Foto: Poli Reiter

LABIOS LIBRES

Mario Trejo nació en Argentina, en 1926. En los ´40 creó con Alberto Vanasco el HIGO Club, movimiento que promovió los primeros happenings de Sudamérica. Su primer libro de poemas fue Celdas de la sangre (1946). Escribió en coautoría con Vanasco, la obra de teatro No hay piedad para Hamblet (1954), Premio Municipal de Buenos Aires. En los ´50 integró la revista Poesía Buenos Aires, junto a Raúl Gustavo Aguirre, Jorge Enrique Móbili, Edgar Bayley y Rodolfo Alonso, entre otros.
A fines de esa década, tuvo a su cargo los programas televisivos de Canal 7 (Argentina) Historias de Jóvenes, (Martín Fierro 1959) y Desnuda Buenos Aires.
Fue colaborador de Radio Televisión Francesa, junto a Mario Vargas Llosa. Trabajó para las revistas culturales argentinas Contemporánea, Luz y Sombra, Letra y Línea, Cinedrama y Conjugación de Buenos Aires, ejerció el periodismo en el diario La Prensa , y en las revistas Primera Plana y Confirmado.
En 1964 ganó el premio de poesía Casa de las Américas con El uso de la palabra.
Residiendo en Cuba, escribió el guión de Desarraigo, largometraje dirigido por Fausto Canel, galardonado en el Festival de San Sebastián (1965). En 1967 se interpretó a sí mismo en el documental de Bernardo Bertolucci La vía del petróleo. Escribió y dirigió en el mítico Instituto Di Tella de Buenos Aires varias obras; la más recordada, Libertad y otras intoxicaciones ( 1967). También fue el autor de Libertad, Libertad, Libertad, dirigida por David Stivel y Norma Aleandro en 1968. Astor Piazzolla musicalizó varios poemas suyos, entre ellos, Los Pájaros Perdidos, la cantante Jeanne Lee y el trompetista Enrico Rava interpretaron sus poemas en inglés Quotations Marks y Let me be. En los ´70, como cronista free lance, trabajó para las agencias A.N.A.S.A. (España), A.S.A. PRES (Francia) y HARVEY (Italia). Junto a Allen Ginsberg tradujo a Nicanor Parra, en 1990. En 2008 el Fondo Nacional de las Artes editó una antología prologada por Liliana Heer y la Fundación Argentina para la Poesía le otorgó el Gran Premio de Honor.




LABIOS LIBRES

Al cabo de las tierras y los días
de horarios y partidas y llegadas
y aeropuertos comidos por la niebla
enfermo de países y kilómetros
y rápidos hoteles compartidos
Luego de esperas
prisas
y rostros y paisajes diferentes
y seres encandilados por el olvido
o abiertamente besados por la vida
Después de aquella amada
y esa otra apenas entrevista
mujeres cogidas por mi soledad
y ahogadas por las bellas catástrofes
Luego de la violencia y el deseo
de comenzarlo todo nuevamente
y los errores
y los malentendidos cotidianos
y los hábitos torrenciales del trópico
y noches acariciadas por el alcohol
y tabaco fumado con tanta incertidumbre
Al cabo de un nombre que no me atrevo a decir
y de alguien que yo llamaba Irene
de cierta voz
cierta manera de clavar los ojos
al cabo de mi fe en el entendimiento de los hombres
y en el corazón de ciudades y pueblos
que nunca sabrán de mí
Luego de tanta tentativa de huirme o enfrentarme
y comprender que estoy solo
pero no estoy solo
al cabo de amores corroídos
y límites violados
y de la certidumbre de que toda la vida
no es más que los escombros
de otra que debió haber sido
Al cabo del hachazo irreparable del tiempo
sólo puedo blandir estas palabras
esta obstinación de años y distancias
que se llama poesía

                                                                                                 Foto: Poli Reiter






LA LOCA DEL RUBÍ


1
Esa mujer no estaba en sus caníbales
Amaba con presentimientos feroces
Regalaba somníferos en prueba de amistad
No insistir
No molestarla
Que la melancolía ya tiene con sus abejas

2
¿Dónde están las mujeres de Babilonia
Con ombligos de 21 rubíes?
Venus está ahora en la casa de los viajes largos
Yo resisto aquí, lejos, en otra parte

3
Endemientras conspiras con insomnios y miedos
Con silencios y jaguares
Eres un blanco fácil en el fondo del desfiladero
Despertamos al sueño para escuchar su ruido

4
La loca del rubí aúlla de rabia o gime de placer
No es de dolor su alarido
Sos vos el único que emite espantos

5
Apagamos la luz
para lamer
nuestra soledad




EL BELLO ERROR
O DE LA DELICADEZA DE EXISTIR

Hablaré de aquella cuyas piernas se asemejan a un gesto
La que se arroja desde lo alto de sus ojos
Desde lo oscuro de su cuerpo

La que me quiere con delirios
Con escándalos y silencios

La que tiene palabras para los otros
Y una sonrisa para nuestro secreto

La que dispone de un minuto para el mediodía
De su vida para siempre
De mi amor para la eternidad

Ella, que tiene la debilidad de esperarme
Y la manía de quererme

Tú, donde el error se hace acierto o belleza
Tú, que tienes la delicadeza de existir

 




EL PRINCIPIO DE RAZÓN SUFICIENTE

La quiero

Por sus piernas que la conducen a mí
y sus pasos que la alejan de los otros

Por las olas de su cuerpo
y el mar de fondo de su piel

Por sus manos que hacen juego
y la gravedad de sus caricias

Por la solemnidad de sus caderas
y la precariedad de su cintura

Porque cuando despierta echan a volar los pájaros
y sus sueños son sus mejores argumentos

Porque está atada a mí
y resplandece de libertad

Porque sólo ella puede aniquilarme
y sólo ella puede perpetuarme

Por sus ojos sus ojos
porque sí y por su puesto

Porque es ella y no otra




BALADA DEL KÉ Y EL KÓMO

Balada de qué hablar
balada de cómo hablar
balada de cosas que no quiero decir
balada de cosas que no sé cómo decir

Hombre desconocido
especial y genérico
animal planetario
que a sí mismo se inventa
abundante y perdido
o solo solo y solo
en el carnaval ideológico

Pero hay cosas que sí quiero decir
cosas que
palabras que
cosas como
palabras como




EL CANTANTE, NO LA CANCIÓN

Alegría de renacer
en el bostezo de lo leído:
rumor del mar espuma de poesía

Me rebelo
elijo el olvido
me resuelvo en locura
en rugidos del cuerpo

Miro el ruido del mar tautológico
y entre canción y cantante
elijo al cantante.






JUAN L. ORTIZ, MORDIDO POR LA PALABRA TIGRE


Entre argentinos, el tema del exilio es tan folklórico como el tango y tan silencioso como el mate. Quién no conoce de memoria el catálogo de los proscriptos, de aquellos que, desde 1810, han elegido o debido (no hay tiempo para polémicas) vivir o morir en otras tierras.
Pero hay un exilio hacia adentro: el que comienza en la soledad que tiene el atrevimiento a asumirse y que, a veces, el olvido y la indiferencia de los otros perfecciona.
Vamos al grano, daré nombres: Macedonio Fernández, Benito Lynch, Baldomero Fernández Moreno, Oliverio Girondo, Juan Carlos Paz, Jorge Enrique Ramponi, el chileno Juan Emar, los uruguayos Horacio Quiroga, Felisberto Hernández y Juan Carlos Onetti. A todos ellos les debemos algo; a algunos del debo, además, la amistad para el adolescente desconocedor y desconocido. Hablaré de Juan Ele.
Así me lo nombraron por primera vez a lo largo de tres jornadas completas sin reposo ni anfetaminas. Otros tiempos, sí.
Recuerdo un laberinto de caras queridas y perdidas que me peregrinaba sobre el totémico Paraná hacia la Poesía Prometida. Recuerdo que Juan Ele estaba fuera de la ciudad.
Como en el amor, a partir del segundo recuerdo comienzan los verdaderos.
Paraná: una caminata a orillas del río.
Juan Ele tiene un estilo curioso de mostrarme el paisaje, de demostrarme que entre uno y la naturaleza la distancia es menor de la que suponemos.
Me habla de un sitio preciso; no lo busca, va directamente a él. De pronto se detiene, se agacha, levanta una piedra y una flor azul se despierta y una mariposa verdinegra echa a volar. Me pregunto si no será que el paisaje, el que cuenta, lo llevamos adentro.
Pero, a partir de ese momento, de una cosa estoy seguro: Juan Ele inventó esa flor y esa mariposa. En ese lugar y en ese momento. Siento un tímido espanto. Lo miro y le agradezco con un silencio.
Pampa Gringa: un polvoriento viaje de cientos de kilómetros luego de una tarde y una noche entre sus poemas largos y finos como su corbata, su boquilla, sus costumbres.
Un estilo, en fin.
Juan Ele me pregunta sobre la vida y la música de Charlie Parker. Juan Ele me escucha tan intensamente que, por un momento, lo juro, fui Charlie Parker. Para disimular mi turbación, me cuenta sus días en China entre hombres que le hablaban de Klee y de Éluard.
Comienzo a sospechar que Juan Ele, en ese instante, está en todas partes. De una cosa estoy seguro: Juan Ele es eterno.
Mendoza: un melancólico congreso de escritores. Juan Ele ausculta las intermitencias de mi corazón. Con la delicadeza del humo me toma de la palabra y comenzamos a levitar; luego seguimos remontando hasta llegar a una nube y terminar siendo una nube con forma de pantalones, un paisaje, un lugar turístico.
Nunca me imaginé que el Aconcagua fuese tan calvo y tan pequeño y tan rubio el pelo de la niña en cuestión y tan grandes sus ojos.
Buenos Aires: módico viaje en trolebús desde plaza Once hasta la Casa Rosada , que, en rigor de verdad, no era nuestro destino. El mío era Medio Oriente; el de Juan Ele, el Paraná, brazo desarmado de su poesía. Comienzo a pensar seriamente si alguna vez nos hemos conocido. De una cosa estoy seguro: desde ese momento nunca nos separamos.
Paul Valéry pensaba como un racionalista y sentía como un místico. Juan Ele tiene una cicatriz; una vez lo mordió la palabra tigre. Siempre se le dio por ser más un realista de la mística que un místico del realismo.
Juan Ele, mucho gusto, me alegra haberlo conocido.
Ele, Ele, nunca te hemos abandonado.





VISIÓN ÚLTIMA DEL FÉNIX FÉLIX GARCÍA

Era difícil llegar hasta la jaula. Había que empujar, dar empellones; era un trabajo de codos que pugnaban, de cuerpos sudorosos que reclamaban su derecho a ver, a olfatear, a gozar.
Por fin estaba allí, gorila triste y alcohólico, sentado allí, su codo derecho sobre su rodilla izquierda, el mentón apoyado sobre un puño que fue, mirando a través como si las rejas no existieran, mirando a lo lejos paisajes y países, escenas que nosotros no podíamos ver porque estaban en el tiempo, y cuando la mirada llega, el tiempo ya ha pasado.
Había que estar allí agitándose como febriles en febreros tropicales, y escuchar las voces, los gritos, las risas desdentadas poseídas de vez en cuando por un canino de oro.
Canta Rubén canta, le escupían entre una lluvia feroz de cacahuetes.
Pero el lírico mono, el pelambrusco, era una sola enorme ceja, melancólica inmóvil, como un signo de interrogación.
Estaba en otra parte. Era sólo un pensamiento que se dejaba ver.
Algunos de los más grasientos se complacían en exhibir el obsceno coraje de los cobardes; le metían por la boca botellas y botellas de ron infame.
Era, sin duda, el número principal, el sublime espectáculo que sólo las grandes capitales habían podido gozar.
Un privilegio, señores, que llegaba a ese villorrio, donde la única lujuria verdadera era la humedad, la lluvia, la miseria en el barro chapoteado.
Se dice que hubo un contrato; se dice que nunca le pagaron. Esto me lo contó un domador del Sarrasani, que lo había oído de los belfos de un payaso del Hackembeck, hijo putativo de una ecuyère polaca y el patrón de ese crepitante circo monzónico.

                                                                                                   Foto: Poli Reiter

 


























































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