No me dio muchas cosas: una escasa
estatura
el humor permanente
los buenos modales en la mesa
el trato a las mujeres
No me ha dejado ni una casa ni un campo
coleccionaba deudas y acreedores
compañeros de póker y leyendas
pero está en mí
se aparece de pronto en el espejo
en un inesperado movimiento / en una mueca
en las cejas pobladas
se me presenta a veces corrigiendo mi letra
o en los últimos sueños de la noche
lo veo en el medio de la calle
de sobretodo oscuro / despidiéndose
o ya destruido tembloroso irritable
amarillento
Triste porque su hijo se ha marchado al exilio
ignorando en el fondo
si estaba en el Pacífico o en Suecia
Confuso y confundido
como lo estuvo siempre
suponía que el tiempo puede volver atrás
que se repite
No amaba los poemas
y prefería una buena sentencia a una novela
se dormía en cualquier parte
y era capaz de gastar en un rato
el sueldo de dos meses
Nunca nos comprendimos
salvo una noche
en que me vio llorar de amor
(y me lo dijo)
aunque al día siguiente otra vez nos callamos
Él no aprendió a llorar
no pudo hacerlo ni ante mi madre muerta
a la que amaba hoy lo comprendo cuánto
de qué manera trabajosa / tramposa
pero intensiva / intensa humorística y dramática
Su soledad se agudizó con mi partida
pero no me lo dijo
(o me lo dijo y no pude entenderle)
Cada tanto llegaban unas cartas
confusas al principio
incoherentes más luego
Cuando después de algunos años volví a verlo
no era el mismo
su cuerpo me pareció resquebrajado
y en su mirada había una nebulosa
–pensé que cada uno elige su destino–
los dos habíamos edificado
nuestras paredes altas sin ventanas
hablamos de la nada
nos mentimos
Ahora junto a mi madre me visita en los sueños
Rara vez nos hablamos
DE PASEO
Los padres no
debieran adentrarse tanto
en la edad de sus hijos
César Fernández Moreno
Cuántas cosas quedaron sin hacer esa tarde
cuántas dejaste inconclusas en ese lejano diecisiete de marzo
recuerdo la cocina sin lavar las plantas secas
días después encontré una marca de papel en un
libro
Habías postergado para más adelante hablarme de tu
infancia
y tus lágrimas tus fríos y tu miedo
y tu deseo de conocer España
En tantos años de recorrer las calles de Madrid y pueblitos
gallegos
pensé más de una vez que cumplías tu proyecto con
mi cuerpo
este cuerpo que estuvo dentro tuyo y cuya cara conserva
ciertas facciones tuyas
Nadie consigue dialogar con sus padres el tiempo suficiente
para impedir que el día de la muerte hayan quedado
preguntas sin respuesta
o que el tiempo vaya borrando la memoria poco a poco
cree recuerdos falsos errores o tristezas equívocas
Pero cuando el silencio la ocultación o el miedo
fueron cavando abismos inconclusos
cuando apenas hay pistas desvaneciéndose en el aire
sólo queda la culpa por los límites propios por el tiempo
perdido
Sólo sé que esos días andabas
inundada de tristeza
y que yo llegué tarde después de medianoche
lo demás son puros testimonios ajenos conjeturas
Nunca volviste a casa.
LOS HIJOS
Se han apropiado de cada uno de nuestros gestos
tienen nuestros mismos ojos, la misma tendencia a
inventar historias,
acaso una risa parecida, sufren igual que uno la injusticia
habitan un mundo de casas reducidas,
dilatados castillos y altas torres,
rodeados de fantasmas con nombres misteriosos,
Hablan un secreto idioma de títeres y pájaros,
generalmente nos ignoran,
Nuestra venganza consiste en dirigir sus vidas
y obligarlos a copiar secretas frustraciones,
pero cada noche, libremente, nos matan en los sueños.
También se enferman, y además nos precisan.
Nos enlazan con pequeñas palabras
y ejercen la magia tenazmente.
Sin embargo, nada podrá impedir
que el dolor se ensañe con sus cuerpos,
que cometan errores
y que crezcan.
RETRATO DEL ARTISTA ADOLESCENTE
Pienso en el cincuenta y ocho
en sus primeras pisadas en la arena
en lecturas igual que zambullidas
en una marea resplandeciente
recortes con rostros de poetas
dibujos de Picasso entre billetes
el temblor de la piel y la memoria
con su amor a destajo / inacabable
Fragmentos de algún rompecabezas
tal vez caleidoscopios
como quien es capaz de internarse
sin pensarlo en la selva
con sus papagayos y sus monos
su caimán tropical y sus pirañas
con unos versos mordidos en la noche
/ en pasión en sorpresa
trazados a los tumbos igual que los palotes
o la palabra mamá tan mal escrita
la historia de los héroes / sus mentiras
y aquella insatisfacción adolescente
por ignorar la muerte
que andaba dando vueltas por el aire
revoloteando
para posarse luego
y pienso en aquel año / en sus
descubrimientos
entre tanta distancia tanto amor tanta vida
que hoy cualquier fecha parece neblinosa
esfumándose
Opaca / quebradiza
y sin embargo
pese a todo
Viva.
UN TELÉFONO AL ALBA
A Alfredo Veiravé (1928-1991)
Sabíamos que la muerte te rondaba pero
nos
acostumbramos a tu vida
sin embargo la vida se me llenó de muerte esa mañana
cuando a diez mil kilómetros tu nombre rebotó en el satélite
y llovió mi cabeza de recuerdos
tu muerte era la muerte sin metáfora así nomás
contra la vida
y a los originales las carpetas los sacudió un temblor se
envejecieron
Quedaba tu impresión digital en los cristales
la última mirada al filodendro un libro abierto
y en mi oído tu recomendación en el teléfono
solamente vivir vale la pena –dijiste– no te olvides
Alguna carcajada se atenuó en el pasillo
algunos borradores se fueron desdibujando por el aire
y algún aire se arrojó en un balcón sobre las hojas
los pasos se apagaron como aquella lejana charla sobre
Parra
o sobre Álvaro Mutis y el Gaviero bajo un sol de justicia
o tal vez fue un diálogo con Drácula o con Enrique Lihn
sobre pobres esferas que aún siguen resonando
en los huecos retintos de la noche de Bradbury
Otra noche supuse que te habías escondido en
las rutinas jesuíticas
en el olor a selva que llegaba con las primeras sombras
creí oír tu murmullo cuando unos pájaros oscuros
comenzaron su cuenta regresiva a orillas del verano
y como si fuera el primer día de tu muerte
pude charlar de vos con lejanos poetas
de otros días bajo la luz de Bogotá o Lima
cuando el temor a la muerte era sordo difuso
o algún final concreto pero ajeno
y anduvimos con nuestras confesiones al hombro
con Emma Bovary en el bolsillo
con temas de los Beatles o Piazzolla
Con el amor de Claudia Cardinale en la solapa
estallido de goles en el mundial de México
y los zorzales que este año volvieron a la ciudad desentonados
Las cosas nos cambiaron al minutos siguiente
y nos siguen cambiando a todas horas
y los días nos pasan de costado / nos atraviesan
dibujan lejanías / soledades
Rigores imprecisos / olvidos / abandonos
y unos ojos que continúan mirando con amor
tanta poesía desparramada en el silencio
tanta suntuosidad tanta riqueza abandonada
tanta imposibilidad de comprender al otro
de atravesar su piel de recorrer su historia
cuando en las manos no quedan más rastros que recuerdos
perdiéndose en los túneles del aire.
MÁSCARAS
Mucho más que por las tapas del Time
o Paris Match
o por tu colección de bikinis multicolores
te recordarán por estas líneas
que me apuro a escribirte sentado en el borde de la cama
antes de que los pajaritos se me vuelen de la cabeza
Me molesta –es cierto– que nos reconozcan
cuando bajamos hasta el pueblo a comprar medialunas
o que intenten fotografiarte desnuda bajo el agua azul de
la pileta
o cubierta de gotitas brillantes y saladas
imán de los teleobjetivos
Estoy harto de chocar con tus piernas
entre los almohadones de los posters
y encontrarme tus labios cada vez que abro una revista
aunque me alegra –me enorgullece diría–
que algunas viejas seguramente horrorizadas
por nuestro libre escandaloso amor
nos señalen con el dedo
cuando dejamos que las bicicletas desciendan sin
pedalear
hasta el Mediterráneo
Dicen –y es cierto– que aún tu piel parece adolescente
y los turistas yanquis me clavan con odio la mirada
porque yo puedo amarte a rienda suelta entre la arena
o tenerte desnuda junto al fuego
Debemos reconocerlo me molestó algunos días sin poder
evitarlo
aquella nota firmada por un antipático giornalista italiano
que definió nuestro amor como una precaria llama
el capricho de una muchacha malcriada y descalza
burbujas fugaces en la espuma frágiles corales de la
Polinesia
Esa tarde en venganza te cubrí los pechos de
inscripciones egipcias
te hundí los dientes en el cuello hasta manchar las
sábanas con sangre
y me dormí en tu cuerpo
ellos ignoran –claro– que nuestro amor
se basa en detalles secretos en palabras en clave en
ínfimos misterios
en esa ternura que me lleva a besarte en la nuca
en mitad de la noche o depertarte para ver nuevamente
el color de tus ojos que armonizan con los árboles altos
y el césped del jardín en madrugada
dejémoslos que escriban
y que tus rostro tus muslos tu cintura den la vuelta al
mundo
crucen el Canal de la Mancha naveguen por Suez hasta el
Mar Rojo
Los adolescentes de Tahití o Bucarest
los jóvenes de la Costa de Oro y los marineros del Báltico
también tienen derecho a soñar tus contornos
a decorar paredes con tus ojos
esos mismos ojos que entrecerrás sonriente cuando
exploro tu cuerpo
como los espeleólogos recorren las cavernas
que provocaron furiosos movimientos terrestres
que alzaron continentes licuaron el hielo sobre Europa
y pintaron paisajes de postales en los lagos de Suiza
en las fotografías tampoco aparecen –claro–
los suspiros finales
ni esa momentánea ronquera que agrava tus palabras en
mi oído
humildemente me conformo con esas pertenencias
(doblones enterrados en Jamaica perlas de la corona)
Mientras te amo así una vez más sobre la alfombra blanca.
Y CHAU BUENOS AIRES
A más de diez mil metros
sobre el agua
me ofrecen una toalla perfumada
y no puedo concentrarme en la lectura
porque cinco muchachas argentinas suponen
–sin conocer a Hemingway es claro–
que París es de verdad una fiesta a toda hora
no pienso en la sonrisa
o en esa última foto en Medellín
(parece mentira que con miedo)
no recuerdo la camisa rayada la guitarra
y la nube de las calcomanías
ni siquiera su voz
Volando en el sentido inverso a Magallanes
se han mezclado los cables
en un cortocircuito con chispazos celestes
y desde las Barrancas de Belgrano
sube un olor a enero y los colores de otoño entre los
árboles
y en lugar de Gardel es Fiorentino quien canta por lo
bajo
y me pregunto cómo le explico a esta azafata portuguesa
que Gardel murió en el treinta y cinco
que yo no había nacido todavía
y que sin embargo hoy cuando dejo la Argentina
sobre el asiento de este boeing
que hace escalas en Río y en Lisboa
a mí se me entrevera con otras pertenencias
(los puntos amarillos en los ojos
de una mujer
querida
los rostros del amor cuando escribía poemas
en la almohada
los soles que dibujé en su cuerpo
las palabras de un misterioso idioma adolescente
algunos sueños que aún pueden justificar la vida
una ausencia que duele en todo el cuerpo
esa mirada triste de mis hijos
cuando me despidieron en Ezeiza
una tormenta eléctrica sobre la Recoleta
cubriendo de relámpagos el alcohol y la noche
unas líneas de Borges que emocionan
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.
el humo de los tangos en San Telmo
y ese rostro implacable
que choca conmigo en todas partes)
Cómo podría explicarle a esta rubia
muchacha portuguesa
sin tenerla en los brazos sin amarla
–tan cerca como estamos de este cielo
al que le han desordenado las estrellas–
que Gardel hoy son todos mis recuerdos
y que yo soy Gardel
y que no me he muerto.
PLATOS
Platos descoloridos por décadas de almuerzos
y de cenas
confrontando colores con zapallos y paltas
con morrones ardientes
combinaciones con el berro o el rojo del gazpacho
aquellos platos amarillos de mi infancia
platos para los largos diálogos de vino y sobremesa
platos donde mis hijos desbordaban papillas
y bananas pisadas
platos azules que atravesaron el Atlántico
platos de cerámica de humilde loza o porcelana
platos para las cazuelas y los curries
platos para los pescados y los pollos
platos de sufrimientos y de exilio
platos vacíos y platos rebosantes de festejos
o sopas del invierno
platos que acompañaron nuestra historia
platos aparecidos en la vida antes de nuestro nacimiento
platos que perduran más allá de otras muertes
platos con los que nadie sabrá qué hacer cuando me muera.
MATE PASTOR
(fragmento)
Finalmente
se sabe que
en las permanentes temporadas del celo nocturno
cuando las aves del sexo preparan sus garfios en
la oscuridad
las calles se pueblan de extraños contornos y
cualquier mínimo asomo de calor
la brevedad de una pollera una sonrisa el ritmo de
unos pasos
pueden transformar la habitual tranquilidad de las
conversaciones académicas
y después de triturar los helechos de la corrección
uno busca las orillas de un vestido ajustado para
que las manos sientan
que la libertad es un camino a ras de piel
y que el amor es entre otras cosas una interminable
secuencia de trivialidades encaminadas al
orgasmo
En esa peripecia en esa navegación corsaria a
través de los muslos
uno vuelca en los espejos los pequeños recuerdos las
costumbres del ocio
el sol ensañándose en los cuerpos
sabe sin embargo que nada podrá igualar a los
feroces temporales de la lengua
a los destrozados puertos que noche a noche se
aniquilan transversalmente en una cama
en las proliferaciones del semen en una marca en
el cuello
en las condecoraciones de humedad en las paredes
Entonces uno recorre infinitas habitaciones cuentos
que repite la memoria
y esa mujer que se muerde los labios se adueña
del rostro que jadea en su oído
Nada podrá impedir que un hombre y una mujer
se amen
ni las tribulaciones del cansancio ni la vejez de las palabras
ni los frecuentes reproches
Los dos conocen de antemano las fatigas que abruman la piel
los intransitables senderos de las pesadillas
pero como oficiantes de un rito que desafía el rigor
de la temperatura
en las tinieblas o en la precisión de una luz
calcando mapas
ni el hombre ni la mujer pueden vivir separados
y como conocen sus limitaciones tratan de
encontrarse en un silencio
que sólo interrumpen las escasas palabras de un
lenguaje incoherente y secreto
A la distancia
aferrado al cordón umbilical un hombre flota en
el vacío
mientras una lluvia de meteoros colorea los planos
del espacio
y alrededor de Alfa del Centauro dos manos –de
alguna manera hay que llamarlas–
repiten sin saberlo que En las permanentes
temporadas del celo nocturno
el estrépito del sexo –digamos de la vida–
constituye la prioridad primera de las células.
DINOSAURIO
Conocedor de las teorías de Darwin
para sobrevivir ha reducido su tamaño (casi en exceso)
y el mimetismo (el camuflaje) le da buen resultado
Cuando camina por Palermo no lo advierten no llama la
atención
salvo si carga con un número inusual de volúmenes
o lee mientras saluda a sus vecinos a los porteros de la cuadra
o cuando (por el rabillo del ojo para que no le descubran
características de su especie)
observa ávidamente los ombligos que brotan en verano
Sabe que hay otros en el mundo que poseen estigmas
similares
aman a Mozart a Haydn a Malher se emocionan con Bach
y varias sonatas de Beethoven los conmueven
no se equivocan al citar a Neruda y nunca se refieren a
Borges
con ligereza de modelo que resbala sus largos muslos
por una pasarela
algunos además coleccionan postales centenarias
reconocen una frase de Proust de Flaubert de Barthes
disfrutan El Banquete el sabor de los quesos bretones
las ostras los percebes o la luz de Picasso
El pobre dinosaurio para mimetizarse mira televisión todos
los días
y hasta analiza sin errores visibles tácticas y estrategias
detrás de las gambetas
Con el paso del tiempo cada vez permanece más días en
la
cueva
y lee para informarse de las furias del hombre
de las transformaciones que debe ensayar prolijamente para
no descuidarse
Pero los antiguos reptiles son reptiles y esos disimulos
por momentos se hacen evidentes
no les gusta mentir ni hablar de lo que ignoran
la vejez los ha vuelto bibliófilos
y en el fondo añoran la amplitud de los campos
cubiertos de vegetación de frescos pantanos
y biquinis
Algunos dinosaurios utilizan la técnica de manera aceptable
Se indignan se resignan sufren le temen al dolor y a la
muerte
se enamoran de humanas y tapan sus angustias tapizando de
libros las paredes
Todavía cada tanto deslizan un poema
que como grandes huevos en la playa
serán festín de arqueólogos
en siglos venideros.
Salas, como en tiempos de "Dar la
nota", aquel gran programa de Radio Belgrano
Decir Horacio Salas es decir poesía. Pero
también es decir ensayo, historia, pensamiento crítico
y periodismo. Es decir televisión y es decir radio. Cálida
radio. Cálido decir y escuchar. Radio con emoción e inteligencia.
En 1962 publicó su primer libro de poemas, “El tiempo insuficiente”;
luego “La soledad en pedazos” (1964), “Memoria del
tiempo” (1966), “La Corrupción”(1968), “Mate
Pastor” (1971), “Gajes del oficio”(1979), “Cuestiones
personales” (1985), “El otro” (1990) y “Dar
de nuevo”(2003).
Sus ensayos “La poesía de Buenos Aires” (1968), “Generación
poética del 60” (1976), “La España barroca”(1978)
tuvieron múltiples ediciones. Y “El tango” (1986),
aún da la vuelta al mundo, vendiéndose sin cesar en sus
traducciones alemán, francés, italiano, griego y japonés.
En 1994 publicó “Borges, una biografía”. En
1996 “El Centenario”. Y en 2001 la vida, pasión y
lucha del autor del tango “Sur”, en “Homero Manzi
y su tiempo”.
Recibió los premios Municipal de Poesía y Nacional de
Ensayo. Trabajó en canal 13 y en el viejo canal 7, como conductor
y columnista. En radio, acaso su ciclo más recordado “Dar
la nota”, llenó de poesía, relatos y entrevistas,
las tardes de Radio Belgrano, en la segunda mitad de la década
del ochenta. Y “Buenas migas”, programa que Radio Nacional
emitió los mediodías de domingo en 2001.
Gonzalo Rojas, el genial poeta chileno, escribió “me imanta
la visión del mundo en el ejercicio poético de Horacio
Salas, me fascina el oficio, el respiro, el rigor, la armazón
de las sílabas...Me gustaría escribir como este poeta,
pero es difícil...”
Horacio Salas fue Director del Fondo Nacional de las Artes durante diez
años. El gobierno francés lo condecoró con la orden
de Chevalier des Arts et des Lettres. Y desde 2002 es Ciudadano Ilustre
de la Ciudad de Buenos Aires.