La situación geográfica de Córdoba, como se sabe, la convirtió durante mucho tiempo, desde la época de la Colonia, en un lugar de tránsito (no olvidemos que por su territorio pasaba el Camino Real) y a la vez en un enclave cultural con características bastante definidas. Es interesante asomarse a las impresiones que la ciudad y la provincia dejaron a lo largo del tiempo a autores tales como Sarmiento (Facundo, 1845), Enrique Banchs (Ciudades argentinas, 1910), Rafael Alberto Arrieta (Estío serrano, 1927), Baldomero Fernández Moreno (Córdoba y sus sierras, 1931), etc. Carlos Mastronardi, en Formas de la realidad nacional (1961), recordaba una observación de Pedro Henríquez Ureña, según la cual “en Córdoba empieza la zona del Pacífico. Allí, o tal vez en regiones más alejadas de la Cuenca del Plata, existe una especie de frontera ideal donde dos arquetipos humanos se miran con extrañeza.” Creo que tal ubicación favoreció en su cultura una singular mezcla de cosmopolitismo y provincialismo, muy fecunda, que se advierte en la obra de algunos de sus poetas, por lo menos hasta que la sociedad de masas comienza a ejercer su efecto homogeneizador a medida que nos adentramos en la segunda mitad del siglo XX.
Obras como las de Leopoldo Lugones, Arturo Capdevila o Alfredo Martínez Howard, en el pasado, evidencian claramente esa ambigüedad cosmopolita-provinciana (utilizo aquí la palabra “provinciano” sin connotaciones peyorativas, en el sentido que le da el crítico Alfonso Berardinelli en su ensayo “Cosmopolitismo y provincialismo en la poesía moderna”1). Por lo que tiene de cosmopolita, se vincula con la experiencia y el lenguaje de la época, y abreva en fuentes literarias de diversos orígenes; por lo que tiene de provinciana, arraiga en la circunstancia que rodea al autor y que nutre su existencia: su paisaje, su gente, los modos verbales próximos al habla de su lugar de origen. Entiendo que se trata de una síntesis bastante peculiar, equidistante tanto del color local regionalista cuanto de las construcciones impersonales y atópicas de las modas poéticas. Casos semejantes, en la narrativa surgida en las provincias en la segunda mitad del siglo XX, me parecen las obras de autores como Juan José Hernández, Daniel Moyano, Antonio Di Benedetto o Héctor Tizón. Todavía en el presente pueden encontrarse en la poesía de Córdoba algunos ejemplos de esta modalidad sintética. Cito un par de textos de dos poetas cordobeses con reconocimiento nacional y local (ambos han recibido el Premio Consagración de la Provincia de Córdoba en poesía). En el primero, la evocación de la vida y la muerte de un pariente cercano, Antonio Esteban Agüero, quien fuera para el autor su maestro de poesía, se entrelaza con la presencia de un espacio concreto (la casa en la villa donde el viejo poeta transcurrió toda su existencia, a la cual iba de visita el autor en su niñez y adolescencia, y a la cual vuelve luego de la muerte de Agüero), y los datos puntuales del recuerdo se transmutan en una suerte de símbolo o mito de alcances históricos y atemporales a la vez: la elegía sobre la condición del poeta, marginado y destruido por la sociedad contemporánea, es al mismo tiempo un himno sobre la persistencia de la poesía, que va de mano en mano como el plato con “el pan hecho de sol”, esa miel cuya recolección ha implicado el sacrificio de muchas de las abejas que la fabricaron:
1 “En la contraposición entre cosmopolitismo y provincialismo, o más precisamente, en la discusión acerca del sentido de estos dos términos y de su uso intimidatorio y ciego, se puede comenzar con una observación.
EL PAN DE LAS ABEJAS
(En memoria
de Antonio Esteban Agüero)
El pan de las abejas, la miel de todos.
Sopla el tiempo
sobre la galería de tu casa: nadie
sino la luz sorda, vacía,
entre pilares rotos.
Ni tu sombra, ni el rumor del poema.
(“El agua con racimos y la luz con abejas”..)
Patio sin parras. Seco aljibe.
Ayer,
la madre pasa con un plato de miel
He visto las colmenas devastadas
y en el aire de marzo,
espacio azul,
el humo que subía desde los panales.
He visto al hombre enmascarado,
los torpes guantes,
y el pueblo de la brisa
y de la flor:
gota a gota,
los pequeños
cadáveres.
He visto al sapo gordo
saciado de saqueo.
Sopla el tiempo
desde la fresca sombra de las parras,
los cántaros, las flores. (El temblor
y la luz de las abejas.) Oigo
tu voz.
Un niño pasa con un plato de miel.
He visto las colmenas devastadas,
el humo por el aire de marzo.
Y he visto,
entre las ruinas y la sombra,
el pan hecho de sol;
quiero decir
?lo sabes?: vi tu muerte
y tu vida. (La galería rota
de tu casa, las páginas
doradas.) Y mi vida
y mi muerte,
seguramente iguales.
Un hombre pasa con un plato de miel.
El pan de las abejas,
la miel de todos.
ALEJANDRO NICOTRA
(Puertas apagadas, 1976)
La poesía y la literatura modernas han sido escritas por ‘provincianos’ y por ‘cosmopolitas’, por autores déracinés y por autores que casi no se han movido de sus provincias y ‘pequeñas patrias’. Hasta podría aventurar una paradoja (si no temiera incurrir en el pecado de una definición insuficiente) diciendo: la poesía moderna es moderna en cuanto que es cosmopolita, pero es poesía en cuanto que es provincial. De todos modos, la crítica ha visto más claramente los defectos del provincialismo que aquellos igualmente vistosos del cosmopolitismo, descuidando señalar, generalmente, el infeliz provincialismo de los cosmopolitas más infatuados y encendidos.” (Alfonso Berardinelli: “Cosmopolitismo e provincialismo nella poesia moderna”, en: Tra il libro e la vita: Situazione della letteratura contemporanea, Bollati Boringhieri, Turín, 1990).
En el segundo ejemplo, un episodio de la niñez (la búsqueda de cristales de roca, frustrada por la creciente de un río de montaña) vuelve a la memoria del que escribe y adquiere también una dimensión simbólica, a la cual cada lector podrá darle su personal interpretación. Como en el caso precedente, y más allá de las evidentes diferencias del estilo peculiar de cada autor, puede advertirse esa singular mezcla de los materiales puntuales de una experiencia circunscripta (para quienes han tenido vivencias semejantes, las alusiones del poema tendrán una resonancia especial) y la transmutación imaginativa, que otorga al hecho recordado una proyección universal. En ambos casos, asimismo, el tono, el lenguaje, el arte elocutivo, colocan a estos textos en el orden de la mejor poesía moderna, más allá del hecho de que se relacionen con una provincia perdida en el planeta.
BUSCANDO EL CRISTAL DE ROCA O CUARZO
En esos años cuyo olor
a crecientes hoy regresa,
las encendidas formaciones hexagonales
esperaban en la caída de la loma,
entre venas de mica y humedad.
Como los muertos, la lluvia
cubrió la primavera, forzó una pausa
en el plan, rasgada apenas
por la impaciencia: cada relámpago
denunciaba una flor opalescente.
Frenado por la expansión del río
nuestro deseo aguardó, mientras
las diáfanas columnas
ignoraban la feria del cielo:
eran una pureza inexplicable
asomando sobre el riesgo, sobre el mundo.
RODOLFO GODINO
(Elegías breves, 1999)
He señalado un par de casos paradigmáticos de síntesis entre las dos fuerzas que a menudo se hallan en tensión en las literaturas nacidas en el interior del país, las del cosmopolitismo y el provincialismo. También se hallan ejemplos, en la cultura de Córdoba, de autores que han asumido preferentemente alguna de estas fuerzas. Dos poetas y ensayistas que encarnan la figura del escritor cosmopolita de provincia son Enrique Luis Revol y Emilio Sosa López. La obra ensayística del primero y la obra poética del segundo, aguardan el momento de ser valoradas como se merecen. El provincialismo no ha dado, a mi juicio, frutos tan interesantes como en otras regiones argentinas. Los cantos americanistas, por ejemplo, no lograron entre nosotros acentos tan verdaderos como los que resuenan en algunos poetas del Noroeste.
Paradójicamente, en el presente puede advertirse una modalidad muy especial de provincialismo poético. Paradójicamente, digo, porque, como antes observaba, en el curso de la segunda mitad del siglo pasado, y con mayor celeridad en las últimas décadas, se verifica un notable proceso de homogeneización cultural, que obedece a razones de fácil vinculación con el imperio de la sociedad de masas y la globalización. Ahora bien, en el marco de este proceso, puede percibirse un mecanismo que corresponde a la irradiación de las formas artísticas que tienen prestigio en el centro de poder cultural hacia las zonas periféricas, y que son adoptadas por éstas sin mediación transformadora. Como se sabe, desde hace más de veinte años el campo poético argentino, luego de los fugaces experimentos genéticos neobarrocos, se halla sometido a una suerte de monocultivo intensivo, el de la poesía neobjetivista, cuyas condiciones y efectos sobre el suelo literario pueden ser parangonados con los de la soja en el territorio nacional: una espontaneidad creadora libre de riesgos y cuidados, una prodigiosa facilidad reproductiva, una superpoblación de versos cubriendo la superficie del país ?que probablemente deje detrás de sí un desierto imaginativo.
Con el retraso característico de la periferia, cunde en las letras locales el neobjetivismo. Esta tendencia, como también se sabe, privilegia el decir llano, llanísimo, la transposición ‘literal’ de escenas de la vida cotidiana, en particular de carácter urbano y suburbano, las marcas de la contemporaneidad, el verso liberado de la menor sombra de cuidado rítmico, y un feroz rechazo de toda forma de lirismo, en cuanto que éste sería un resabio vergonzante de la subjetividad. Emiliano Bustos ha definido esta escritura en los siguientes términos: “realismo, por sobre todas las cosas, inmediatez, prosa, leyes que inventó la televisión y el rock (…), apatía y cinismo (…), humor, literatura y antiliteratura, irrefutable tercer mundo, chatarra, basura, márgenes de todo tipo, y lo secundario en general”. Bustos distingue de este tipo poético un segundo “gesto”, que habría surgido hacia mediados de los años ’90, esbozado por poetas más jóvenes, en su mayoría, y en su mayoría mujeres: “Este segundo ‘gesto’ comparte con el primero su proximidad a lo real en general, y en muchos sentidos el paisaje es el mismo”, pero buscaría salir de la clausura realista por medio de lo lúdico, denominado por este crítico, con justeza, “jueguito”. Se ha señalado también que en esta línea de poesía deliberadamente ingenua ?pero de una ingenuidad algo perversa, notemos, como de niñas con trenzas que trajeran bajo las falditas medias de red y ligas? “la poesía habla desde un lugar de infancia y se hace cargo solamente de la miniatura, de lo pequeño”. Creo que no está errado Bustos cuando observa la proximidad de tal escritura “blanda” con la de los realistas “duros” y cuando puntualiza que “en muchos sentidos el paisaje es el mismo”: en efecto, en ambas se verifica la irrupción de la cultura de masas en el ámbito que mayor resistencia le había ofrecido durante la modernidad ?precisamente, el de la poesía.
El arraigo de la simiente neobjetivista en Córdoba (en general, en el interior de la Argentina) diría que es doblemente provinciana: primero, por lo dicho: la actitud reverencial ante el modelo exitoso en la capital; y luego, y más importante aún, por el hecho de que se trata en sí misma de una poética “provinciana” ?ahora en su sentido peyorativo?. Por “provinciano” entiendo aquí dos aspectos centrales de esta escritura: por un lado, en su dimensión temática y anímica, implica una evidente reducción del mundo expresivo del autor, que se limita resignadamente al ámbito de su barrio, de su calle, de su departamento, de su cocina, y mutila asimismo su facultad imaginativa y toda posibilidad de algún tipo de confidencia íntima o de tensión lírica; por otro lado, en su dimensión formal, implica una no menos evidente restricción y pauperización de los recursos de la poesía, una dieta tan estricta en lo que se refiere a los efectos estéticos (eliminación de la metáfora, eliminación de la métrica y la rima, eliminación de la hipálage, eliminación del hipérbaton, etc.), que no puede sino conducir a la anemia estilística. Así, el flemático parnasianismo invertido de los neobjetivistas ?quienes ya no hacen un culto impasible de la belleza, como los parnasianos decimonónicos, sino de lo feo y degradado? recuerda la actitud del provinciano o del nacionalista, que renuncia a todo lo que vaya más allá de la orilla inmediata de su experiencia.
Afortunadamente, cabe confiar en que la fuerza de la tradición cosmopolita-provinciana de las letras cordobesas siga ofreciendo modos alternativos al modelo hoy dominante en la poesía argentina. Entre los autores de las últimas generaciones hay voces que, en efecto, se distinguen claramente de tal modelo. Sin pretender hacer una nómina exhaustiva, sino tan sólo a título de ejemplos, puede advertirse ese carácter alternativo en la escritura de poetas como Julio Castellanos (1947), Susana Cabuchi (1948), Carlos Garro Aguilar (1948), María Teresa Andruetto (1954), Elisa Molina (1961), María Calviño (1961), Esteban Nicotra (1962), Carlos Schilling (1965), José Di Marco (1966), José Duimovich (1967), María del Carmen Marengo (1968), Leandro Calle (1969), Silvio Mattoni (1969), Nicolás Magaril (1978), Daniel Hernán Mariani (1981), entre otros. Con un texto de Elisa Molina me gustaría cerrar este apartado. Un episodio común ?un helecho arrancado de una roca de las sierras? se transforma en una especie de epifanía: ese gesto reitera otro gesto (¿el de la madre perdida?), y en la (casi) identidad del mismo se insinúa la posibilidad de una suspensión del tiempo, una íntima eternidad doméstica, semejante a la que Borges llama “sentirse en muerte” en el apartado IV de su ensayo “Historia de la eternidad”, o la que ha vuelto inolvidable en su soneto “La lluvia”. La vívida gracia de la evocación y la precisión estilística del conjunto, en el que nada falta y nada sobra, la equilibrada conjunción de prosaísmo y lirismo y el temblor metafísico captado en su fugaz manifestación cotidiana, hacen de este poema de Molina, me parece, un signo entrañable de esa síntesis entre lo que la voz expresa y lo que queda callado, lo más próximo y lo más lejano:
HELECHOS
Finalmente, está hecho:
repetí tu gesto.
Tembló una telaraña y su rocío,
la yema de los dedos rozó
los bordes de la piedra fría
y arranqué un helecho de las sierras,
un gajo de raíz,
con un poco de tierra.
Si me hubieras visto,
este día se habría detenido
apenas un instante
en tu sonrisa.
De lejos nos llegaban
las voces de los chicos.
Acaso se detuvo.
ELISA MOLINA
(Escrito en el agua, 2003)
II
Por todo lo dicho, creo que quedará claro que el segundo punto sobre el que se me preguntaba (es decir, cómo vivo el hecho de “ser poeta en Córdoba con respecto a la edición, publicación y difusión nacional”), tiene una respuesta problemática, o más precisamente, compleja, que necesita algunas precisiones de orden personal.
Mientras sólo me dediqué a escribir versos y traducir a poetas de otros idiomas, no tuve mayores dificultades con la edición, publicación y difusión provincial y nacional de lo que hacía, por cierto dentro de los márgenes bastante estrechos de la poesía en el medio literario argentino. Escribo poemas ?con buena o mala fortuna? desde los nueve años, y a los diecisiete, en 1980, figuraba como el autor más joven de la Antología de la nueva poesía argentina, compilada por Daniel Chirom y prologada por Raúl Gustavo Aguirre y Cristina Piña, la primera de la serie de las nuevas y siempre juveniles selecciones nacionales aparecidas en las últimas décadas. Menciono este dato a puro título estadístico, ya que considero un error mi inclusión en esa muestra poética, cuya generosidad amparaba también a numerosos errores como el mío.
Luego de cursar Letras en la Universidad Nacional de Córdoba, viajé a Italia, donde estudié y trabajé durante siete años, entre 1987 y 1994. Aunque en esos años no perdí el contacto con lo que ocurría en la literatura del país, al regreso me encontré con una nueva situación en el espacio poético argentino. En esos años había desarrollado su campaña arrolladora el neobjetivismo, principalmente a través de la revista Diario de Poesía, que como una suerte de movimiento político posmoderno había apostado a convertirse en el único “referente” de la poesía argentina contemporánea. La apuesta fue un éxito, y las otras tendencias juveniles del período, el neorromanticismo y el neobarroco, o quedaron arrinconadas o se sumaron al movimiento triunfante. El monopolio neobjetivista paulatinamente fue expandiéndose e imponiéndose en los principales suplementos literarios nacionales, en instituciones (Antorchas, Fondo Nacional de las Artes, etc.), en el dictado de cátedras universitarias, e incluso en otras revistas, impresas o virtuales, que oficiaban como sucursales de Diario de Poesía (Vox, poesia.com, las secciones dedicadas a la poesía en Punto de Vista, etc.). En ese contexto, prácticamente no había lugar para la difusión de otro tipo de escritura poética.
También yo había cambiado en los años vividos en Italia. La edad de la inocencia, en la que se escribe solo frente a la nada o la eternidad, había terminado, y allá había conocido la rara experiencia de la libertad de pensamiento, la posibilidad de expresar las propias intuiciones sin preocuparse demasiado si éstas corresponden o no a lo políticamente ?o literariamente? correcto, si ellas nos ganarán o no la condena de los “clérigos rojos” o los “clérigos negros” de que hablaba Montale. El ejemplo y la amistad de un intelectual como Alfonso Berardinelli, heredero de la tradición polémica pasoliniana, había sido muy valiosa para mí. De modo que al poco tiempo de volver a la Argentina, decidí crear en Córdoba una revista de poesía y crítica desde la cual ejercer esa libertad de pensamiento y en la cual ofrecer un espacio a poetas, ensayistas y traductores argentinos contemporáneos que me parecían muy valiosos y que habían quedado al margen del movimiento monopólico antes mencionado. Así nació Fénix, en abril de 1997, en formato de revista y de colección de libros, ambas editadas por Ediciones del Copista. Allí han publicado autores de distintas generaciones, de distintas provincias y de poéticas muy diversas, desde Horacio Castillo y Rafael Felipe Oteriño a Juan José Hernández y Emma Barrandéguy, desde Santiago Sylvester y Cristina Piña a Ricardo H. Herrera y Alejandro Bekes, desde Roberto Malatesta y Javier Foguet a Beatriz Vignoli y Mori Ponsowy... A la difusión de la poesía, se ha acompañado desde un inicio la indagación sobre problemáticas de la lírica y la traducción de textos de distintas lenguas en edición bilingüe.
Lamentablemente, las discusiones que la revista generó en el ámbito nacional, marcó también, me parece, una tácita brecha con autores cordobeses interesados en vincularse con los grupos poéticos, las revistas culturales y las editoriales de mayor poder en Buenos Aires. Como suele ocurrir, la posición autónoma de Fénix ha resultado a menudo incómoda. (Verbigracia: la publicación de un artículo polémico sobre Diario de poesía, o sobre un libro de Arturo Carrera o Rodolfo Fogwill o Luis O. Tedesco, hacía de Fénix una compañía poco recomendable para quien pretendiera hacer carrera en el medio literario porteño). De esta manera, un creciente silencio fue rodeando a la revista y a los libros de Fénix en Córdoba, a pesar de que en ellos publicaran algunos de los mayores poetas de la provincia y del país. Ese silencio, con raras excepciones, continúa.
Volviendo a la obra personal, puedo decir que, hasta la aparición de Fénix, mis libros tuvieron normalmente una buena acogida en Córdoba, Buenos Aires y otras provincias. Con posterioridad, observo que es más fácil para mí publicar fuera del país, que en la Argentina. No me arrepiento, sin embargo, de la tarea crítica llevada adelante con la revista, aunque la consecuencia fuera un cierto ostracismo provincial y nacional. Son gajes del oficio.
III
En otro orden de cosas, y para terminar, debo decir que más importante, mucho más importante que la relación con el medio literario, es para mí, y para mi poesía, la relación con los lugares donde he vivido. Si bien siempre he pensado, con Banchs, que “un hombre inteligente, enérgico y trabajador no se preocupa mucho del patriotismo, que a menudo no es más que algo del espíritu de conservación”, porque “sabe que en cualquier región de la tierra y bajo cualquier bandera, podrá ganarse la vida como un hombre, y consagrarla a la justicia que es la patria eterna”, los años transcurridos fuera del país me hicieron valorar también, más allá de cualquier nacionalismo, el sentido de aquellos versos célebres de Arturo Marasso, que recordaba con nostalgia en la lejanía: “Dichoso aquel que vive en mansión heredada; / oye cantar los tordos que escuchó cuando niño…”. Yo, que he vivido la mayor parte de mi existencia en casas alquiladas, encuentro sin embargo esa entrañable persistencia de las cosas y los seres que ya están en el recuerdo, en la familiaridad con el paisaje de Córdoba.
Viví mi niñez y mi adolescencia en Villa Dolores, una pequeña ciudad en el Valle de Traslasierra (ciudad que, al decir de Raúl Gustavo Aguirre, “dista mil kilómetros de cualquier punto del país”). No puedo pensar en esos años sin que venga a mi memoria, a veces de un azul intenso y a veces cubiertas de nieve, la imagen de las Altas Cumbres levantándose sobre los techos y al fondo de las calles, cuando iba con mi hermano hacia la escuela de la mano de mi madre. Esa “amistad de la piedra” me ha acompañado por donde he ido en el mundo.
Años después, de regreso en la Argentina, me establecí con mi familia primero en la ciudad de Córdoba, y luego en Alta Gracia, donde todavía vivo y donde espero morir (ya escribí, por las dudas, el epitafio, “En una lápida del cementerio de Alta Gracia”: “Yo quisiera observar hoy con tus ojos / el sol sobre las lajas del sendero, / la vaga ondulación de los cipreses, / el hondo azul y el pájaro en su vuelo. / Míralos por tus ojos y los míos: / nadie sabe quién ve lo que está viendo.”). Una buena parte de mi libro El trabajo de las horas, que reúne lo escrito desde la vuelta al país hasta el 2006, ha nacido en esta ciudad serrana.
Vivo en Alta Gracia, pero trabajo en Córdoba. Con la urbe capitalina mis relaciones nunca fueran demasiado buenas. Signo de esa desavenencia es otro epitafio, un sonetillo heptasílabo, que escribí medio en broma ante la posibilidad de que mis huesos fueran a parar al cementerio San Jerónimo. Titulado “Para un nicho del San Jerónimo”, lleva dos epígrafes (“Unreal City” y “Esa cordobesada bochinchera y ladina”) y dice: “Ciudad vana, beata, / provinciana y chismosa, / con su Voz pretenciosa / y su canción barata. // Su tonada delata / que es más bien poca cosa: / su poesía es prosa / y la prosa, una lata. // Aquí es todo lo dicho / palabra en el desierto. / ¡Venirme aquí a morir / donde ya estaba muerto! / ¡Ábranme pronto el nicho / porque me quiero ir!”
Fuera de esta broma fúnebre, debo reconocer que últimamente me estoy amigando con la ciudad, gracias al cariño de mis alumnos, a la belleza de sus mujeres (de una, por cierto, en especial) y a dos o tres cafés donde fumar, leer y ver pasar la vida (y, cuando los dioses quieren, apuntar unos versos).
Alta Gracia, 19 de noviembre, 2009
TRES ESCENAS DE CÓRDOBA
(TRASLASIERRA, ALTA GRACIA, CAPITAL)
I
RÍO DE LOS SAUCES
(Traslasierra)
Cuántas horas inmóviles
Me he quedado a la orilla de este río
Viendo el verde dorado
De las aguas veteadas de reflejos,
El vuelo repentino de algún pájaro,
Las variaciones leves de la luz
Sobre las hojas, y las formas
De las nubes que van hacia el azul de la montaña.
Ya entonces era el que miraba
El transcurrir ajeno de la vida.
Años antes viajábamos aquí
Y las tardes pasaban
Con esa placidez lenta e indecisa
Del ave que planea por el cielo lejano.
No había diferencia en aquel tiempo
Entre ser y vivir, ver y mirar,
Y el río que se iba para siempre
En su deriva hacia el atardecer
Era el mismo que ahí se nos quedaba
Remolineando en torno de las piernas.
No recuerdo la angustia de que acabara el día.
Muchos de aquellos que veníamos
Al río, hoy ya no existen; de los otros
No sé más que las frases que se dicen
Tras la cena en la rueda familiar,
Señas que alumbran sin sentido
Como la inmensa dispersión
De estrellas en las noches de verano.
Ahora que anochece sobre el río
Como en mi vida, observo
A los hijos que juegan en la orilla,
Sigo el humo que va del cigarrillo
Hacia la claridad que se demora
En el temblor plateado de los álamos,
Y entrecierro los ojos como quien
Se acostumbra a la luz de la mañana
O a la ceguera de la oscuridad.
Escucho el invariable
Y diverso rumor entre las piedras,
Las voces más queridas, el agudo
Silbo de un pájaro desconocido…
Me preparo a partir, sin quejas, sin palabras.
II
EL RUIDO DE LA SEGADORA
De pronto el ruido de la segadora
Se ha acallado, y entonces percibimos
Que nos ensordecía… Y entreoímos
En la mente el latido de esta hora
Silenciosa del campo. Hay una hora
Así en la vida, cuando lo que fuimos
Por años, se detiene, y descubrimos
Que esa voz que se apaga y se demora
Es la nuestra. Sentado en el sillón
De mimbre viejo en el umbral de casa
He traído de nuevo al corazón
Tanta cosa querida, y en la escasa
Luz del día he rezado una oración
Por vos, por mí, por lo que fue y ya pasa.
III
PASAJE SANTA CATALINA
(Córdoba)
Aquí estoy, otra vez en el café
Adonde tantas veces he venido
En otros años, cuando era
Tan diversa mi vida:
Allí están
Las torres de cerámicos,
Los árboles de junio con el cielo
Abriendo sus manojos de luz entre las ramas,
Las palomas que van entre las mesas
Mendigando migajas, como otros niños pobres,
Los hombres y mujeres que pasan y se pierden
Con su vida secreta en la mirada,
Y el infinito flujo de colores,
Rumores, resplandores del tráfico en la calle
-Todo dice que el mundo continúa,
Que lo que está perdido no ha quedado
Extraviado, prosigue e incluso vuelve
En otras formas, ciertas, con su fábula
Imaginaria y real de permanencia.
Aquí está, en esta ínfima
Flor de glicina que ha caído
Junto a la mesa, ahora,
Con su mensaje de caducidad
Y ofrenda: hermosa, frágil, todavía
Pareciera temblar cuando la extiendes
Sobre la palma de tu mano: Mírala.
PABLO ANADÓN
(De Estudios de la luz,
Pre-textos, Valencia, en prensa)
NOTICIA BIOBIBLIOGRÁFICA
Pablo Anadón (Villa Dolores, Córdoba, 1963) ha publicado, en poesía: Poemas (Colmegna, Santa Fe, Primer Premio “José Cibils” 1979); Estaciones del árbol / Stagioni dell’albero (Il Nuevo, Vecchio Stil, Córdoba, 1990, traducción al italiano de Oreste Macrì); Cuaderno florentino y otros poemas italianos (Università degli Studi della Calabria, Rende, Italia, 1994), Lo que trae y lleva el mar – Poesía 1978-2003 (Rubbettino, Soveria Mannelli, Italia, 1994), La mesa de café y otros poemas (AMG Editor, Logroño, España, 2004) y El trabajo de las horas – Poesía 1994-2004 (Ediciones del Copista, Col. “Fénix”, Córdoba, 2006). Próximamente se publicará en España, en las ediciones Pre-textos de Valencia, su libro de poemas Estudios de la luz.
Es autor de las antologías críticas Poetesse argentine (Plural Poesia, Acquaviva Picena, Italia, 1994), El astro disperso. Últimas transformaciones de la poesía en Italia. 1971-2001 (Ediciones del Copista, Col. “Fénix”, 2001, Premio de Traducción del Gobierno de Italia) y Señales de la nueva poesía argentina (Llibros del Pexe, Gijón, España, 2004).
Ha publicado en libros, diarios y revistas, numerosas versiones de Dante Alighieri, Giuseppe Ungaretti (El Dolor, Alción, Córdoba, 1994, en colaboración con Esteban Nicotra), Vittorio Sereni, Alfonso Gatto, Mario Luzi, Giorgio Caproni, Wallace Stevens, Robert Frost, W. S. Merwin, etc., así como la traducción del libro A las puertas de Italia, de Edmondo De Amicis (Ediciones del Copista / Istituto Italiano di Cultura, Córdoba, 2009).
Ha fundado y dirige desde 1997 la revista de poesía y crítica Fénix y la colección de libros del mismo nombre, publicados por Ediciones del Copista. Colabora regularmente con las revistas Clarín (España) y Smerilliana (Italia), entre otras.
Doctor en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba, fue becario en la Universidad de Florencia y docente en la Universidad de Calabria (1987-1994), y trabaja actualmente como profesor de Literatura Argentina y de Literatura Hispanoamericana en la enseñanza universitaria.
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