con sombrero,
estrofo mi moraleja, casi un epitafio

Por haber despreciado a su gorda
por no haber sabido comprender
la razón de su belleza en quiebra
nefasta lupa de un demiurgo cruel
deformando sus nalgas, sus hombros

llora este flaco, lunga su pena
lunga su pena, corto el trecho
hacia el vidrio opaco de una copa más

Devora su alma, alimaña voraz

PD: Gordas del mundo, uníos contra este flaco
envidioso de la alegría que vosotras provocáis
a la aguja de la balanza, que salta cual canguro
cuando un pie sobre ella posáis
Mientras él, triste de carnes, apenas le despierta
un saludo cortés, que llega sólo al 56
es envidia, no lo dudéis!



RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN
Y HÉCTOR YÁNOVER:
LA CALLE DEL AGUJERO EN LA MEDIA

Decíamos en el número anterior de Lamás Médula, que la voz de Oliverio Girondo podía disfrutarse actualmente en cualquier lugar del planeta, gracias al entusiasmo, la ilusión y la convicción poética de ese extraordinario cordobés que se llamó Héctor Yánover. También hablábamos del sello discográfico AMB, bautizado por Yánover así “sólo para que figure primero en los catálogos”. Lo que no contamos entonces, fue que, según declaraciones realizadas en su momento a Lamás Médula, el gran sueño de Yánover y motor impulsor de aquella ilusión y aquel sello discográfico, fue grabar un disco con Raúl González Tuñón.
Luego de haber registrado a García Márquez, León Felipe, Cortázar, Marechal, Girondo, Eluard, Borges, y tantos otros, Yánover se dio por satisfecho sólo y recién después de grabar a Raúl González Tuñón. “Esa noche llegué a casa –contaba Yánover con los ojos más celestes que de costumbre– y dije: bueno, el sentido, el origen y la verdadera razón por la que nació este sello, se ha cumplido hoy al grabar un disco con don Raúl González Tuñón”. Tal era el afecto que Yánover tenía por el creador de Juancito Caminador. Por eso, en esta ocasión, le brindamos al ciberlector la posibilidad de escuchar a Tuñón en El poeta murió al amanecer y en su bellísimo poema Lluvia. Como un homenaje más a la memoria de Héctor Yánover. Y como un gesto de agradecimiento y cariño interminable hacia Raúl González Tuñón.



EL POETA MURIÓ AL AMANECER
Sin un céntimo, solo, tal como vino al mundo,
murió al fin en la plaza frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo
dos musas: la esperanza y la miseria.
Fue un poeta completo de su vida y su obra,
escribió versos casi celestes, casi mágicos,
de invención verdadera
y como hombre de su tiempo que era
también ardientes cantos y poemas civiles
de esquinas y banderas.
Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.
Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.
Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,
los parroquianos del Café,
los artistas del circo ambulante,
unos cuantos obreros,
un antiguo editor,
una hermosa mujer
y mañana, mañana,
florecerá la tierra que caiga sobre él.
Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,
un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,
un Schiller, un Bertrand, un Becquer, un Machado,
versos de un ser querido que se fue antes que él,
muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta
y una antigua fragata dentro de una botella.
Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro:
tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.



LLUVIA
Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban:
no habían despertado todavía al amor.
No sabían nada de nosotros.
De nuestro secreto.
Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de nuestra fatiga.
Estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
Te quiero con toda la furia de la lluvia.
Te quiero con todos los violines de la lluvia.
Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana, increíble, pero, tan real, numerosa, pero tan mía.
Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
Oh, visitante.
Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el destino único.
Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del otoño.
Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto, cuando tú y yo seamos sombras, y todavía estemos pegados, juntos, subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
Oh, visitante.
Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
Estoy tocado de tu destino.
Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta.

La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima, recóndita alegría.
Estoy tocado de tu destino.
Oh, lluvia. Oh, generosa.

*Un pequeño survenir más. Un presente que atesoramos y que, en este número más que nunca, deseamos compartir. Una anécdota contada por Héctor Yánover sobre su amistad con Julio Cortázar.

 

Cortázar dice “El problema es que tengo que meter todo este texto en menos de veinte minutos, si no se me va a enojar Héctor Yanover…”

Y Yánover cuenta…“Yo estuve en París, hablé con él de eso y después me mandó la cinta…Después vino él varias veces. Y quedó una amistad bastante sólida, él cada vez que venía me llamaba, venía a almorzar a mi casa; tuvimos una excelente relación. Me acuerdo en el año 73…74, en un momento en el que su nombre estaba muy en el candelero, y había sido tapa de una de esas revistas multitudinarias, no recuerdo cuál…y tomamos un taxi acá en la puerta de la librería para ir a almorzar a casa y cuando llegamos a casa el taxista no nos quiso cobrar, porque dijo que, cómo transportando a un escritor tan importante… él no tenía derecho a cobrar el viaje…Y después subimos en el ascensor, y en el ascensor venía una señora con una criatura, y cuando llegamos a mi casa, la señora dijo, perdone, ya se lo deben haber dicho, no?...pero ¡qué parecido que es usted a Julio Cortázar!! (risas)”


Yánover en la puerta de su Librería Norte, en los 60. Y en la década del 90, exhibiendo sus Memorias de un Librero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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