Cuando
Lamás Médula me encomendó la búsqueda del cuentista
más escondido pensé Dónde lo encontraré. ¿En
una cueva? No tengo tiempo para estas cosas... Sin embargo, lo encontré.
Y, efectivamente, vive en una cueva.
Invariablemente, los grandes hallazgos de la humanidad suelen llegar arrojados
por el cubilete del azar. Y así fue como en una conversación casual
me referenciaron un cuentista “... dicen que vive como un ermitaño,
en la selva chaqueña, del otro lado del arroyito...”
Con menos indicaciones que las necesarias partí en un avión rumbo
a Resistencia.
En el aeropuerto me esperaba un hombrecito atávico portando un cartel
que intentaba reproducir mi apellido. Le tendí la mano bajo un sol abrasivo.
Las pocas palabras que cruzamos bastaron como una buena elipsis: “Sabrá
señorita que nadie la va a acompañar por ese sendero”. Enfatizó
nadie o, ese. Cualquiera sea el caso, el énfasis sugería riesgo.
El hotel en el que me alojé era modesto, fresco por suerte y poco comunicativo,
Lo que quiero saber es cómo llego hasta allá...o quién
me puede informar...o si existe algún plano... Los inexpresivos ojos
del jovencito de la recepción me observaban confundidos y lejanos. Al
riesgo precedente se sumaba ahora la falta de colaboración.
Buscando la síntesis que preserva al lector, logré llegar a la
selva una sofocante mañana. Con una mochila me adentré en la espesura.
Sólo la hojarasca crujía bajo mis pisadas quebrando el frágil
silencio. Los árboles, cada vez más juntos, iban apagando el camino.
Sin sitio fijo, una paloma zureaba lúgubremente.
Continuará…
...María Marta Marciano viaja a Resistencia
en busca del cuentista más escondido.