La sala Bernandino Rivadavia, donde se realizaban las lecturas, por momentos estaba casi vacía. La mayor concurrencia se produjo sólo en un par de ocasiones, en las que el público apenas superó las sesenta personas. Y la mayoría eran viejos conocidos del mundillo poético local. No se veían jóvenes.

El XVI Festival Internacional de Poesía de Rosario, tuvo lugar del 5 al 8 de noviembre, en medio de un calor agobiante, que no aplacó el celo de los poetas por intentar difundir su obra. Hubo dos homenajeados esta vez. El enormísimo Juan L. Ortiz, cuyo verso "Todos aquí para mirar arder y consumirse este fuego" era el lema del festival, y Juan Carlos Bustriazo Ortiz, poeta pampeano que comparte con el primero mucho más que un nombre y un apellido.

En la inauguración se proyectó "La intemperie sin fin", documental sobre Juanele, realizado por Juan José Gorasurreta, en 1977, y siguió con las palabras introductorias de Eva Nardone, quien subrayó la importancia del festival.

El festival se vistió de luto al recordar el fallecimiento de uno de los máximos impulsores de la edición de poesía en la Argentina, y poeta a su vez, José Luis Mangieri. En su homenaje, Jorge Fondebrider leyó "Poemas del amor y la guerra".

Hemos incorporado a la muerte
en nuestro corazón
alegremente.
Alguna vez
alejaremos a la sin hueso
para siempre

Juan Carlos Bustriazo Ortíz fue presentado por otros tres poetas de la Patagonia, que pusieron el acento sobre la relevancia de su obra, diciendo que no era sólo un gran poeta del sur o de la Argentina sino de toda la lengua española. Coincidieron en que el reconocimiento tardío de su trabajo era una especie de justicia poética, en el sentido más literal de la frase. El poeta conmovió a la audiencia, al leer con pasión sus poemas en el cierre del festival. Era apenas la segunda vez que salía de su Pampa natal. Y se ganó un aplauso de pie.

Simultáneamente a las lecturas se realizaban performances, debates y proyecciones. Un momento álgido tuvo lugar durante la lectura de Rodolfo Fogwill quien se refirió a las críticas que habían hecho a su obra ciertos autores de mediana edad allí presentes. La polémica no pasó a mayores y Fogwill fue largamente aplaudido. La presentación del autor de Los Pichiciegos estuvo a caballo entre el recitado y la performance, plena de gestos, gritos, exclamaciones.

Philip Meersman y Guillerme Zarvhos fueron los encargados de mantener viva la vieja tradición de “espantar al burgués”. Con sus shows llenos de provocación y dadaísmo, llevaron al borde de la taquicardia a más de una señora emperifollada. Fue especialmente interesante el poema para metrónomo de Meersman, dedicado a un viejo poeta alemán que solía leer los sonetos con ese instrumento (que marca tiempos y compases musicales), una verdadera muestra de que la propuesta dadaísta todavía sigue siendo fresca.

Entre los debates que se llevaron a cabo se destacó "Editar poesía y no morir en el intento", una reflexión sobre la edición de poesía en la Argentina, los problemas de distribución, las editoriales universitarias, el costo de las publicaciones de autor y otros temas relacionados. Se contaron anécdotas, como por ejemplo, cuando la editorial de la Universidad Nacional de Jujuy comenzó a publicar hasta "los poemas de las abuelitas y los subcomisarios". Al respecto, Reynaldo Castro destacó que toda abuelita tiene derecho a tejer escarpines y a escribir poemas, pero la Universidad no tiene por qué publicar esos caprichos, salvo, que tengan algún valor poético. José Luis Volpogni destacó que "los libros son caros, la gente prefiere comprar otras cosas".

Como saldo positivo, podemos destacar la cantidad y variedad de libros de los poetas invitados que podían comprarse, y la calidad de las ediciones, hechas para satisfacer al lector más exigente. Por ese lado, hubo una sorpresa en el festival: una recopilación de entrevistas a Juan L. Ortiz llamada "Una poesía del futuro", título tomado de una respuesta de Juanele.

¿Qué le pasa al
Festival de Poesía de Rosario?

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