Homenaje a
María Meleck Vivanco
en el Encuentro de Escritores
de Maldonado, Uruguay

El encuentro se sucedía en simultáneo. A María le tocó leer dos horas después de la apertura, sentada entre el adorable Butti y un poeta joven de Porto Alegre, Silvestrin, que abrió con unos textos ingeniosos y cargados de humor. Fue raro luego continuar con lo profundo y dramático de María, pero el clima se logró y hasta hubo llantos en la concurrencia. Luego Butti hizo lo suyo y lo ajeno, porque generosamente cerro con un cuento de otro, cargado de humor negro, (mientras, María lo miraba desconfiada, sin entender).
Aquella mesa de lectura fue lo más parecido a un cráter, con una fuerte y poderosa lava en el centro. La gente debe haber sentido algo similar, porque de la risa pasaron al llanto y a la risa como si asistieran al teatro griego. Mientras, seguía el encuentro, pero María se retiró a sus aposentos a cargar pilas para el homenaje del día siguiente. Tuvo alguito de fuerza para asistir a la lectura de Esteban Moore, en la biblioteca, que fue muy íntima y en un clima nostálgico.
Se trata de una biblioteca con la decoración despojada, que generalmente las caracteriza, y sin libros, ya que los mismos descansan en unos anaqueles celosamente custodiados por un mostrador con varios funcionarios públicos. Amables, eso sí.
Sillas de plástico, luces blancas, pero con un antiguo piano de cola al costado de la mesa simple, improvisada para la lectura.
El día del esperado evento la “burocracia técnica” hizo lo que bien sabe, joder. Y aunque estuvimos horas antes y durante horas, con los muy atentos empleados, para conseguir un proyector, un DVD y una “mesita de proporciones apropiadas y patas firmes, porque un proyector es un aparato muy caro”, que diera justo enfrente de la pantalla que quedaría detrás de los poetas, (donde pensábamos estampar la foto de los surrealistas en el puerto, antes de partir a Génova), el DVD no leía al CD. Así que doblemente frustrada, (ya que la actriz que iba a interpretar un poema, a último momento se asustó y me dejó en banda), partí a buscar unas buenas damajuanas de tintillo, (si hay que llorar, mejor que sea Machado).
Una hora antes llegamos para escuchar a los poetas jóvenes que la precedían, donde se destacaron dos voces femeninas, de las que prometo investigar nombres y paraderos.
La gente se quedó y se sumaron amigos, locutores, los de la televisión y algunos que nunca la habían leído.
En la antesala y fumando en exteriores, Gerardo Pérez Céspedes, Esteban Moore y Cayetano Zemboraim afinaban el lápiz preparándose para entrar en combate.
Yo me apresuré a cargar las copas, cosa de animar al público.
Luis Pereira, contento como perro con varias colas, pidió la presencia de María y el resto de los involucrados. Y hubo que esperar un ratito que menguaran las charlas encendidas por las espirituosas.
Comenzó el moderador. Gerardo, amable, cálido, hizo un resumen de los libros y premios de María y presentó al resto. Esteban Moore abandonó la silla y desde el púlpito de su estatura leyó el excelente prólogo de Raúl Henao para la próxima antología de la poeta, retó a un par que no apagaban el celular, también con humor, y le pasó la posta a Cayetano, que se mandó un muy buen ensayo detallado y generoso.
Y luego, la María, agradeció a la concurrencia y a sus presentadores con una paz rayando en lo desconocido en ella y con una humildad también extraña. Y sin preámbulos, suave, lejana de toda la pompa inevitable de la circunstancia, dijo “voy a leerles unos poemitas”.
Explicó, (como tanto le gusta), su desconocimiento de lo académico y se largó.
Y entre poema y poema, los porqués de los acápites, su relación con el azar y unas cuantas sentencias místico-filosóficas que seguro convencieron a más de uno.
Porque no volaba ni una mosca. Las cabezas ladeadas como en éxtasis. Cada quién consigo mismo, comisuras amables y ojos cerrados. “Caras enamoradas”, (así las definió Gerardo), y al final aplausos sostenidos.
De entre la concurrencia, el escritor Ignacio Martínez, (gran tipo y excelente cuentista), pidió espontáneamente hacer el homenaje a su manera y se sentó al piano para sumergirnos en las brumas de Alfonsina y el mar. Luego otra pieza igual de romántica que fue el moño más apropiado que se pueda pedir.
Besos, cariños, fotos. Como souvenir cada cual se fue con un poema de María bajo el brazo.
Cuando volví de arrimar poetas a los bondis, la biblioteca estaba en silencio, y María en la desarmada mesa de lectura, sentada con Zemboraim, un par de amables desconocidos que le recitaban “poeta en Nueva York” y un embelesado escritor mexicano.
Salimos caminando despacito, María besó agradecida a los guardianes de la biblioteca.

Al día siguiente estaba exhausta de tantas emociones, así que se dedico a reponerse. Ya está de pie para otra batalla, sentada en la compu, atendiendo su correo.
Un día más vieja, un día más amada.


La eternamente bella María Meleck Vivanco, poesía en estado puro.
fotografiada por Daniel Grad

Puerto de Buenos Aires. Jacobo Timerman, Carlos Latorre, María Meleck Vivanco, Francisco Madariaga, Alfredo Martínez Howard y Alberto Ruiz despiden a Madariaga, que parte rumbo a Génova para encontrarse con Enrique Molina. Gentileza Familia Vivanco.
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